Reaper (Código Negro 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Willow

Presente

La luz es baja, calculada. No quiero que me vean entera, solo lo suficiente como para que se imaginen el resto.

La cámara recoge mi silueta recortada contra las sombras, la curva lenta de mi cuerpo moviéndose con una seguridad que no siempre siento, pero que aquí finjo como una segunda piel.

La lencería es negra, delicada, bastante elegante, y el antifaz oscuro me cubre los ojos como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. No me escondo: me transformo.

Este es el precio que tengo que pagar por mi mentira, mi segunda capa de piel, mi secreto, mi infierno.

Leo los comentarios que suben en cascada, rápidos, ansiosos.

Observo corazones. Fuegos. Palabras vacías que me desean sin conocerme.

Yo los invito a mi acto y les doy lo que han venido a buscar: una sonrisa ladeada, un gesto lento con mis dedos recorriendo el encaje, una inclinación actuada de la cabeza que deja ver mi cuello.

No necesito forzar más. El silencio entre movimientos es parte del espectáculo. Siempre lo ha sido.

El dinero comienza a subir, pero no hay cantidad suficiente para pagar todos mis pecados y de los de mi familia.

Mi voz, cuando hablo, es baja. Controlada. Ha comenzado el show. —Tranquilos… ¿Les gusta lo que ven hoy?

Ellos creen que mandan. Que pagan por decidir. No saben que aquí, ahora, mando yo.

Una alerta llama mi atención, y me lleva a observar con detenimiento.

No es un comentario público. Es un mensaje privado que atraviesa el ruido como un cuchillo limpio. No usa emojis. No pide. Se hace llamar: El hombre del sótano. Y de nuevo está intentando provocarme.

Te he visto antes. Sin el antifaz. Sé dónde estás.

El aire cambia. No en la habitación como tal, sino dentro de mí.

Mantengo la pose, la respiración lenta, el cuerpo aun balanceándose al ritmo que esperan, pero algo se tensa bajo mi piel.

Mis dedos dudan una fracción de segundos antes de seguir jugando con la tira del encaje, como si nada.

Como si no acabara de sentir ese golpe seco en el estómago.

Otra vez la alerta, otro mensaje.

No deberías provocarme.

Sonrío para la cámara. Una sonrisa peligrosa, calculada, que ellos interpretan como parte del show.

Inclino la cabeza, dejando que la sombra del antifaz haga su trabajo.

Por dentro, repaso cada error que pude haber cometido en mis acciones diarias, cada vez que olvidé cerrar una cortina, cada reflejo traicionero en un espejo.

—¿Les gusta el antifaz? —pregunto en voz alta, lenta, sensual, a pesar de mi nerviosismo, el espectáculo debe continuar—. A veces es mejor no ver… ¿no creen?

El chat enloquece. Yo respiro buscando mantenerme serena.

Un nuevo mensaje vuelve a aparecer, insistente, ha notado que lo estoy leyendo.

Algún día vas a mirar a la cámara y no voy a ser un desconocido.

Yergo mi espalda enseñando control. No por miedo, por orgullo. Por rabia. Si alguien cree que puede romper este espacio, este pequeño reino que he construido a base de límites y mentiras bonitas, está muy equivocado.

Me acerco un poco más a la cámara. Lo justo para que el lente capture la tensión en mis labios, el brillo controlado de mi piel bajo la luz artificial del cuarto y enfoque mi boca respondiendo aquel intento de intimidación que he recibido.

—Esta noche —susurro— solo existen las reglas que yo pongo.

Rápidamente tomo acciones. Bloqueo el usuario, reporto y sigo.

Pero algo ya se ha despertado en mi interior y no es miedo.

Es la certeza incómoda de que, en algún lugar, alguien está mirando de verdad, que conoce mi realidad. Entre las sombras… rara vez miran sin intención. De todas maneras, no dejaré que nadie joda esto, no porque ame lo que haga, sino porque es mi única moneda de supervivencia.

…

Todavía tengo un poco de maquillaje cuando termino de ponerme el uniforme blanco.

No todo se va con las toallitas húmedas baratas que suelo comprar, y tampoco me esfuerzo demasiado.

El rímel sigue marcando mis pestañas y el brillo tenue en los labios parece fuera de lugar bajo las luces frías del hospital, pero no lo borro del todo.

Cierro el casillero con un golpe seco, metálico, como si ese sonido pudiera separar las dos versiones de mí.

La de la cámara y la que busca salvar vidas.

El pasillo huele a desinfectante y café recalentado. Es de madrugada. El turno nocturno siempre tiene algo irreal, como si el mundo estuviera suspendido en una respiración larga. Me cuelgo la credencial y camino sin ánimo rogando internamente que nadie me moleste. Aquí también sé fingir control.

—Willow.

La voz me alcanza antes de que lo vea. Aquella voz gruesa, demasiado segura de sí misma. No soy la enfermera Graves para él, no, él cree que puede llamarme por mi nombre de pila solo por su lugar en el hospital.

Me detengo despacio y giro la cabeza levente para observar a quien me ha llamado.

El doctor Sebastián Calder está apoyado contra la pared, impecable como siempre con su bata cerrada y los brazos cruzados.

Tiene esa sonrisa torcida que nunca le llega a los ojos, como si estuviera ensayada frente a un espejo.

Hace semanas que no lo veía. Vacaciones, dijeron. Necesarias, según él.

Es guapo, para algunas compañeras, pero no para mí, no me gusta la forma en cómo mira a las mujeres y eso me incluye.

—Doctor Calder —respondo, educada, neutra.

—Sebastián —corrige, como siempre—. Hace tiempo que no coincidíamos. Se separa de la pared tomando un pequeño rumbo hacia mi dirección.

Lo observo un segundo de más. Hay algo distinto en él. No sé si es la manera en que me mira, demasiado directa, o la sensación incómoda de que evalúa más de lo que debería. Bajo la mirada solo lo justo con un gesto automático.

—He estado en otros turnos.

—Lo sé —dice—. Siempre tan dedicada.

El silencio es incómodo. Denso.

Da un paso más hacia mí, invadiendo ese espacio que en el hospital nadie debería cruzar sin permiso. Yo no retrocedo, pero tampoco avanzo. Aprendí hace tiempo que moverse es dar ventaja. Este tipo es un hijo de puta mujeriego y cree que puede ligar conmigo.

—Pensaba… —empieza, esbozando una sonrisa coqueta, como si fuera algo casual— ahora que he vuelto, podríamos tomar algo. Cenar. Fuera de aquí. Conocernos mejor.

La frase cae entre nosotros como algo que no debería estar ahí.

—No, lo siento, tengo demasiado trabajo. —respondo sin levantar la voz.

Parpadea, sorprendido. No está acostumbrado a negativas limpias, sin excusas.

—Vamos, Willow, solo es una cena.

—No estoy interesada. Se lo he dicho, no es nada personal.

Mi tono es firme, profesional. Final. Él sonríe de nuevo, pero esta vez hay algo tenso en la comisura de sus labios.

—Siempre tan misteriosa… pensé que quizá…

No le permito terminar la frase.

—No —repito sin titubear—. Buen turno, doctor.

Decido retirarme y paso a su lado sin tocarlo.

Siento su mirada clavarse en mi espalda durante varios pasos, como una mano que no se atreve a detenerme, pero imagina limitarme.

No miro atrás. No le doy eso. En la estación de enfermería, Emma me espera con dos cafés y una ceja arqueada, observadora como un halcón cansado.

—¿Otra vez Calder? —pregunta en cuanto me acerco, notando que estoy algo tensa—. ¿Todavía cree que tiene oportunidad contigo?

Suelto el aire por la nariz, es casi una risa sin humor, mientras cojo el vaso caliente.

—Está loco.

Emma sonríe, cómplice.

—Eso pensé.

Doy un sorbo al café. Esta amargo. Es necesario mientras reviso las fichas y escucho el pitido lejano de un monitor, no puedo evitar pensar que hay miradas que no se apagan cuando termina el show… solo cambian de escenario.