Reaper (Código Negro 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Azrael

Conduzco sin saber exactamente cuánto dejé el hospital atrás, solo sé que el cielo ya está oscureciendo y que las luces de la ciudad empiezan a encenderse como si nada hubiera pasado, como si yo no me hubiera perdido otra vez delante de Willow, como si no hubiera dejado que me viera así, roto, peligroso, ausente.

El volante cruje bajo mis manos porque lo aprieto demasiado fuerte, el motor ruge cuando acelero sin motivo, y el dolor en la cabeza vuelve a latir, no como una punzada sino como una presión sorda que me empuja desde dentro, recordándome que hay cosas que mi mente se niega a sostener enteras.

He conducido durante horas como un loco, cambiando de carril sin señalizar, pasando semáforos en ámbar, buscando algo que no encuentro, porque el bar abre hasta tarde y necesito pelear, necesito sentir el impacto, la descarga, algo físico que me saque de aquí, aunque sé que no será suficiente, nunca lo es.

Marco el número de Max sin pensarlo más y responde casi de inmediato, como si hubiera estado esperando.

—¿Misión? —pregunto sin preámbulos, con la vista fija en la carretera que se estira delante de mí.

—Sabes que Claus y Noel están detrás de algo —responde—, pero nada en concreto por lo cual pueden atenderlo solos. ¿Qué necesitas?

Aprieto la mandíbula, acelero un poco más.

—Matar —digo—. Eso es lo que necesito.

Hay un silencio al otro lado, breve pero cargado, y luego su voz vuelve, más baja, más atenta.

—¿Otra vez te duele la cabeza?

—Sí —respondo, y no miento. Es mi hermano, y sabe toda mi mierda, de hecho, sabe más que yo y eso me molesta un poco.

—Sabes que es momento de que tengamos esa conversación —dice.

—La que no quieres darme —le escupo—. Durante un año, Maximilian, he rogado para que me digas qué pasó y no me has dicho una mierda. Todo es tan confuso…

—¿Qué recordaste, Azrael? —me interrumpe, ignorando lo demás.

Miro la pantalla del coche donde su nombre sigue brillando, la llamada continúa, y tardo unos segundos en responder porque la imagen vuelve de golpe, borrosa pero real, como un golpe seco en la nuca.

—Una subasta.

Lo escucho respirar del otro lado, más hondo, más lento.

—Ven a casa —dice al fin—. Hablaremos.

—¿Esto incluye a Willow? —pregunto, sin poder evitarlo.

—Lo que pasaba entre ustedes, solo tú y ella lo saben —responde—. Creo que ni mi mujer puede ayudar.

Mis dedos se tensan sobre el volante.

—Déjame preguntarle a Hunter—digo—. Por favor.

—Ven a casa —insiste—. Hablaremos aquí. Y conduce con cuidado, por el amor de Dios.

En ese momento un claxon retumba a mi lado, un tipo me pita demasiado cerca, demasiado fuerte, y algo en mí se enciende de golpe.

Freno en seco, desenfundo el arma con un movimiento automático y bajo la ventanilla solo lo suficiente para que me vea, para que entienda el mensaje sin palabras.

El hombre palidece, me observa y se hunde en su asiento para luego acelerar hasta desaparecer.

Vuelvo a subir la ventanilla. El arma descansa pesada en mi mano un segundo más antes de dejarla en el asiento.

—Hablamos en casa —murmuro.

Cuelgo.

Sigo conduciendo, con la noche cerrándose del todo a mi alrededor, sabiendo que lo que Max va a contarme no va a arreglar nada, solo va a ponerle nombre al infierno… y que Willow ya está

dentro de él conmigo, le guste o no.

…

Llego a casa de Max sin saber exactamente cómo apagué el motor ni en qué momento crucé la puerta; solo sé que el dolor en la cabeza sigue ahí, constante, como un martillo golpeando desde dentro, y que cuando los veo a los dos en la sala algo en mi pecho se tensa todavía más.

Hunter está con él. No saludo. No puedo.

Camino directo al sofá y me dejo caer, inclinándome hacia delante, llevándome las manos a la cabeza, presionando las sienes como si así pudiera contener lo que está intentando salir.

—¿Cómo estás, Azrael? —pregunta ella con cuidado.

Su voz atraviesa algo en mí y, sin pedir permiso, llega el flash. Gritos.

Una mujer gritando. No distingo palabras, solo el tono, el terror, el eco de un lugar cerrado.

Aprieto más fuerte los dedos contra el cráneo y levanto la cabeza de golpe. Hunter es una buena mujer, mi hermano no podría ser más afortunado de tenerla.

—Tú también estabas ahí —digo, mirándola—. En esa subasta.

El aire cambia. Lo siento antes de verlo. Mi hermano se pone tenso al instante y estira la mano para tomar la de su mujer, entrelazando los dedos como si fuera un ancla. Ella palidece apenas, lo justo para que yo sepa que he tocado algo que no debía, algo enterrado.

—Lo siento —añado enseguida, la voz áspera—. No quise decirlo así. Joder… soy un desastre ahora mismo.

—¿Quieres que le hable a Theron para que te revise? —pregunta Max, sin soltarla.

Theron Sterling, el hermano de Hunter, el jefe de la mafia de Londres y también un neurocirujano.

—No —respondo al instante—. Estoy bien.

Mentira. Pero no necesito otro médico mirándome como si yo fuera una bomba defectuosa.

—De acuerdo —dice—. Entonces dime, ¿qué quieres saber?

Lo miro a él, luego a ella, a los dos.

—Todo —respondo—. Qué pasó hace un año. Me has dicho cosas, pero sé que hay más, además de ser un puto traidor.

Max suspira despacio, como si esa frase pesara toneladas.

—Ya te lo dije —empieza—. Nuestro padre, al que todos pensábamos que estaba muerto, estaba conspirando en mi contra y contra Código Negro. Y tú… tú fuiste manipulado por él todos estos años.

Trago saliva.

—Ves, un maldito traidor.

—No, Azrael —dice con firmeza—. Antes de que toda esta mierda explotara, viniste a mí. Me dijiste que le dabas información falsa. Me ayudaste a salvar a Hunter… y a Willow.

El mundo se inclina.

—¿Qué…?

—El día que descubrí que estabas trabajando para El Grim —continúa Hunter, tomando la palabra—.

Estaba con Willow. Huimos, pero tú nos seguiste.

Luego aparecieron otros sujetos en un auto.

Nos ayudaste a escapar, pero eran demasiados.

Nos llevaron. Estábamos más seguras en casa contigo, pero pensé…

pensé que estabas con ellos y por eso intenté huir ese día.

Me quedo quieto, escuchando, porque cada palabra encaja en un lugar dentro de mi cabeza, dándome un recuerdo aunque no pueda verlo entero.

—Cuando desperté… —prosigue— bueno, despertamos, estábamos en ese lugar. En una subasta orquestada por él. Salvaron a una niña. A Willow y a mí.

Aprieta más fuerte la mano de Max antes de intentar seguir.

—Ayudaste a matar a nuestro padre —interrumpe Max, acariciando distraídamente la mano de su mujer—, pero una bala te alcanzó.

Sé que fuiste tú quien pujó por Willow. Para salvarla, sabías que yo haría lo mismo por mi mujer.

Sabías lo que pasaría y aun así ayudaste a detenerlo a tiempo. Y sufriste las consecuencias.

El nombre me atraviesa como un disparo.

—Willow —murmuro—. Ella no parece estar…

Me quedo buscando las palabras adecuadas.

—¿Afectada? —termina Hunter por mí—. Créeme, lo está. Pero finge estar bien. Es demasiado reservada.

Cierro los ojos un segundo, reuniendo el valor para preguntar lo más importante.

—¿Qué te dijo de mí? —Pregunto, manteniendo mis ojos cerrados y soltando un pequeño suspiro—. ¿Qué pasó entre nosotros?

—Solo sé que estaba enamorada de ti —responde dulcemente—. Como tú de ella supongo, desde que se vieron por primera vez no dejabas de verla, de llevarla a casa. Ella no dejaba de hablar de ti. Pero después del ataque… algo en ella cambió. Como también contigo. No habla sobre ello.

Abro los ojos despacio.

—Lo único que puedo decirte —añade, esbozando una triste sonrisa— es que le gustas. Y mucho. Aunque no te lo diga. Ella sabe que no recuerdas casi nada… y creo que eso la está matando. Ella simplemente lo ha aceptado.

Y una mierda que lo ha aceptado.

Me recuesto hacia atrás, el dolor latiendo, la cabeza llena de recuerdos que ahora tienen nombres, rostros, sangre, subastas , Willow. Todo encaja demasiado tarde.

No me perdí solo. Me rompieron. Y ella… ella se quedó a recoger los pedazos sin decir una sola palabra.