Capítulo 14
Willow
Me duele el coño.
Tengo una sensación de vacío, como si no estuviera del todo satisfecha a pesar de que, me corrí muy, pero muy duro.
Estaba soñando con Azrael, recuerdo que era su cara entre mis muslos, no me importa si fue un sueño pero se sintió tan real, tan real que… ¿Y si en verdad estuvo aquí? Todavía puedo sentir mis fluidos mojando mi coño y el olor a semen que siento en mi habitación es real.
Él estuvo aquí.
Solo de pensar que me tocó mientras dormía hace que me moje de nuevo.
Dios, necesito fricción, necesito correrme de nuevo mientras el olor de su semen está en el aire.
Así que llevo mis manos ansiosas hasta el interior de mi ropa interior empapada y mis dedos entran fácilmente, Separo las piernas sin pudor alguno, una lujuriosa invitación y bombeo mi propio coño, imaginando a Azrael a mi lado con su polla en la mano mientras me la introduce en la boca.
—¡Ahhhh, sí! Justo así— La imagen que acompaña mis acciones en mi mente, es su larga y gruesa polla en mi cara mientras penetra mi garganta causando que me ahogue con su pene.
Mis dos dedos se siguen moviendo sin piedad, mientras entran y salen de mi interior empapados con mis fluidos, se siente tan bien.
La fricción que necesitaba, se siente bien.
Es un alivio urgente, casi desesperado, una forma torpe de silenciar todo lo que me pesa dentro.
Mi respiración se vuelve irregular, entrecortada, y aprieto los ojos, aferrándome a las imágenes que mi mente fabrica con una precisión cruel.
Fantasías que no me atrevo a nombrar, que solo existen en este espacio secreto donde nadie puede juzgarme.
Aumento el ritmo, buscando algo más, algo que todavía no llega, una liberación que se me resiste y que mi cuerpo reclama con una ansiedad casi dolorosa. Mis músculos se tensan, el pulso se acelera, y por un momento todo desaparece: las dudas, el cansancio, la soledad.
La presión crece, se acumula, me envuelve por completo hasta que ya no puedo sostenerla más. Un estremecimiento me recorre de arriba abajo, profundo, intenso, dejándome sin aliento, vacía y a la vez llena de una calma fugaz que apenas dura unos segundos.
Solo quedo yo.
Y esta necesidad que me atraviesa.
Me quedo quieta, respirando despacio, con el corazón desbocado y la mente en blanco.
Sabiendo que, en el fondo, nada de esto es suficiente. Cuando todo lo que siento es la necesidad de sentirlo a él.
…
Dos horas después conduzco una ambulancia a toda velocidad.
No debería estar al volante. No hoy. No con el cuerpo todavía temblando, con la mente dispersa y el corazón en desorden.
Pero el día es un caos absoluto y faltan manos, siempre faltan manos, así que aquí estoy, cubriendo una zona que no es la mía, con la radio escupiendo códigos, direcciones y gritos.
Las sirenas rompen el aire.
Las luces azules rebotan contra los edificios, arrancándole destellos a los escaparates, a los parabrisas, a las caras tensas de los peatones que se apartan justo a tiempo.
Mis dedos se aferran al volante con fuerza, los nudillos blancos, la mandíbula apretada.
El motor ruge bajo mis pies. Me salto un semáforo en rojo, calculando la distancia de los coches que frenan de golpe.
Un taxi pita con furia. No me detengo. No puedo.
—Un accidente múltiple. Posible atrapado. Dos heridos graves. Uno inconsciente.
Genial.
La adrenalina sube como una descarga eléctrica. Todo lo demás desaparece. El cansancio. Las imágenes. En este momento solo existe la carretera, el volante y la necesidad urgente de llegar.
Giro bruscamente a la derecha, el cuerpo se me va hacia un lado, el cinturón se clava en mi clavícula. El pulso me retumba en los oídos al mismo ritmo que la sirena. Las calles pasan borrosas, una sucesión de esquinas, pasos de peatones y rostros sorprendidos.
—Vamos, vamos… —murmuro entre dientes.
Al fondo ya veo el caos.
Luces de freno. Coches cruzados. Gente corriendo. Un autobús detenido en diagonal y dos vehículos destrozados contra una farola. Frenazos. Gritos. Cristales sobre el asfalto.
Clavo el pie en el freno y la ambulancia se detiene con un chirrido seco. Salto del asiento incluso antes de que el motor se apague del todo.
—¡Camilla! —grito, abriendo las puertas traseras.
El olor a gasolina y metal caliente me golpea en la cara. Sangre. Polvo. Goma quemada. El aire vibra con una tensión espesa, casi tangible.
Un hombre yace tendido junto a un coche con el frontal hundido. Su pierna está en un ángulo imposible. Una mujer llora, con las manos cubiertas de rojo, repitiendo algo que no consigo entender. Dentro del autobús, varios pasajeros están en shock.
Mi cerebro se activa como un mecanismo entrenado.
Evaluar. Priorizar. Actuar.
Corro hacia el herido inconsciente. Me arrodillo a su lado, ignoro el dolor en las rodillas al impactar contra el asfalto.
—¿Me oyes? ¿Puedes abrir los ojos?
Nada.
Compruebo pulso. Débil, irregular.
—Tenemos politrauma , posible hemorragia interna —anuncio al equipo mientras corto la ropa con las tijeras—. Preparen oxígeno y monitor.
Mis manos se mueven solas. Presión. Vías.
Oxígeno. Cada gesto es automático, preciso, casi frío.
No hay espacio para el miedo. No hay lugar para dudar.
Un grito desgarrado me atraviesa los oídos cuando extraen a otro herido del interior del coche.
Sangra por la cabeza, está consciente, pero desorientado.
—Mírame —le ordeno al sujeto cuando ha abierto los ojos, sujetándole el rostro—. No cierres los ojos. Respira conmigo. Uno… dos…
El mundo se reduce a respiraciones, latidos, conteos mentales y órdenes rápidas.
—¡Necesito una vía aquí ya!
—¡Camilla lista!
—¡Cuidado con la columna!
El sudor me recorre la espalda bajo el uniforme.
Siento los músculos tensos, el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar.
Cada segundo pesa toneladas. Todo ha pasado muy rápido y cuando por fin cerramos las puertas de la ambulancia con los dos heridos dentro, mis manos tiemblan apenas un instante.
Solo un instante.
Luego me acomodo y vuelvo al volante. Soy enfermera y también paramédico.
Bocinas de autos. Adrenalina. Velocidad. La ciudad vuelve a abrirse ante mí mientras conduzco hacia el hospital, con dos vidas dependiendo de cada giro, cada frenada, cada decisión. Y pienso, con una lucidez brutal, que quizá este caos es el único lugar donde sé respirar de verdad.
Donde el ruido exterior logra silenciar el mío.
Regreso al hospital con el cuerpo todavía vibrando por la sensación y la mente saturada de sirenas, gritos y luces azules, dejo la ambulancia en su sitio mecánicamente, lavo mis manos más veces de las necesarias, como si pudiera borrar algo más que la sangre y el cansancio acumulados en la piel.
Necesito un momento, solo uno, un espacio donde respirar sin la presión constante de la urgencia, sin la sensación de que cada segundo puede ser el último, así que subo a oncología pediátrica, ese lugar donde el dolor no corre, sino que se arrastra lento, silencioso, cruel, escondido detrás de paredes de colores suaves y dibujos infantiles que intentan disfrazar una realidad que nadie consigue suavizar del todo.
Los que no merecen estar aquí, donde la vida parece menos justa.
El pasillo está tranquilo, demasiado, con ese silencio espeso que solo existe en los hospitales de noche, interrumpido de vez en cuando por el pitido lejano de algún monitor o el murmullo de voces apagadas al fondo.
Camino despacio, saludando a algunos niños que me reconocen, regalando sonrisas cansadas, dejando una caricia breve, una palabra suave, hasta que mis pasos se detienen frente a la última cama, la del niño al que nadie consigue alcanzar, Tommy el que siempre está callado, siempre de mal humor, siempre aislado en su propio mundo.
Nadie habla con él porque nadie sabe lenguaje de señas, y él se niega a escribir, se niega a adaptarse, grita, señala, golpea la cama cuando quiere algo, cuando algo le duele, cuando se siente frustrado, y aunque hemos intentado traer intérpretes, uno tras otro, él termina ignorándolos a todos, cerrándose todavía más, como si el simple hecho de intentarlo le recordara que está solo.
Sus padres casi nunca vienen. Dicen que trabajan, que no pueden faltar, que no pueden permitirse perder el empleo, y yo no puedo evitar preguntarme cuántas excusas caben en una vida cuando el tiempo de tu hijo se está agotando. Una mierda.
Los médicos no se andan con rodeos: es solo cuestión de tiempo . Suena horrible admitirlo, pero a veces, en los días más duros, incluso le tengo envidia.
Hoy, sin embargo, algo es distinto.
Me detengo en seco al verlo sonreír. Sonreír de verdad.
Tiene unas galletas de chocolate apoyadas en el regazo y las migas le manchan los dedos, y sus manos se mueven rápido, con entusiasmo, dibujando palabras invisibles en el aire, como si estuviera contando una historia importante, una aventura, un secreto precioso que no quiere perder.
Hay alguien sentado frente a él, medio oculto por la cortina corrida a medias, una figura grande, demasiado inmóvil, demasiado tensa para un lugar como este, y mi corazón da un vuelco violento cuando reconozco ese cabello largo, oscuro, perfectamente trenzado, cayendo recto por su espalda.
Azrael.
El aire se queda atrapado en mis pulmones.