Capítulo 11
Azrael
La sala subterránea huele a metal, pólvora vieja y sudor.
Un aroma denso que se pega a la piel y no se va, como la memoria de todo lo que ha ocurrido entre estas paredes.
Estoy de pie, con los brazos cruzados, observando a los nuevos reclutas alineados frente a nosotros.
Diez hombres. Diez cuerpos tensos. Diez miradas que oscilan entre el miedo y la ambición.
Detrás de mí, apoyados contra la mesa de armas, están Max, Noel y Claus, cada uno con su propia forma de evaluar la escena.
Max lo hace en silencio, con esa frialdad quirúrgica que lo caracteriza; Noel con una sonrisa ladeada que no promete nada bueno; Claus con atención meticulosa, registrando cada detalle, cada tic nervioso.
—Las reglas son simples —dice Max, rompiendo el silencio—. Lealtad absoluta. Silencio. Obediencia. Si fallas en una, fallas en todas.
Uno de los hombres traga saliva. Otro aprieta los puños. Un tercero se permite una mueca de desdén.
Yo no hablo.
Los observo.
Los mido.
La bala sigue ahí dentro, incrustada en algún punto de mi cerebro, recordándome cada día que no soy el mismo.
Hay momentos en los que el mundo se ralentiza, otros en los que todo va demasiado rápido, y luego están esos instantes en los que la ira sube sin aviso, violenta, impredecible, arrasando con cualquier filtro.
Este es uno de esos momentos. Lo siento en la presión detrás de los ojos, en el pulso que martillea en mis sienes, en ese zumbido eléctrico que anuncia tormenta.
—Van a demostrar lo que valen —continúa Noel—. Prueba básica. Coordinación. Precisión. Trabajo en equipo.
Les entregan armas descargadas. Un ejercicio sencillo. Avanzar, cubrir flancos, asegurar perímetro, retroceder. Nada complejo. Nada que no puedan hacer si tienen dos neuronas funcionales.
Dan la orden de inicio.
Se mueven.
Mal.
Dos de ellos rompen formación casi de inmediato, avanzando por su cuenta, intentando destacar, lucirse, demostrar algo que no les hemos pedido. Los veo antes que nadie. Siempre los veo. Mi mandíbula se tensa.
—Mantengan la formación —ordena Claus con calma.
No obedecen. Uno sonríe. El otro le sigue. Algo se rompe.
No pienso.
No evalúo.
No contengo.
Saco el arma.
Dos disparos secos.
El primero cae sin llegar a entender qué ocurrió. El segundo da un paso atrás, los ojos abiertos de par en par, la sorpresa congelada en el rostro, antes de desplomarse sobre el suelo de cemento.
Silencio.
Los demás reclutas quedan paralizados, con las armas temblando entre los dedos, el terror dibujado sin pudor en sus caras. El eco de los disparos aún vibra en las paredes cuando bajo lentamente el arma, sintiendo el pulso retumbarme en los oídos.
—¿Alguna otra iniciativa personal que quiera compartirse? —pregunto con voz tranquila, casi aburrida.
Nadie responde.
Nadie respira.
Max me observa de reojo, serio, sin reproche. Noel deja escapar una risa baja, peligrosa, mientras Claus suspira con un gesto que mezcla resignación y aceptación. Ninguno interviene. Ninguno lo cuestiona. Saben que esto no es un error. Es un mensaje.
—Aquí no se improvisa —añado, caminando despacio frente a la fila de hombres, mis pasos resonando entre los cuerpos caídos—. Aquí se obedece. Porque la desobediencia no es un fallo. Es una sentencia.
Me detengo frente al más joven. Debe tener poco más de veinte años. Está pálido, rígido, los ojos clavados en la sangre que se extiende por el suelo.
—¿Entendido?
Asiente con violencia, demasiado rápido.
—Con palabras.
—S-sí, señor.
Acomodo mi postura y vuelvo con los otros.
—Retiren los cuerpos —ordena Claus—. Limpien esto.
Dos hombres se mueven de inmediato, torpes, ansiosos por desaparecer de mi campo de visión. Cuando la sala vuelve a quedar despejada, Max se acerca un poco.
—¿Estás bien?
Lo miro. La respuesta correcta sería sí. La real es otra.
—Estoy funcional.
Noel chasquea la lengua, divertido.
—Siempre tan modesto.
Claus revisa su reloj.
—Sigamos. Los que queden sabrán exactamente qué esperar.
Asiento.
Pero por dentro, el zumbido del disparo sigue ahí, pulsante, inestable, recordándome que la línea entre el control y el caos es cada vez más fina, más frágil, y que algún día quizá no haya vuelta atrás.
Y, aun así, no pienso frenar. Porque el mundo solo entiende un idioma. Y yo lo hablo con absoluta fluidez.
…
El sonido no se va.
No se atenúa, no se apaga, no cede. Se me incrusta detrás de los ojos, me perfora las sienes, me susurra traición, fracaso, un bastardo, me recuerda que la bala sigue ahí, alojada en mi cabeza como una maldición permanente.
Las voces no gritan, no necesitan hacerlo.
Murmuran. Insisten. Arañan. Y solo hay un lugar donde puedo hacerlas callar.
El pub [1] está enterrado en una de las zonas más podridas del centro de Londres, un local que parece abandonado desde fuera, con las ventanas cubiertas de polvo y carteles viejos, pero que bajo tierra alberga un infierno privado al que solo entran los que necesitan romperse como personas para no romperlo todo.
Bajo por las escaleras estrechas sin pensar y me muevo en dirección a la plataforma, sintiendo cómo la adrenalina empieza a correrme por la sangre incluso antes de llegar al ring.
El aire está cargado, denso, con olor a sudor, alcohol rancio, hierro y violencia contenida.
Aquí no hay reglas. No hay árbitros. No hay piedad.
Aquí se golpea para sobrevivir. Para descargar. Para olvidar.
Me quito la camisa, dejando que caiga al suelo sucio.
Mis manos ya están vendadas, nudillos cubiertos, muñecas firmes.
Solo llevo mis jeans, ceñidos a las caderas, pesados por el sudor antiguo.
La trenza oscura cae por mi espalda como una sombra viva.
El tatuaje del escorpión en mi pelvis se tensa con cada respiración, la tinta negra dibujando una amenaza silenciosa sobre mi piel.
Me observo un segundo en el espejo manchado que hay junto a la entrada al ring.
Mis ojos no reflejan nada humano. Solo rojo. Hambre. Necesidad.
No tengo misión.
No tengo objetivo.
No puedo salir a la calle a matar a un ladrón cualquiera.
Sería demasiado fácil. Demasiado limpio.
No busco justicia ni venganza. Busco dolor.
El mío y el ajeno. Dos muertes hoy han sido como un suspiro.
Un alivio mínimo. Insuficiente. Necesito más.
Necesito golpear hasta que el mundo se vuelva ruido blanco.
Salto al ring.
El suelo está manchado de sangre seca, capas superpuestas de peleas anteriores, de cuerpos que no siempre salieron caminando.
Las luces son duras, directas, sin piedad.
El murmullo del público sube como un rugido contenido.
No me importa quién es mi oponente. No pregunto su nombre. No quiero saberlo.
Entra frente a mí.
Es grande. Musculoso. Cargado de rabia. Sonríe como si creyera tener alguna posibilidad.
No la tiene.
Suena la campana improvisada, un golpe metálico contra una barra, y el mundo se reduce a movimiento y respiración.
Avanzo primero. Siempre lo hago. Mi puño impacta contra su mandíbula antes de que pueda reaccionar, el crujido del hueso resonando bajo la piel.
Retrocede un paso, sorprendido, pero no cae.
Me devuelve el golpe, directo a las costillas.
Lo absorbo sin detenerme. El dolor es bienvenido.
Necesario. Le clavo el codo en el estómago, lo obligo a inclinarse, y entonces descargo una serie de golpes rápidos, precisos, brutales, dirigidos a puntos que sé que lo harán caer, aunque no es lo que busco. No todavía.
Quiero que dure.
Por inercia, me acerco al rincón donde guardo mis nudilleras de hierro, esas piezas pesadas y letales que llevo siempre conmigo.
Las tomo con firmeza, siento el frío del metal en mis manos, la promesa de dolor en cada golpe.
Las deslizo con cuidado sobre mis nudillos, ajustándolas hasta que quedan firmes, como una extensión brutal de mi cuerpo.
Me muevo por la plataforma, acercándome a mi oponente y lo agarro del cuello, lo estrello contra las cuerdas, lo mantengo ahí mientras le golpeo el abdomen una y otra vez, sintiendo cómo sus músculos se rinden, cómo su respiración se vuelve errática, cómo el miedo empieza a asomar en sus ojos.
En un intento desesperado por defenderse me devuelve un cabezazo que me sacude el cráneo, el mundo se vuelve borroso un instante, la presión dentro de mi cabeza estalla, las voces gritan. Veo rojo.
Y ya no paro.
Mis puños caen sobre él sin ritmo, sin pausa, sin misericordia.
Cara. Pecho. Costillas. Cada impacto es un latido, cada golpe un intento de silenciar lo que me devora por dentro.
Ante cada golpe la sangre me salpica, caliente, espesa, empapando mi abdomen, tiñendo el escorpión de un rojo oscuro que parece cobrar vida propia.
El público grita, pero no los escucho. Solo siento el cuerpo cediendo bajo mis manos, el sonido húmedo de la carne rompiéndose, la resistencia apagándose poco a poco.
Cuando cae al suelo, no me detengo. Me monto sobre él a horcajadas.
Sigo.
Hasta que deja de moverse.
Hasta que deja de respirar.
Hasta que el ring queda en silencio, un silencio pesado, casi reverencial.
Me enderezo lentamente y me pongo de pie, el pecho subiendo y bajando con fuerza, la sangre resbalando por mi piel, goteando hasta el suelo. No tengo ni un solo rasguño. Mi cuerpo está intacto. Mi mente, por primera vez en horas, también.
Las voces se han callado.
Al menos por hoy.
Salgo del ring sin mirar atrás, recogiendo mi camisa, ignorando los murmullos, los aplausos, las miradas cargadas de miedo y admiración. Cruzo el pasillo estrecho, subo las escaleras, dejo atrás el infierno. El aire frío de la noche me golpea el rostro, despejándome.
Necesito verla.
A mi pequeña Mäuschen [2] .