Capítulo 11 #2
No he comprobado si está en el hospital o dormida. No lo sé. Y esa ignorancia me pesa más que toda la sangre que cubre mi cuerpo.
Me limpiaré y tomaré un trago en el bar. Y entonces iré a verla, así ya esté metida en la cama. Porque, incluso cuando el mundo arde dentro de mi cabeza, ella es el único lugar donde el silencio se siente real.
Me apoyo en la barra con los antebrazos, todavía húmedos de sangre que no me he molestado en limpiar del todo. El chico de ojos azules y piercing en la lengua, Troy, el del bar no hace preguntas, solo asiente a mi dirección.
Él también, como Willow. Es mío. La diferencia es que Troy lo sabe a diferencia de mi chica.
—Estuviste genial como siempre, escorpión —me llama por el apodo que me han puesto aquí y me sirve un trago fuerte, sin hielo, el cual lo llevo a los labios de un solo movimiento.
El alcohol me quema la garganta, baja como fuego líquido y se asienta en el estómago con un peso agradable.
No busco emborracharme. Solo necesito sentir algo distinto al eco de los golpes.
El ruido del local me envuelve: risas ásperas, gritos, apuestas, música sucia saliendo de unos altavoces reventados. El mundo sigue girando como si nada hubiera pasado, como si un hombre no acabara de morir a unos metros bajo tierra. Así es este lugar. Así es esta ciudad.
—Eso estuvo brutal.
Escucho el comentario a distancia.
No me giro de inmediato. Doy otro sorbo antes de responder.
—Gracias —digo sin desdén, sin orgullo, sin emoción.
Volteo apenas unos milímetros y lo observo entonces. Un hombre de mi edad, quizá un par de años menos. Complexión atlética, mirada viva, todavía limpia. No tiene la dureza en los ojos. Aún. Lleva los nudillos vendados, demasiado blancos, demasiado nuevos.
—He escuchado sobre ti.
Una comisura de mi boca se curva apenas.
—Ah, sí. Espero que cosas lindas .
Niega despacio, divertido.
—Todo lo contrario.
Me acomodo y lo miro de frente por primera vez.
—Mucho mejor.
Se ríe, breve, nervioso. Extiende la mano.
—Soy Hawke —dice—. Es mi primera pelea. ¿Algún consejo?
Lo evalúo en un segundo. Veo ambición. Veo miedo.
Veo hambre. Veo todo lo que yo era antes de que la bala me atravesara la cabeza y me partiera en dos.
Termino el trago, dejo el vaso sobre la barra y me levanto del taburete con calma.
Me pongo la chaqueta, sintiendo todavía la sangre seca tensar la tela contra mi piel.
—Golpea hasta matar.
No hay énfasis. No hay metáfora. No hay broma.
Solo verdad.
Parpadea. Luego suelta una carcajada corta, creyendo que exagero, que provoco, que juego.
—Eso haré. Gracias, Escorpión .
No respondo y sigo caminando, sin rumbo, hasta que diviso un poco de humo saliendo del final de la barra lo cual marca mi paradero, sabiendo bien quién es. Camino por el pasillo oscuro y casi vacío cuando lo veo.
Troy está ahí, recostado contra la pared, con un cigarro de marihuana entre los dedos, ante cada fumada, la llama pequeña ilumina su rostro con destellos anaranjados. El lugar huele a humo y a un peligro dulce, a sexo.
—Esa mierda va a matarte un día —le digo, la voz baja, sin intención de sermonear, pero con una carga que él entiende perfectamente.
Él sonríe, ladea la cabeza y me mira con esos ojos que siempre han tenido una chispa peligrosa. La tensión entre nosotros es inmediata, eléctrica, una línea invisible que no cruzamos pero que nos hace rozar la piel.
—Quizá me guste esa idea —responde con un susurro, tan cerca que casi puedo sentir el calor de su aliento. —pero primero, quiero darte tu premio.
No digo nada. Solo dejo que el silencio crezca, espeso y lleno de lo que no decimos, de lo que no podemos permitirnos, pero que brilla con una intensidad casi insoportable.
—De rodillas—le ordeno y el obedece. Ya estoy duro y lo nota, cuando su mano va directo a mi pantalón y me acaricia por encima de la tela.
Instintivamente al sentir sus manos en mi pantalón puedo sentir como mi bulto se endurece aún más, tomo aire con fuerza, aun siento el cuerpo agotado por la pelea, pero mi mente pide a gritos liberarse, por lo cual mi mano va a parar al cabello rubio de Troy, cuyos ojos me incitan al pecado y aquellos labios me provocan querer mancharlos con mi semen.
—Serás un buen chico y te vas a beber todo—noto como sus manos liberan mi miembro ya duro y con maestría, su carnosa boca llega hasta la base de mi miembro comenzado a bombear con un ritmo tortuoso y pausado, lo que me lleva a sujetar su cabello con más fuerza y enterrar mi pene aún más al fondo de su garganta, puedo sentir el espasmo de arcada, pero no me hace detener.
Sujetando su cabello con más fuerza mis caderas comienzan a tomar el ritmo brusco, y rápido, su lengua juega a medida que me retiro, pero no reduce la succión, mis movimientos solo se vuelven más y más rápidos y mi respiración comienza a tomar un ritmo más brusco mientras uso su boca con la intención de llenarla de mi semen y ver como lo traga.
Me imagino los labios de Willow, me imagino los gemidos de ella, no es la boca de Troy, es el coño apretado de mi querida vecina.
Eso me lleva al límite y exploto en su boca soltando un brusco gemido, Troy se traga cada maldita gota, lo escucho reír, incluso besar mis bolas.
Se pone de pie y se acerca suavemente con la intención de besarme para compartir mi sabor.
Ya lo he besado, pero no está noche. En cambio, lo empujo y vuelve a reír, sabe que es un hasta luego.
Troy es un chico guapo, rubio, de ojos azules, está en buena forma y su polla es tan rosa como sus labios se ven ahora con rastros de mi semen ellos. Hermoso y todo mío como yo de él.
—Nos vemos pronto. —dice y yo guardo mi polla dentro de mis jeans manchados de sangre.
Camino hacia la salida sin mirar atrás. Empujo la puerta y el aire frío de la noche me recibe como un golpe limpio, necesario. Respiro hondo, dejando que Londres me atraviese los pulmones, intentando borrar el olor a sangre de mi piel.
Pero no se va.
Nunca se va del todo. Subo al coche, enciendo el motor y me alejo sin rumbo fijo durante unos minutos, hasta que el pensamiento que he estado evitando se impone con una claridad incómoda.
Willow.
Mi pequeña Mäuschen.
No sé si duerme, si está despierta, si volvió a sentarse en el suelo frente a su puerta porque no confía en su propia cama. La idea me crispa la mandíbula.
Conduzco rápido. Necesito verla. Aunque solo sea para asegurarme de que sigue respirando.
Aunque sea desde la sombra.