Capítulo 20
Juramento III No explico órdenes. Se obedecen… o se entierran.
Azrael
No grita cuando entro. Eso ya me dice más de lo que debería.
Observo desde la puerta al tipo. Está atado a la silla, la cabeza caída hacia un lado, respirando mal, como si cada bocanada de aire fuera una negociación. Cierro la puerta detrás de mí y el sonido del pestillo resuena demasiado fuerte en la habitación.
—Levanta la cabeza —digo, usando un tono de voz demandante.
No lo hace.
Suspiro despacio, me acerco y apoyo las manos en la mesa frente a él. Me inclino lo justo para que me sienta cerca, para que sepa que ya no hay distancia de seguridad.
—No me hagas perder tiempo —añado, casi como un gruñido—. No es un recurso infinito.
Levanta la mirada al fin. Tiene los ojos vidriosos, pero aún hay desafío ahí. Siempre lo hay al principio y es lo que más disfruto destrozar.
—Vete al infierno —murmura.
Sonrío apenas.
—Ya estoy aquí.
Rodeo la mesa y me coloco a su espalda. Me quito la camisa sin prisa, mis movimientos causan que mi estuche roce parte de su costado, lo cual no impido que imagine lo que quiera imaginar.
El aire frío golpea el tatuaje del escorpión que llevo en mi abdomen bajo y siento ese viejo cosquilleo familiar, como si la tinta despertara.
—¿Sabes por qué ataca un escorpión? —le pregunto con calma.
No responde.
—No ataca por placer. Ataca cuando está acorralado. Cuando entiende que no hay otra salida. Cuando está en peligro.
Me inclino sobre su oído.
—Tú ya estás ahí.
Se estremece. Bien. Vuelvo a ponerme frente a él. Su respiración se acelera.
—Hablemos de ti —digo con ironía, esbozando una pequeña sonrisa—. Fechas. Rutas. Nombres.
Escupe al suelo, con altanería en sus acciones.
—No sé de qué hablas.
Asiento, como si eso fuera una respuesta válida.
—Siempre es lo mismo.
Me aparto unos pasos, dejo que el silencio crezca, que la incertidumbre haga su trabajo. Cuando vuelvo a hablar, mi voz es más baja. Puedo sentir el anhelo punzante de dañarlo a lo lejos, pero lo evado, necesito sacarle la información, no destriparlo antes de tiempo.
—¿Cuántos crees que han dicho eso antes que tú?
Traga saliva.
—Jódete…
No termino de escuchar el insulto completo. Me acerco otra vez, apoyo una mano en su hombro y aprieto lo suficiente para que entienda que no es un gesto amable.
—Escúchame con atención —digo, bastante claro para que note mi seriedad—. Esto no va a parar porque tú seas valiente. Va a parar cuando seas inteligente.
Levanta la voz por primera vez.
—¡No voy a decirte nada!
—Eso ya lo veremos.
Me aparto suavemente y dejo caer un golpe con mi mano, la cual lleva un brillante adorno de mis nudilleras metálicas.
Justo por debajo de su ojo. El sonido que provoca no necesita descripción; su reacción lo dice todo.
Se retuerce, maldice, intenta negociar con un Dios que no está mirando, mientras puedo notar como su pómulo comienza a sangrar por el golpe.
—¡Espera! —jadea—. Espera, por favor…
Me detengo, ya le había proporcionado un par de golpes seguidos, y ahora tengo su sangre sobre mi cuerpo.
—Ahora sí sabes hablar —respondo—. Empieza.
—Yo… yo solo hago de intermediario.
Jadea buscando tomar aire por el dolor de los golpes
—Nombres.
—No puedo. Responde entre temblores
—Nombres —repito, sin alzar la voz.
Cierra los ojos y niega con la cabeza, puedo notar desespero en sus movimientos.
—Si hablo, estoy muerto.
Me inclino frente a él, hablando lo más claro posible para que no le queden dudas de mis próximas acciones.
—Si no hablas, también. Pero yo seré rápido.
El silencio se rompe en pedazos. Cuando vuelve a abrir los ojos, algo ha cambiado. Ya no hay desafío. Solo miedo.
—Martes —dice al fin—. La próxima entrega es el martes.
—¿Dónde?
—Puerto seco. Afueras de Milán.
Asiento.
—Sigue. —ordeno, firmemente.
—Tres camiones… rutas alternas… códigos nuevos…
Habla atropelladamente, como si temiera que lo interrumpa, como si las palabras fueran la única barrera entre él y lo inevitable. Yo escucho, memorizo, archivando cada detalle.
Cuando termina, se desploma contra el respaldo de la silla.
—¿Ya está? —susurra, temeroso—. ¿Ya… ya terminó?
Lo observo un segundo más de lo necesario. Luego me vuelvo a poner la camisa que se ha manchado cuando la he dejado caer al piso y me acerco a la puerta. Ya lo he golpeado bastante, ni siquiera me dio tiempo de sacar mis otros juguetes.
—Para ti, sí.
Abro la puerta, pero no salgo.
Me quedo un segundo con la mano apoyada en el marco, escuchando su respiración rota detrás de mí. Cree que ha sobrevivido. Esa esperanza pequeña, miserable, es casi peor que el miedo. Siempre lo es. Y es lo que lo hace más emocionante.
—¿Azrael…? —Dice mi nombre como si fuera una súplica, puedo notar miedo en sus palabras—. Dijiste que…
No me vuelvo todavía. Le dije mi nombre como un cazador a su presa, porque nos encontramos en un bar, donde lo invité a un trago y él accedió.
Se desmayó en cuanto acabó de beber e intentó salir por la puerta, fue cuando aproveché para traerlo aquí, a uno de nuestros infiernos para interrogarlo. Fue fácil, una presa fácil.
El tipo trabaja para los malos y eso lo convierte en malo también, aunque yo le haya parecido atractivo, sé que también ha violado mujeres, hombres y niños inocentes, conozco a un depredador cuando lo veo a la cara.
—Yo no dije nada.—respondo, apenas volteando un poco la mirada para que note que lo he escuchado.
Regreso despacio. El sonido de mis pasos hace que sus hombros se tensen, que trate de incorporarse aunque ya no puede. Me planto frente a él y bajo la mirada hasta su cara desencajada.
—Hablaste —comento muy cerca, sin apartar la mirada de su dañado rostro—. Eso te dio tiempo. Pero no inocencia.
—Entonces… ¿ya está? —pregunta con un hilo de voz, casi al borde del colapso.—. ¿Me vas a matar?
Lo observo en silencio. El escorpión bajo la camisa late, pesado, recordándome la regla que nunca se rompe.
—Código Negro no deja testigos —digo al fin, esbozando una pequeña e imperceptible sonrisa.
Niega con la cabeza, entrando en desesperación al notar la realidad.
—No, no… yo no voy a decir nada, lo juro. Desaparezco. Me largo del país. Nadie sabrá—
—Ya lo saben —lo interrumpo—. Siempre lo saben.
Se le llenan los ojos de lágrimas. No grita. Suplica.
—Por favor… tengo familia.
Me inclino un poco más, hasta quedar a su altura.
—Todos tenemos algo —respondo—. Eso no cambia lo que eres para ellos.
Traga saliva.
—¿Por qué tú? —pregunta—. ¿Cómo puedes vivir con esto?
Lo miro fijamente, su pregunta me resulta hasta descarada.
—Porque alguien tiene que hacerlo. Además, tú eres peor que yo, quienes pasan por mis manos siempre lo son.
Hay un silencio espeso, final. Lo entiende. Puedo notarlo en la forma que deja de resistirse, en cómo el cuerpo se le afloja, derrotado.
—¿Va a doler? —susurra.
No le miento, le soy sincero.
—A la mierda que sí. Siempre me gusta hacerlos sufrir. Creo que es la última sensación que se merecen. Dolor y desesperación.
No entro en detalles. No hace falta.
Saco mi cuchillo y lo entierro directamente en su ojo, sigue vivo pero en shock, el dolor es intenso, tan intenso que no le queda energía para gritar o moverse.
Retuerzo el arma blanca en su cornea y lo saco para meterlo ahora en su otro ojo, no sin antes dejar que me mire fijamente, que grabe en su mente aquel ultimo recuerdo y entonces giro con más fuerza el cuchillo en su otro ojo, presionando directo a lo más profundo de su jodido cráneo y observo como su vida se apaga. Eso es todo.
Solo queda su último jadeo, el peso muerto del cuerpo cayendo hacia delante y el silencio absoluto después.
Me aparto solo observando.
Así como yo, el escorpión, no mata por rabia. Mata porque sabe cuándo debe hacerlo.
Veo el cuerpo por última vez, recojo la información que pude obtener del tipo y apago la luz antes de salir. Nadie vendrá a limpiar esto hoy. No hace falta. El mensaje ya está enviado.
Otro nombre tachado. Otra entrega neutralizada. Otro peso más sobre mí.
Camino por el pasillo vacío sin mirar atrás. Nunca lo hago. Los muertos no reclaman explicaciones… y yo no me concedo absoluciones, ni mi escorpión tampoco.