Reaper (Código Negro 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Juramento II Aquello que reclamo queda sellado. Cruzar ese límite es firmar una muerte.

Azrael

Presente

Entro en el apartamento sin hacer ruido, como si incluso las paredes pudieran delatarme. La puerta se cierra a mi espalda con un susurro seco, y el silencio me recibe como un animal herido. Como espero. Todo huele a ella. Es un olor que no me pertenece, pero que busco como si fuera oxígeno.

La encuentro en la cama, atravesada en diagonal, con un pie escapando de las sábanas como si se negara a obedecer incluso dormida.

Ronca muy bajo, apenas un sonido imperceptible que me arranca algo parecido a una sonrisa cansada.

Sus rizos están desordenados, enredados sobre la almohada, formando un caos perfecto que contrasta con la serenidad de su rostro.

Está agotada. Lo veo en la forma en que su cuerpo se hunde en el colchón, en cómo sus labios entreabiertos parecen pedir descanso.

Si tan solo…

La idea no llega a completarse. No puede. No debe.

Pero aun así lo hago.

Me acerco despacio, con la misma precaución con la que desactivo explosivos o cruzo territorios enemigos.

Me siento al borde de la cama y alargo la mano, tocando apenas su cabello.

Es suave. Demasiado. Cálido. Real. Los rizos se deslizan entre mis dedos y algo se quiebra dentro de mí, un hilo invisible que llevaba demasiado tiempo tensado.

Me he duchado antes de venir. He restregado mi piel hasta que ha ardido, hasta borrar el rastro metálico de la sangre, el olor de la pólvora, la huella de la violencia que aún vibra en mis huesos.

No quería traer mi infierno hasta aquí. No quería contaminar su mundo.

Ella es… distinta. Pura no porque sea ingenua, sino porque no está rota.

Todavía no. Y haré lo imposible para que nunca lo esté por otros, solo por mí.

Respiro despacio, conteniendo el impulso de acercarme más, de deslizarme bajo las sábanas, de sentir su calor, su respiración, su existencia contra la mía. No puedo permitirme quererla. Querer es un lujo que hombres como yo no deberíamos tocar jamás. Todo lo que amo termina destruido.

Mis ojos recorren su rostro con una devoción silenciosa. Las pecas suaves sobre su nariz, las pestañas largas proyectando sombras delicadas sobre sus mejillas, la curva tranquila de su boca. Parece ajena al mundo. A lo violento. A mí.

Y por un instante, solo por uno, imagino cómo sería una vida diferente. Una en la que pudiera quedarme. En la que el pasado no pesara tanto. En la que los recuerdos no me arrancaran la piel por dentro cada vez que cierro los ojos.

Pero la fantasía se desvanece rápido.

Porque la sangre no se borra. Porque el dolor no se olvida. Porque yo no soy un hombre hecho para la luz.

Me quedo perdido en mis pensamientos, solo observando su cuerpo hasta que gime y abre sus piernas.

Es como si estuviera atrapada en un sueño erótico.

Su silueta se inquieta a mi lado y un pequeño reflejo de luz entra al cuarto, dándome un poco mejor de visión a su cuerpo y, sí, lo puedo ver, la mancha oscura de su ropa interior sobre su coño.

Se me hace agua la boca.

No de hambre. De necesidad.

Quiero probarla. Su sabor fresco. Calmar esta sed que llevo arrastrando toda la noche, una sed que no tiene nada que ver con el cuerpo, sino con el vacío que me devora por dentro. Ella es agua en medio del desierto, una promesa de alivio que sé que no debería tocar.

El color de su piel es perfecto. Esa tonalidad acaramelada que atrapa la luz tenue de la habitación y la convierte en algo casi irreal. Mi tentación. Mi condena. Mi obsesión silenciosa.

Mi mano se mueve antes de que pueda detenerla.

Deslizo los dedos con infinita lentitud por su muslo, apenas rozándola, como si temiera despertarla o, peor aún, romper el hechizo. Su piel está caliente. Viva. Suave como un suspiro. Sólida. Real. Todo en ella es real, demasiado real para un hombre que vive rodeado de sombras.

Está en forma. Fuerte. Hermosa sin esfuerzo. Cada curva es un recordatorio cruel de todo lo que no puedo permitirme.

— Meine.

La palabra cruza mi mente con violencia, como un disparo.

No.

No es mía. No puede serlo. Pero entonces, ella gime cuando mis dedos se mueven más en el interior de sus muslos.

Me detengo en la humedad y todo mi instinto animal pierde el control cuando lo hago hacia a un lado y veo su coño chorreando, está tan húmeda que mi dedo se desliza fácilmente de arriba abajo.

Mi polla salta dentro de mis pantalones y sé que yo también estoy comenzando a mojarme, es instinto, es necesidad de probarla.

Pero mi cuerpo no entiende de límites, ni de promesas, ni de demonios internos.

Mi pulgar traza una línea lenta, casi reverente, y un escalofrío me recorre la espalda.

Siento la necesidad de contenerme, de sujetar a la bestia que llevo dentro, esa que solo sabe poseer, devorar, arrasar.

Me acomodo aún mejor a su costado y me deslizo por las sábanas hacia su coño expuesto, totalmente depilado.

Ahora es un caramelo jugoso listo para mí.

Me inclino un poco más, lo justo para aspirar su aroma: limpio, dulce, íntimo.

Un perfume que no debería pertenecerme y que, sin embargo, ya reconozco como si fuera parte de mi sangre.

Aprieto la mandíbula antes de pasar mi lengua sobre su carne, ella gime, sigue dormida, noto que por instinto abre las piernas un poco más y vuelvo a sacar la lengua, pasándola por su clítoris.

Me detengo ahí, en ese botón y lo muerdo un poco, siento como sus fluidos se derraman por mi lengua y grita de placer.

No me detengo, continúo lamiendo, hundiendo mis labios y dientes sin parar.

—Más…más…por favor — Puedo escuchar como sus suplicas se hacen presentes mientras me sigo deleitando con su coño.

No me jodas. Si entierro mi polla podría despertarse y no es lo que quiero. Me gusta así, como mi bella durmiente.

Saco mi polla cuando no puedo más y comienzo a follármela de arriba abajo con una mano, mientras entierro mi cara en su coño y lo devoro, ella se corre cuando succiono con más fuerza de la que debería, me doy cuenta que mi pequeño ratón disfruta del dolor, lo tendré en cuenta siempre.

Su grito es colosal y sus movimientos son bruscos, se ha corrido duro, empapándome de sus jugos hasta la barbilla y es cuando me dejo ir, corriéndome al pie de su cama, dejando las líneas de mi semen en su cobertor azul como premio.

Podría despertarla. Podría cruzar esa línea. Podría perderme en ella y olvidar por unos minutos quién soy, qué soy, cuántas cosas llevo manchadas en las manos.

Pero no lo hago.

Porque tocarla más sería marcarla. Y ella merece permanecer intacta.

De mí.

Retiro mi cuerpo lentamente, como si su piel pudiera quemarme. Me levanto sin hacer ruido, observándola una última vez, grabando esta imagen en mi memoria como un ancla y el sabor de su coño en mi lengua, como un recordatorio de lo único bueno que existe en mi mundo.

—Descansa, Willow —susurro, aunque sé que no puede oírme—. Yo velaré por tus sueños… incluso si eso significa perder los míos.

Me marcho, llevándome conmigo el peso de saber que, tarde o temprano, mi oscuridad intentará alcanzarla.