Reaper (Código Negro 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Me acerco despacio, sin querer interrumpir, sin atreverme a romper la magia silenciosa que se despliega ante mis ojos, y entonces veo con claridad cómo las manos de Azrael responden a las del niño con una precisión impecable, con movimientos lentos, cuidadosos, llenos de intención, formando palabras que fluyen con una naturalidad que me deja sin aliento.

Es Lenguaje de señas . Perfecto. Fluido.

Vivo. El niño ríe sin sonido, sus ojos brillan, y Azrael inclina un poco la cabeza para observarlo mejor, como si cada gesto fuera una frase sagrada, como si no existiera nada más importante en el mundo que ese diálogo mudo entre los dos.

Siento que el corazón me golpea con fuerza contra las costillas, una emoción densa subiéndome por la garganta, porque nadie, absolutamente nadie, se ha tomado el tiempo de aprender su idioma, de entrar en el mundo de ese niño, de decirle sin palabras que importa, que existe, que merece ser escuchado, y es precisamente él, el hombre que vive rodeado de violencia, de sombras, de muerte, quien se sienta en una silla infantil para ofrecerle algo tan simple y tan inmenso como atención.

Tommy le tiende una galleta, y Azrael la acepta sin dudar, se la lleva a la boca, mastica despacio, y por un instante su expresión se suaviza de una forma que no le había visto nunca, arrancándole al pequeño una carcajada muda, feliz, desbordante.

Doy un paso más, incapaz de quedarme al margen, y es entonces cuando Azrael levanta la vista y me ve.

Nuestros ojos se encuentran a través del hueco de la cortina, y durante un segundo eterno el mundo parece detenerse.

No hay sorpresa en su mirada, pero sí una advertencia silenciosa, una línea invisible que me dice que este momento no debería ser observado, que pertenece solo a ellos, aunque tampoco se aparta, no esconde nada, no se defiende.

Simplemente me sostiene la mirada, firme, desnudo, vulnerable de una forma que me sacude más que cualquier acto de violencia.

—Hola —susurro, sin darme cuenta de que mis labios se mueven.

Él no responde con palabras, solo inclina levemente la cabeza, un gesto mínimo, casi imperceptible, antes de volver su atención al niño, que retoma la conversación con renovado entusiasmo, señalando las galletas, luego su propio pecho, luego a Azrael, y aunque no entiendo las señas, comprendo el significado con una claridad devastadora: gracias por venir, gracias por quedarte.

Azrael contesta despacio, estira suavemente su mano y le roza el hombro con dos dedos, un gesto íntimo, protector, cargado de una promesa muda que no necesita traducción, y lo sé con una certeza absoluta: no es la primera vez que está aquí, y tampoco será la última.

Me quedo allí, inmóvil, observándolos, dejando que esa escena me atraviese sin defensa alguna, porque hay algo devastadoramente hermoso en la forma en que se comunican, en cómo el niño mueve las manos con torpeza infantil y Azrael le responde con paciencia infinita, corrigiendo con suavidad, repitiendo despacio, guiándolo sin una sola sombra de impaciencia, celebrando cada gesto bien hecho con una leve inclinación de cabeza, con una media sonrisa apenas visible que parece reservada únicamente para él.

Tommy me ve entonces, me señala con entusiasmo y mueve las manos con rapidez, mirándome después con una expectación luminosa, y Azrael sigue su gesto, volviendo su atención hacia mí, invitándome a acercarme con un leve movimiento de dedos.

Dudo apenas un segundo antes de avanzar, sintiendo de pronto una extraña timidez que no suelo experimentar, como si cruzara un umbral invisible.

Tommy empieza a repetir las señas más despacio, exagerando los movimientos para que pueda entenderlas, y Azrael interviene con calma, colocándose a mi lado, levantando las manos para mostrarme cómo hacerlo, guiándome con una paciencia que me desarma.

—Así —dice en voz baja—. Despacio. No importa si te equivocas.

Intento imitar el gesto, torpe, insegura, y el niño ríe, sacudiendo la cabeza, volviendo a hacerlo con más claridad, animándome sin palabras, mientras Azrael corrige la posición de mis dedos, ajusta el ángulo de mi muñeca, acerca un poco más mis manos a las suyas para que pueda hacerlo mejor.

Su contacto es ligero, apenas un roce, pero basta.

—¿Qué estamos diciendo? —pregunto nerviosa. Mientras mis ojos se posan en nuestras manos unidas.

—Quiere saber si eres mi novia—mi corazón da un vuelco. Veo a Tommy.

Basta escuchar aquella frase para que algo se quiebre dentro de mí.

Porque de pronto no estoy en el hospital, ni frente a un niño enfermo, ni aprendiendo un idioma nuevo, sino atrapada en un recuerdo que no pedí, en una sensación antigua que regresa con violencia, en una cercanía que mi cuerpo no interpreta como segura, sino como una amenaza.

El aire se vuelve denso, irrespirable. El corazón se me desboca.

El pulso retumba en mis oídos con una fuerza ensordecedora.

Siento las manos de Azrael sobre las mías y mi mente se llena de imágenes confusas, de fragmentos de miedo, de voces lejanas, de una angustia que no consigo ubicar pero que me atraviesa como un relámpago.

No.

No aquí.

No ahora.

Me aparto de golpe, tan bruscamente que sobresalto a Tommy sin querer por mis movimientos bruscos y tomo distancia de Azrael

—Lo siento, olvidé algo…

Tomo un poco más de distancia y doy un paso atrás, luego otro, llevándome una mano al pecho, incapaz de respirar con normalidad, sintiendo cómo el pánico se apodera de mí con una violencia que me deja sin fuerzas.

Necesito aire. Espacio. Silencio . Salgo casi corriendo del cubículo, sin mirar atrás, atravesando el pasillo como si huyera de algo invisible, con las luces demasiado brillantes, los sonidos demasiado fuertes, la realidad entera cerrándose a mi alrededor.

El ataque me alcanza antes de llegar al final del corredor.

Las piernas me fallan.

El suelo se eleva para recibirme.

Caigo de rodillas, luego de lado, con la espalda contra la pared fría, intentando aspirar aire que no llega, con los dedos entumecidos, la visión nublada, el corazón descontrolado, latiendo como si quisiera romperme el pecho desde dentro.

No puedo pensar. No puedo hablar. Solo sentir.

Miedo. Ansiedad . Una opresión brutal que me aplasta, que me reduce, que me encierra.

El mundo se rompe en fragmentos blancos y negros.

No sé dónde termina mi cuerpo ni dónde empieza el suelo.

Las sacudidas me atraviesan sin control, violentas, ajenas, como si alguien hubiera desconectado todos los cables que me mantenían en pie.

Oigo voces, pasos apresurados, el sonido metálico de una camilla al abrirse, pero todo llega distorsionado, lejano, como si estuviera bajo el agua.

—Te tengo, Willow —dice la doctora Nash, de oncología; su voz distorsionada, anclándome a algo real.

Intento respirar, pero el aire entra a trompicones, los músculos no me obedecen, el pecho se contrae con espasmos que me doblan sobre mí misma. Alguien me sujeta los hombros, otro mis piernas, y entonces siento unas manos fuertes rodeándome con cuidado, levantándome del suelo como si pesara nada.

Azrael.

Lo sé sin verlo.

Me coloca con suavidad sobre la camilla mientras la doctora me revisa con rapidez, levantándome los párpados, observando la reacción de mis pupilas, palpando mi cuello, controlando el pulso con movimientos expertos.

—¿Qué es lo que le pasa? —escucho decir a Azrael, y hay algo en su voz que no logro identificar, una mezcla de tensión y enojo.

Siempre está enojado.

—¿Es usted familiar? —pregunta Nash sin apartar la vista de mí.

—No.

—Entonces será mejor que salga, señor…

Mi mano se mueve antes de que pueda pensarlo. Esta va a parar al brazo de Azrael con la poca fuerza que me queda, aferrándome a su muñeca como a un salvavidas.

—No… —consigo decir, con la voz rota, quebrada.

La doctora me mira un segundo, evalúa la escena, luego suspira con resignación profesional.

—¿Es tu amigo, enfermera Graves?

Asiento como puedo, incapaz de articular palabra.

—Bien. Entonces se queda.

Siento el pinchazo frío de la aguja en el brazo.

—Voy a inyectarte un calmante . Te ayudará a calmar el sistema nervioso, ¿de acuerdo? Respira conmigo.

El efecto empieza a recorrerme despacio, soltando los nudos invisibles que me aprietan por dentro, aflojando la rigidez, devolviéndome poco a poco el control del cuerpo, aunque la cabeza sigue dándome vueltas, pesada, espesa.

Mis pastillas, no tomé mis pastillas y todo esto me sobrepasa. Sé que soy una maldita adicta, sé que tengo problemas con el control, pero no quería que esto pasara, no frente a él.

—¿Qué es lo que le pasa? —insiste Azrael, apretándome la mano.

—Ha tenido una convulsión psicógena —explica la doctora, ya más tranquila—. Es una crisis asociada a trauma. Se parece a una reacción epiléptica, pero su origen es emocional. Es como un ataque de pánico, pero mucho más intenso.

Azrael no dice nada pero puedo notar como su mirada se oscurece intentado comprender lo dicho por la Doctora.

—Los dejaré solos —añade Nash, y se marcha cerrando la cortina tras de sí.

El silencio que queda es casi insoportable.

Me quedo tumbada, con la respiración todavía irregular, la mente flotando entre la realidad y el residuo químico del sedante. Azrael permanece de pie a mi lado, inmóvil, como una estatua tensada al límite, y puedo sentir su mirada sobre mí incluso sin levantar los ojos.

—¿Quién? —pregunta al fin.

—¿Qué?

—Solo dime un nombre.

Lo miro entonces, y algo dentro de mí se quiebra definitivamente.

—No sé de qué hablas.

—Nadie tiene ataques así porque sí, Willow. Nadie se rompe de ese modo sin una razón. ¿Quién te hizo daño? Dímelo. Dame un nombre. Me encargaré.

La rabia me atraviesa como un latigazo. Lo hace sonar tan simple, tan pequeño, como si fuera algo muy fácil de resolver.

—¿Es así? —susurro, con una risa amarga—. ¿Me preguntas el nombre de quien me ha llevado al quiebre cuando has sido tú previamente quien me ha olvidado?, ¿Quién mierda te crees que eres, Azrael Hass?

El impacto de su nombre completo es inmediato. Lo veo tensarse, como si hubiera recibido un golpe directo en el pecho.

—¿Qué dijiste?

—Ya me has oído. Estoy cansada. Cansada de fingir este último año. De verte entrar y salir de mi vida como un fantasma. De hablarme una noche y al día siguiente fingir que no existo. De notar cómo irrumpes en mi apartamento y luego cruzarte conmigo en el pasillo como si no supieras quién soy.

Su expresión cambia. Sorpresa. Confusión. Algo más oscuro, más peligroso.

—Sé que eres tú quien me mete en la cama cuando me quedo dormida en el sofá.

Sé que eres tú quien me cubre con una manta, quien me deja agua en la mesilla, quien se queda vigilando en la oscuridad como si yo no lo supiera.

Así que dime algo, Azrael… ¿también fuiste tú quien me comió el coño anoche, o estoy tan jodida que ahora incluso te imagino?

El silencio estalla entre nosotros.

Puedo ver cómo procesa cada palabra, cómo las piezas empiezan a encajar en su cabeza con una lentitud devastadora.

—Willow…

—No. No digas nada. No intentes negarlo. Estoy demasiado cansada para más mentiras.

Sus ojos se clavan en los míos, oscuros, intensos, cargados de una tormenta que no sé si quiero ver desatarse.

—Entonces dime tú —murmura—. ¿Qué recuerdas?

Y sé, con una certeza que me oprime el pecho, que lo que está a punto de salir a la luz no va a dejarnos ilesos a ninguno de los dos.