Capítulo 22
Willow
El edificio huele a madera pulida no como el hospital.
Aquí huele a detergente caro a diferencia de los desinfectantes neutros que estoy acostumbrada, y a las flores frescas que alguien cambia cada lunes en el vestíbulo.
La luz entra limpia por los ventanales altos, rebotando en el mármol claro del suelo como si aquí no pudiera existir nada sucio ni roto.
Vivo aquí desde hace un tiempo y todavía me sorprende lo silencioso que es todo y bonito, lo perfectamente normal y agradable, como si las paredes estuvieran diseñadas para guardar secretos sin que nadie sospeche que existen.
No merezco nada de esto . Me digo a mí misma.
Una silueta llama mi atención, mi pulso se acelera. Lo veo antes de que él me vea.
Azrael está apoyado contra la pared junto a los buzones metálicos, vestido de negro como si el color fuera una extensión de su piel, las manos en los bolsillos, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, observando algo que no puedo ver.
No encaja con el edificio. Es demasiado intenso para este lugar pulcro.
Demasiado oscuro para estas paredes claras.
Pero ahí está, después de mi ataque de pánico en el hospital no lo había visto y de eso han pasado un par de días. Es así como es él, aparece y desaparece, pero siempre hace que mi corazón se acelere.
Doy un paso más y mis pasos resuenan en el suelo.
Él levanta la mirada.
Nuestros ojos se encuentran.
La tensión no es inmediata. Es progresiva. Como una cuerda que alguien empieza a tensar muy despacio.
—¿Me estabas siguiendo? —pregunto, mi voz más firme de lo que yo misma me siento.
Él no sonríe. Nunca sonríe del todo.
—Vives aquí, yo también vivo aquí, señorita Graves —responde—. No es difícil coincidir.
Señorita Graves.
Hay algo en la forma en que dice coincidir que no suena casual. Aprieto más fuerte la bolsa que llevo en el pecho con comida rápida que compré en el camino.
—Podrías haber hecho algún ruido, estar ahí de pie es escalofriante.
—No sabía que tenía que pedir permiso para entrar a mi propio edificio.
Su tono es suave. Demasiado bajo. Me obligo a caminar hacia el ascensor cargando mi bolsa. Cada paso que doy, siento su presencia detrás de mí aunque sé que no se mueve. O eso creo.
Pulso el botón, observo los números cambiar indicando la planta. El ascensor tarda en llegar.
Silencio.
—No me mires así … —digo sin girarme. Sé que está mirándome.
—¿Así cómo?
Ahora sí está más cerca. Puedo sentir su voz mucho más cerca de mi hombro, el calor de su cuerpo, la electricidad contenida en la distancia mínima.
—Como si supieras algo que yo no. —acuso sin siquiera voltearme a buscarlo.
Siento finalmente como se inclina apenas, lo suficiente para que su voz me roce el oído.
—Siempre sé algo que tú no, Willow.
Mi nombre en su boca no es suave. Es posesivo. El ascensor llega con un sonido discreto, un simple y único ping que resuena en la instancia. Las puertas se abren.
Entramos.
El espacio es pequeño. Demasiado pequeño con nuestros cuerpos casi rozando. ¿Y hace calor?
Las puertas se cierran y quedamos atrapados en un rectángulo de espejos que nos devuelve la imagen de dos personas que parecen tranquilas… pero no lo están.
—¿Qué quieres? —pregunto, bajo casi en un murmuro.
Él me observa en el reflejo, no directamente. Como si analizarme fuera más fácil cuando no lo miro.
—Depende —dice—. ¿Qué estás dispuesta a dar?
Mi pulso se acelera, pero no retrocedo.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Da un paso más hacia mí, obligándome a retroceder por pura inercia hasta que mi espalda choca contra la pared del ascensor y quedo frente a él, atrapada entre el acero y su presencia. No me toca. Aún no. Pero la promesa de ese contacto ya late en el aire, tensa, viva, suspendida entre los dos.
—Me has ocultado cosas Willow, eres buena actriz —continúa, acusando en un peligroso susurro— Pero lo sé todo. Ya es tiempo de dejar de jugar.
¿Qué mierda le pasa? Este no es el Azrael habitual, ni siquiera es él ordinario o el caballeroso que conocí hace un año, es otra de sus personalidades.
—No sé de qué estás hablando y tú no me das órdenes.
Sus ojos bajan a mis labios un segundo y luego vuelven a los míos.
—No, no a ti. Pero te protejo. –sentencia con total seguridad.
Me rio brevemente, totalmente incrédula.
—¿Protección? ¿A eso le llamas vigilarme?
Sus manos se apoyan a ambos lados de mi cabeza, contra la pared, sin tocarme. Me encierra sin contacto. Sé que me vigila, no sé cómo lo hace, pero lo puedo sentir.
—No entiendes el tipo de personas que están mirando —dice—. Este edificio es bonito, sí. Seguro. Limpio. Pero eso no significa que no haya sombras dentro.
¿Mirando? ¿Acaso él sabe de mi otro trabajo? No, es imposible.
—¿Y tú qué eres entonces? —Susurro, manteniendo mi mirada altiva—. ¿La sombra más grande?
Su mandíbula se tensa.
El ascensor se detiene, pero ninguno se mueve cuando las puertas se abren. Permanecen abiertas unos segundos y vuelven a cerrarse automáticamente. Nadie ha salido.
Seguimos subiendo.
—No te conviene provocarme —dice al fin.
—¿Es una amenaza?
—Es una promesa.
El aire se vuelve más denso.
Mi mano, traicionera, se desliza apenas sobre su pecho cuando intento apartarlo, pero él reacciona rápido y atrapa mi muñeca con firmeza dejando mi mano sobre su torso. No duele. Pero no es suave.
—No hagas eso —murmura.
—¿Qué cosa? ¿Tocarte?
Su pulgar presiona el interior de mi muñeca, justo donde me late el pulso.
—Exacto. No me toques, no si no harás nada al respecto.
El ascensor se detiene de nuevo. Esta vez en mi piso.
Las puertas se abren. Él me suelta lentamente.
—Buenas noches, Mäuschen —dice dejándome libre de la jaula que me habían dado sus brazos, y ahora sí hay algo parecido a una sonrisa, pero no es amable—. No olvides cerrar con llave.
Salgo del ascensor sin responder, con la sensación de que no gané ni perdí esta batalla, tan solo la pospusimos.
Cuando miro hacia atrás antes de que las puertas se cierren, Azrael sigue dentro del ascensor, mirándome como si el edificio entero fuera solo un tablero… y yo, la pieza que más le interesa mover.
Mäuschen [3] , resuena en mi mente.
Él lo recuerda. Malditamente lo recuerda.