Capítulo 23
Willow
Un año antes
Azrael entra en la sala; parece deslizarse dentro de ella con esa discreción casi reverencial que lo caracteriza.
Yo estoy de pie junto a la ventana del apartamento de Hunter, mirando la ciudad sin verla realmente, puedo sentir su presencia antes incluso de oír sus pasos.
No hace ruido, pero su energía es inconfundible: contenida, cálida, peligrosamente suave.
—Disculpe… —su voz llega primero, causando que, de un pequeño brinco de sorpresa, es baja, ligeramente nerviosa—. No quería asustarla…
Me giro despacio y entra en mi campo de visión.
Está a unos metros, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, los hombros rectos pero el gesto un poco inseguro.
Sus ojos, sin embargo, no tiemblan. Me miran como si yo fuera algo que merece cuidado.
Es un hombre hermoso, esa trenza en su cabello en la parte de atrás lo hace ver intimidante y sé que es peligroso, por algo es el hermano de Max, el novio de Hunter. Si él mata, Azrael no es diferente.
Hasta su nombre es peligroso.
Sé que le gusto, desde que lo conocí no deja de verme. De repente apareció y ahora la tensión ha crecido porque según él, debe protegerme. Si tan solo supiera que yo no necesito protección, que todo lo que pueda pasarme, me lo merezco.
—No me ha asustado —le respondo segura, intentando que mi voz no revele el pequeño vuelco que acaba de darme el corazón.
Él asiente, traga saliva, y da un paso más cerca. No me invade. Nunca invade. Mantiene una distancia que es casi una pregunta silenciosa. Puedo notar como Hunter aparece en mi campo de visión a la espalda de Azrael y me regala una sonrisa traviesa.
—¿Se encuentra mejor hoy? —pregunta Azrael, y la formalidad en su tono no es fría, es tierna. Casi protectora.
Lo observo un segundo más de lo necesario. El “usted” entre nosotros no es una barrera; es un hilo fino de tensión que vibra cada vez que lo pronuncia.
—Estoy bien —digo—. Un poco cansada, quizá.
Sus labios se curvan apenas, como si le doliera no poder hacer algo más concreto por mí.
—Si necesita descansar, puedo acompañarla a su apartamento, le diré a Hunter que estaba indispuesta —ofrece con una seriedad tan genuina que me arranca una sonrisa.
—No hace falta. Sobreviviré.
Él baja la mirada un instante, como si procesara esa palabra. Luego la levanta de nuevo, y hay algo más profundo en sus ojos, algo que no suele dejar salir.
—No me gusta la idea de que tenga que “sobrevivir” a nada —murmura—. Preferiría que estuviera… tranquila.
El aire entre nosotros cambia. No es brusco. Es sutil, pero se espesa. Siento el latido en mis muñecas, en la base del cuello. Me pregunto qué tanto ha vivido este hombre, tiene el alma rota, lo sé, porque la mía se ve igual cuando me miro al espejo.
—Siempre tan caballeroso —le digo, inclinando apenas la cabeza y dejando escapar una tímida sonrisa.
Él se ruboriza, apenas perceptible, y suelta una pequeña risa que parece sorprenderlo a él mismo.
—No es caballerosidad, es… —duda—. Es sentido común.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Da otro paso, ahora está lo suficientemente cerca como para que pueda notar el calor de su cuerpo sin que me toque—. Cuando algo es valioso, uno lo cuida.
El silencio que sigue tras sus palabras no es incómodo. Es denso. Intencional. Mis ojos buscan detenidamente su mirada.
—¿Y yo soy algo valioso? —pregunto, sin apartar la vista.
Jesús, este hombre me gusta demasiado y quiero lanzarme encima y decirle que me bese.
Azrael respira hondo. Se le nota el esfuerzo por no decir más de lo que cree que debería.
—Para mí… sí, señorita.
La palabra señorita dicha así, con esa suavidad casi devota, me desarma más que cualquier atrevimiento.
No hay posesión en su voz. Hay elección y es un quita bragas , eso ni lo dudo.
Este hombre folla, duro, y no solo con mujeres puedo apostar, tiene una sensualidad única, pero se mantiene… escondido.
—No tiene que llamarme así —susurro.
—Quiero hacerlo —responde de inmediato, casi con timidez—. Me gusta tratarla con el respeto que se merece.
Podría reírme. Podría romper la tensión. Pero no quiero. Quiero quedarme en este filo dulce donde nada ha ocurrido y, sin embargo, todo es una promesa a punto de suceder.
Él alza la mano, dudando un segundo antes de rozar apenas mi muñeca con la punta de los dedos. Es un contacto leve, casi inexistente, pero me atraviesa como una corriente.
—Prométame que se cuidará —dice en voz baja.
—¿Y si no lo hago?
Su sonrisa vuelve, pequeña, divertida.
—Entonces tendré que preocuparme. Y no me gusta preocuparme por usted de ese modo.
—¿Por qué? —mi pregunta sale antes que la medite, solo quiero saciar mi curiosidad.
Azrael inclina un poco la cabeza, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de timidez y algo más profundo.
—Porque cuando me preocupo… pienso demasiado.
Querrá decir, acecha…aniquila… pienso para mis adentros.
—¿Y eso es malo?
—Con usted —susurra manteniendo su mirada fija en mí, sin titubear en la firmeza de su respuesta—, sí.
La instancia se llena de cosas que ninguno se atreve a pronunciar. Él retira la mano con lentitud, como si temiera que el simple roce pudiera significar demasiado, pero a su vez, puedo notar las ganas de no dejarme ir.
—Debería irme —dice finalmente, tomando una pequeña distancia—. No quiero… —se interrumpe, buscando la palabra correcta—. No quiero incomodarla.
—No me incomodas, Azrael —respondo, demasiado rápido.
Eso lo hace sonreír de nuevo, más amplio esta vez, más luminoso.
Por un segundo no es el hombre que carga sombras en la espalda; es solo alguien joven, vulnerable, queriendo hacer las cosas bien. Pero hay algo más, siempre hay algo más. Es como si solo tuviéramos este juego, y al mismo tiempo, todo se esfumara tan rápido como llegó.
Se inclina apenas hacia mí, lo suficiente para que su voz me envuelva como un secreto.
—Cuídese. —murmura.
Asiento, tímida e incapaz de decir nada que no delate lo que siento.
Él da nuevamente un paso atrás, recuperando la distancia correcta, la prudente. Pero antes de retirarse hacia la puerta, me mira una última vez. En sus ojos puedo ver suavidad, ternura y adoración.
—Cuídese mucho… Mäuschen.
La palabra cae entre nosotros como una caricia. No es posesiva. No es atrevida. Es íntima. Dulce. Debo buscar su significado, es alemán.
Y luego se va.
Presente
Mäushen.
Me limpio la lágrima que siento rodar por mi mejilla ante el impacto que hace esa palabra en mí. En el presente, sigo viendo al Azrael de hace un año.
La puerta se cierra con un clic suave cuando entro a mi apartamento solitario y yo me quedo ahí, con el eco de su voz todavía vibrando en mi pecho, sin saber que ese recuerdo —ese Azrael tímido, divertido, caballeroso— sería la última imagen intacta antes de que todo cambiara, antes de que el mundo decidiera disparar primero y pensar después.
Si tan solo pudiera regresar a ese momento y salvarlo.