Capítulo 21
La tarde cae espesa sobre la casa, pegajosa como el olor a cerveza rancia que se mete en las paredes y no se va nunca.
Yo estoy sentado en el suelo de mi cuarto, con la espalda apoyada contra el yeso cuarteado que se deshace un poco más cada día, mirando la única manta gris que tengo doblada en un rincón, áspera y húmeda, la que me cubre por las noches cuando el frío se mete por la ventana pequeña y alta que apenas deja entrar luz; no tengo cama, no tengo armario, no tengo nada más que el suelo polvoriento, dos camisetas viejas y el silencio.
Aun así, aprendí a leer, aprendí a juntar letras el año pasado cuando me escapaba a la escuela pública cercana mientras él trabajaba y mi madre dormía después de sus borracheras en el sofá, allí nadie sabía que yo no debía estar, nadie preguntó demasiado, solo me senté al fondo de las salas y escuché.
Entonces las palabras empezaron a encenderse dentro de mi cabeza como pequeñas luces secretas que aquí, en esta casa, jamás entenderían.
Escucho el motor del coche detenerse afuera y el sonido me atraviesa el pecho porque sé que lo han llamado de la escuela, sé que alguien vio los moretones en mis brazos y mi espalda cuando me cambié para educación física, sé que le hicieron preguntas, y él no sabía que yo iba a clases, él no tenía idea de que su “inútil” salía cada mañana con la excusa de ir a tirar la basura y caminaba tres calles para sentarse en un pupitre y aprender cosas que él nunca sospechó que yo pudiera comprender; la puerta principal se abre de golpe y su voz estruendosa llena la casa antes que sus pasos.
—¡¿AZRAEL?! —grita, y mi nombre suena como una acusación.
Mi madre murmura algo desde el sofá, que apenas se logra entender por su estado.
—Déjalo… es solo… un crío… —dice con la lengua pesada.
—¡Cállate! —ruge él, y algo se estrella contra la pared.
Puedo oír sus pasos en dirección hacia mi cuarto, lentos pero firmes, y cada uno parece contar hacia atrás el tiempo que me queda sin dolor; la puerta se abre a causa de una patada y golpea la pared con un crujido seco, él aparece ocupándolo todo, con los ojos rojos y la mandíbula apretada.
—¿Así que vas a la escuela? —dice en voz baja, y esa voz baja es peor que un grito—. ¿Desde cuándo me ocultas cosas?
No respondo, pero mi silencio lo enciende aún más.
—¡Te estoy hablando! —Se acerca a grandes zancadas, me agarra del cuello de la camiseta, me levanta del suelo con fuerza y mis pies apenas rozan el polvo—. Me llamaron hoy. La directora. Me preguntó por tus golpes. ¿Qué les dijiste?...
—Nada… —susurro, tragando saliva con miedo—. Yo no dije nada.
—¿Nada? —se ríe, pero no hay humor en su risa—. Entonces, ¿por qué creen que soy yo?...
—Yo solo… quería aprender. — Tartamudeo— Les he dicho que me he caído, no les he dicho nada, lo juro.
La palabra “aprender” cae entre nosotros como una chispa en gasolina y el primer golpe llega sin aviso, una bofetada que me lanza contra el suelo, el zumbido me llena la cabeza y antes de que pueda incorporarme siento el impacto de su bota en mis costillas.
—¿Aprender para qué? —escupe, soltando unas cuantas patadas más en mi cuerpo—. ¿Para denunciarme? ¿Para hacerte el listo?
—No… no…
—¡Eres un problema! —me toma del cabello largo y me obliga a mirarlo—. Si vuelven a llamarme, van a venir servicios sociales, ¿entiendes eso? ¡Van a meterse en mi casa por tu culpa!
Mi madre aparece en la puerta, tambaleándose.
—Ya basta… —murmura, apenas puede mantenerse en pie—. Siempre exageras…
Él se gira hacia ella con una mirada que la hace retroceder.
—Métete en tus asuntos.
Ella baja la cabeza y desaparece otra vez, como siempre.
Él vuelve su atención hacia mí y me lanza contra la pared; siento el golpe en la nuca, veo manchas blancas delante de mis ojos, y mientras intento respirar me obliga a repetir lo que quiere oír.
—No vas a volver a esa escuela —dice apretando los dientes—. Dilo.
—No voy a volver… —mi voz es apenas aire.
—¡Más fuerte!
—¡No voy a volver!
Caigo al suelo y él se queda un momento mirándome como si evaluara si aún le queda algo por romper, pero finalmente se aleja, sus pasos retumban en el pasillo y vuelve a la sala, donde abre una botella como si nada hubiera pasado, como si yo fuera solo una interrupción en su tarde.
Me quedo tirado un rato, escuchando el silencio pesado que queda después de la violencia, pensando en las letras que aprendí, en los libros que hojeé a escondidas, en cómo el mundo parecía más grande cuando estaba sentado en ese pupitre al fondo del aula; soy listo, lo sé, lo siento cuando entiendo cosas que otros tardan más en comprender, pero aquí nadie lo sabrá nunca, aquí solo soy el problema, el estorbo, el niño que debe quedarse quieto y callado mientras él y sus amigos meten su polla en mi trasero, y mientras me incorporo despacio lo veo en la esquina del cuarto, cerca de una grieta oscura: un escorpión negro, pequeño, brillante, moviéndose con una calma que no se parece a nada en esta casa.
Por un largo momento me quedo mirándolo, su aguijón curvado sobre el lomo es como un signo de pregunta suspendido en el aire, puedo sentir algo extraño, una idea que primero parece absurda pero luego empieza a tomar forma.
Me acerco despacio, tomando un vaso de plástico roto para cubrirlo con cuidado mientras deslizo un cartón por debajo, mis manos aún tiemblan pero no tanto como antes; desde la sala puedo oír su voz riendo, diciendo palabras sueltas, poco coherentes sobre inútiles y fracasados, y entiendo que si me quedo aquí no habrá más escuela, no habrá más palabras, no habrá más nada.
Y yo ya no seré el chico listo, seré un estúpido como él.
Camino hacia la sala con el corazón golpeándome el pecho, siento una adrenalina recorrer mi cuerpo y me planto frente a él, que me mira con desprecio y fastidio.
—¿Qué quieres ahora? —Dice, dando un trago largo del líquido ámbar que tiene en su vaso—. ¿No aprendiste suficiente por hoy?
—Perdón —murmuro, acercándome a pequeños pasos temerosos pero firmes.
—¿Perdón? —Se inclina hacia adelante, dedicándome aquella mirada de desprecio—. Eres igual que tu madre. Nadie los quiso nunca, por eso están aquí.
Luego de soltar esa frase, solo se recuesta sobre el sofá soltando una risita burlesca.
Siento algo romperse dentro de mí, no con rabia sino con una claridad fría, y entonces me acerco lo suficiente para poder poner el cartón del vaso cerca de él y así dejar caer el escorpión sobre su pecho; al principio no entiende lo que ocurre, pero cuando la criatura se mueve rápido hacia su cuello abre los ojos con terror.
—¿Qué demonios es eso? ¡Quítamelo!
Puedo observar cómo se zarandea con temor sobre el sofá sin comprender que hay en su cuello.
El aguijón de mi nuevo amigo baja y sube en un movimiento preciso.
Marion grita, un grito auténtico, crudo, que llena la casa; se levanta de golpe, tira una silla ante el desespero, se golpea el rostro intentando apartarlo, pero el escorpión ya cayó al suelo y desapareció bajo el sofá.
Él se lleva la mano al cuello, tambalea, me mira con odio y miedo mezclados.
—Tú… maldito…
Intenta avanzar hacia mí, pero sus piernas fallan y cae pesadamente, el golpe resuena seco en el suelo y su respiración se vuelve irregular, lenta, mientras mi madre sigue dormida en alguna parte de la casa, ajena a todo.
He leído que un picor puede ser mortal para personas alérgicas, él es bastante adulto, estúpido y enfermo.
Así que espero que muera con una sola picadura.
Me acerco despacio, veo que aún respira, pero no puede levantarse, y sin decir nada tomo las llaves de la mesa, abro su billetera y me guardo algunos billetes en el bolsillo, regreso a mi cuarto y recojo la manta que pongo en mi cabeza cuando quiero desaparecer de este mundo, mi único objeto en el mundo, y antes de salir miro una vez más la grieta en la pared.
—Gracias —susurro, sin saber si el escorpión aún me escucha.
Me dirijo a la puerta principal, y la abro sin temor alguno y el aire de la noche entra frío y limpio, distinto al aire podrido de adentro.
Doy un paso hacia afuera, luego otro, sintiendo el dolor en cada músculo por los últimos golpes, pero también algo nuevo latiendo bajo las heridas, una certeza tranquila que me dice que esta vez no voy a volver.
Que el escorpión no solo lo picó a él sino también la jaula en la que yo vivía.
Comienzo a avanzar lentamente, la casa queda atrás, oscura y silenciosa, entiendo que el causante de mis miedos no me está persiguiendo, sino quedándose allí, tirado en el suelo.