Capítulo 18
Azrael
Un año atrás
La noche en Londres es húmeda y fría, el asfalto reluce bajo las farolas después de una llovizna que no termina nunca.
Conduzco por las calles estrechas y los edificios victorianos se alzan como sombras antiguas a ambos lados.
Willow está en el asiento del copiloto, en silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo.
Puedo notar su mirada perdida en la ventana que parece seguir las luces distantes del Támesis.
El motor ronronea suavemente, y estoy volviéndome loco por querer tocarla.
Una parte de su mano, su hombro, algo, sentirla que respira, no me conformo con solo verla sentada a mi lado, me encuentro inquieto.
Siento todavía el eco de la persecución, de la presión que flotaba en el hospital.
Y noto, también, esa chispa incómoda que aparece cada vez que Willow y yo estamos cerca.
—Deberías descansar en lugar de regresar para tu turno de la noche —digo al fin, mi voz ha salido grave rompiendo el silencio.
Ella no me mira al responder:
—No puedo. No cuando todo está tan… inestable. Y tengo facturas que pagar.
Yo podría pagarlas por ella. Sé que tiene muchas, he estado investigando y he inyectado en su capital sin que ella se dé cuenta.
Muerdo el interior de mi mejilla, luchando contra las palabras que quiero decir y que sé que no debo hacerlo.
La lluvia no deja de caer, fina, golpeando el parabrisas en un ritmo hipnótico.
La conozco desde hace poco y sé que no debería siquiera de hablarle, pero aquí estoy incómodamente a su lado, ofreciéndome a llevarla y poniéndola a salvo.
No solo porque es amiga de Hunter, sino… porque es ella, simplemente ella.
Willow me vuelve loco. Estoy obsesionado desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron. Tengo límites, paredes de hierro fundido que ella se atrevió a derribar con una sola sonrisa.
Pasamos por un callejón oscuro y mis ojos escanean los espejos. Los hombres de Max cubren la zona, puedo notarlos a los alrededores o a mi espalda en sus autos, pero no confío en nadie fuera de nuestro círculo. Ajusto mi agarre en el volante.
—Te dejaré en tu edificio y esperaré a que entres —añado.
Willow finalmente gira la cabeza al escucharme y me mira. En sus ojos hay cansancio, pero también algo más profundo, algo que me quema en el pecho.
—¿Por qué eres siempre así? —pregunta abiertamente, sin miedo alguno.
—¿Así cómo?
—Tan protector. Tan frío, pero… tan presente. —lo último lo susurra, puedo oírlo, pero hago como que no escuché nada.
Trago saliva, desviando la mirada a la carretera.
—Porque en esta ciudad, señorita Graves, las cosas desaparecen cuando bajas la guardia.
Ella asiente en silencio, pero cuando nuestras miradas se cruzan de nuevo, es como si el ruido de la lluvia y del tráfico desapareciera. Algo peligroso y familiar se forma entre nosotros. Algo que ninguno de los dos está listo para admitir.
Al llegar a su edificio, me detengo frente a la entrada iluminada. Willow abre la puerta lentamente, pero antes de bajar, se inclina apenas hacia mí.
—Gracias, Azrael —dice, su voz suave pero cargada de algo que no nombra.
—Ve adentro —respondo—. Y cierra bien.
Asiente y baja del auto. La observo hasta que desaparece detrás de la puerta.
Solo entonces dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Londres, con su lluvia interminable y sus secretos oscuros, parece más silenciosa de lo normal, y yo sé que lo que está creciendo entre nosotros, o más bien en mí, no debería estar ocurriendo…
pero ya es demasiado tarde para detenerlo.