Reaper (Código Negro 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Willow

Mi cuerpo reacciona y me incorporo de golpe quedando sentada en la camilla, todavía con el cuerpo pesado, como si me hubieran vaciado por dentro y rellenado con algodón mojado, Azrael está frente a mí, demasiado cerca, demasiado quieto, con esa mirada fija que siempre me pone nerviosa.

La doctora Nash acaba de salir, la cortina sigue a medio correr y en el pasillo se pueden escuchar murmullos, pero aquí dentro el silencio es espeso, y sigo hablando porque necesito tomar el control, porque el miedo a quedarme sola con mis pensamientos es peor que cualquier otra cosa.

—No recuerdo mucho y lo sucedido no fue nada —miento, jugando con la sábana—. Solo… pasa a veces. Olvídalo, no quise presionarte, no es tu culpa no poder recordar…lo que pasó…solo…olvídalo…

Azrael no responde. Puedo notar como sus ojos se oscurecen, su mirada se vuelve más intensa, más oscura, y de pronto veo cómo su expresión cambia, cómo algo se tensa dentro de sus pensamientos.

Se lleva la mano a la cabeza con un gesto brusco, presionando su sien, justo donde sé que está la cicatriz, y su respiración se vuelve pesada, irregular.

El corazón se me acelera porque ya he visto esto antes en otros pacientes, porque sé que no es solo dolor, es otra cosa.

Estado disociativo.

—Azrael… —digo despacio—. ¿Estás bien?

Da un paso atrás primero, luego uno adelante, como si no supiera dónde colocarse, como si el espacio no le perteneciera del todo.

Sus ojos recorren la habitación, la puerta, el pasillo visible entre la cortina, evaluando, midiendo distancias, y cuando vuelven a mí no hay reconocimiento, no hay calidez.

—No te acerques —dice, con una voz que no es la suya—. No es seguro.

El miedo me golpea de lleno. Me encojo sobre la camilla, las manos aferradas a la sábana, porque este Azrael no es el que me mira cuando finjo dormir, no es el que envolvió todos los regalos de esos niños vulnerables. Este Azrael es otro.

—Estás en el hospital —susurro—. Estoy bien. Tú estás bien. Mírame.

No parece oírme. Su respiración es más profunda, más controlada, peligrosa. Se yergue, los hombros tensos, la mandíbula dura, y cuando da un paso hacia mí el pánico me nubla la vista, pero algo más fuerte que el miedo me empuja a moverme.

Está listo para matar.

Bajo despacio de la camilla, puedo sentir las piernas aún débiles. Doy un paso hacia él, luego otro, levantando las manos con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperlo.

—Soy yo, tu vecina —le digo—. Willow. Respira conmigo, ¿sí?

—Willow… —gruñe—. Aléjate.

No lo hago.

Alargo la mano y toco primero su muñeca, apenas un roce, sintiendo el pulso desbocado bajo su piel, y luego subo la otra a su pecho, justo donde el corazón golpea con fuerza. Apoyo la frente contra él, ignorando el temblor de mi cuerpo, respirando hondo para obligarlo a seguirme.

—Aquí —murmuro—. Estoy aquí. No tienes que hacer nada.

Mis dedos suben a su cuello, a su mandíbula, y en cuanto lo toco siento el cambio, inmediato, como si algo se apagara dentro de él. Su respiración se quiebra, sus hombros descienden un poco, y sus manos se aferran a mis brazos, no para apartarme, sino para sostenerse.

El silencio cae de golpe.

Azrael parpadea.

Una vez.

Dos.

—Willow… —dice, y ahora sí es él, desorientado—. ¿Qué… qué pasó?

Las fuerzas me abandonan y me desplomo suavemente contra él, temblando, con la cara hundida en su pecho.

—Te fuiste —susurro—.Pero volviste.

Sus brazos me rodean con torpeza, con cuidado, como si yo fuera algo frágil, y noto como se inclina para apoyar la frente contra la mía.

—Me duele la cabeza —murmura—. Creo que me tengo que ir.

Cierro los ojos, respirando con él, sabiendo algo que me pesa en el pecho como una verdad peligrosa. Cuando él se pierde, ¿Qué pasa? ¿Qué lo trae de vuelta?… El no saber respuestas me da curiosidad y eso debería asustarme mucho más de lo que lo hace.