Reaper (Código Negro 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Estoy sentado en el rincón de la sala. La luz se filtra débil por la ventana, y todo se siente frío, aunque el verano arde afuera. Mis manos tiemblan y no sé dónde mirar. La casa no es mía, no la reconozco del todo, y aunque dicen que es la de Marion, no se siente como un lugar seguro.

Nuestra casa se quemó la semana pasada, mi madre se durmió con su cigarrillo encendido, fue un terrible accidente, tengo una quemadura en mi mano, no dejará una fea cicatriz, pero no me arrepiento.

Logré despertar a mi madre con el jalón de cabello que le di para que viera el fuego ardiendo a nuestro alrededor e hiciera algo.

Estoy encogido, la piel me arde en las zonas que fueron alcanzadas por el fuego antes de salir de aquel infierno. Marion se acerca, y sus ojos no tienen nada de cariño, solo una amenaza que no sé cómo enfrentar.

—¿Listo para el juego , niño ? —dice, y su voz es como un cuchillo que corta el aire.

Mis ojos se pasean a su alrededor, los otros están ahí, en silencio, mirándome con esas sonrisas que no llegan a sus ojos. Mamá está en el sofá, riéndose también como si todo fuera un chiste, pero sus ojos están apagados, vacíos, perdidos en alguna nube que la droga le puso encima.

—Vamos, pequeño —dice uno de ellos—, el juego no dura mucho si te portas bien.

Marion me agarra la muñeca y aprieta fuerte. Me duele, pero no me atrevo a decir nada. Mi mirada por inercia, se posa en mamá, es una silenciosa suplica de ayuda la cual es ignorada de inmediato, porque mamá no es mamá en estos momentos.

—No mires a mamá —susurra Marion—. Ella está feliz porque tú juegas.

Quiero correr, quiero gritar, pero mi boca está seca y mis piernas no se mueven. Cierro los ojos y me imagino que estoy en la escuela, donde todo es normal, donde los niños solo juegan a la pelota.

—¿Ves? No es tan difícil —dice otro mientras se acerca y me toca el pelo, y ante ello me quedo quieto, congelado—. Sólo hay que seguir las reglas.

Siento que me caigo, que me pierdo en la oscuridad, pero ellos siguen, uno tras otro, como si fuera un turno en un juego que no elegí. Como si tomaran turno uno a uno en un juego del cual no pedí participar.

Mamá ríe otra vez, pero su risa es hueca, rota.

—Eres un buen niño, ¿verdad? —dice Marion—. Por eso eres especial.

No soy especial. No sé nada. Solo sé que quiero que termine, que alguien me salve, que me lleve lejos de aquí.

Pero nadie viene.