Reaper (Código Negro 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Azrael

Mataré a mi padre, sé que lo haré. Algún día, no hoy. Hoy solo jugaré su juego. El ser el espía de mi hermano Max.

No debería recordar nada de esto.

Eso es lo primero que pienso cuando la imagen regresa, no como una escena completa, sino como fragmentos mal encajados, destellos que aparecen y desaparecen, como si alguien hubiera pasado una mano sucia sobre un espejo y solo hubiera dejado zonas claras a propósito.

Durante mucho tiempo me convencí de que Willow era solo un rostro más, un nombre que escuché de pasada, la nueva amiga de mi cuñada, la vecina del apartamento de enfrente, alguien que existía en mi periferia, pero no en mi centro.

Mentí. Me mentí con la misma facilidad con la que he mentido toda mi vida.

La recuerdo entrando por esa puerta.

No sé por qué ese momento se quedó grabado cuando tantos otros se borraron.

La puerta se abre, entra primero el ruido de la calle, luego ella, con esa forma suya de ocupar el espacio sin pedir permiso, sin saber todavía que ya me había desarmado.

No me mira al principio. Se quita la chaqueta.

Dice algo que no escucho. Yo dejo de escuchar muchas cosas cuando estoy cerca de ella.

Sé que pensé que era demasiado viva para el lugar en el que estaba, demasiado real para el mundo en el que yo me muevo.

Sé que pensé que no debería mirarla así. Sé que no dejé de hacerlo.

Después el recuerdo se rompe.

Hay risas. Una mesa. Vasos. Mi cuñada hablando demasiado.

Willow sentada frente a mí, moviendo las manos cuando explica algo, expresiva, intensa, con esa luz incómoda en los ojos que me provoca una reacción inmediata, visceral, peligrosa.

Me vuelve loco desde ese primer momento, aunque entonces no lo nombro así.

No me permito palabras como deseo o interés.

Solo sé que algo en ella me llama de una forma que no reconozco y que no quiero entender.

Lo siguiente que recuerdo es ofrecerme a llevarla a casa.

No como un gesto especial. Eso me digo. No como una invitación.

Solo cortesía. Solo sentido común. Es tarde.

Ella acepta sin pensarlo demasiado, como si confiar en mí fuera lo más natural del mundo, y esa naturalidad me golpea más fuerte que cualquier rechazo.

El coche avanza por las calles que no sabría describir ahora.

Hay música baja. Hay silencios largos. Hay una conversación que empieza ligera y se vuelve extrañamente íntima sin que ninguno de los dos la empuje en esa dirección.

Recuerdo mirarla de reojo.

Recuerdo pensar que debería frenar mis pensamientos.

Recuerdo no hacerlo.

La dejo frente a su edificio. Ella tarda en bajar.

Dice algo que me hace sonreír, y eso es raro, tan raro que el recuerdo se distorsiona ahí mismo, como si mi mente no supiera qué hacer con esa versión de mí.

Hay un momento suspendido entre los dos, una pausa que no pertenece a la amistad ni a la cortesía.

No la toco. O eso creo. Pero recuerdo el calor.

Recuerdo la cercanía. Recuerdo su olor. Recuerdo pensar que si cruzaba ese límite ya no habría marcha atrás.

Y luego… una palabra.

Cita. Iba a invitarla a una cita, aun sabiendo que, no la merecía.

No sé quién la dice. No sé si sale de su boca o de la mía.

No sé si es una broma, una promesa o una fantasía mal interpretada.

Solo sé que esa palabra existe en algún lugar de mi memoria y que no encaja con la versión que me he contado después.

Sé que ella sonríe. Sé que algo queda pendiente entre nosotros, algo queda inconcluso esa noche pero que no desaparece.

Después todo se vuelve más confuso.

Entradas y salidas. Noches que no se fijan del todo.

La sensación persistente de estar cerca sin estar realmente presente.

De cuidarla sin tocarla. De observar su puerta sin admitirlo ni siquiera ante mí mismo.

De quedarme vigilando desde la sombra porque eso sí sé hacerlo, porque proteger es más fácil que querer, porque mirar desde lejos duele menos que aceptar que ya estoy perdido.

Un secuestro, Willow gritando, ella y…Hunter… el sonido de una campana sonando solo una vez.

Una subasta.

Yo pujé primero…para salvarla.

Ahora, en este pasillo de hospital, con Willow rota sobre una camilla y mi nombre completo aún resonando en el aire, entiendo por qué mi mente se esforzó tanto en borrar esos recuerdos.

Porque si los acepto, si los uno, si dejo de fingir que no existen, entonces tendré que admitir que no fue un error, ni una coincidencia, ni un malentendido.

Fue una cita no concretada.

Y fui yo quien decidió no recordarla.