Reaper (Código Negro 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Willow

Estoy sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la puerta de mi apartamento, las rodillas recogidas contra el pecho y la cabeza ladeada, luchando contra un sueño espeso que me cae encima como una losa.

Ha sido un turno largo. Demasiado largo.

Demasiado brutal. Demasiado lleno de gritos, sangre, cuerpos inmóviles y respiraciones que se apagaban.

Siento el cansancio hasta en los huesos.

El pasillo está en silencio, apenas iluminado por una luz amarillenta que parpadea cada pocos segundos, y por un momento me permito cerrar los ojos, solo un instante, solo para descansar la vista.

Escucho pasos.

Lentos. Firmes.

Mi mente tarda un segundo de más en reaccionar.

—Tienes una cama ahí dentro.

La voz me atraviesa como un latigazo.

Abro los ojos de golpe y alzo la vista.

Azrael.

De pie frente a mí, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el cuerpo relajado, la mirada oscura fija en la mía.

Parece una visión. O una amenaza. O ambas cosas.

No lo sé. Hace días que no lo veo, pero así es él: aparece y desaparece sin previo aviso, como si no perteneciera del todo a ningún lugar.

Y ahora está aquí, observándome con esa calma peligrosa que me pone los nervios en alerta.

Trago saliva.

La verdad es que me he tomado mi pastilla favorita en uno de los baños del hospital antes de venir. Una irresponsabilidad. Lo sé. Pero no me importa. No buscaba morir. Buscaba no sentir tanto. Y sigo viva. Para mi desgracia. Y él está frente a mí. De nuevo.

—Cualquiera diría que tienes cámaras escondidas —murmuro, forzando una sonrisa cansada—. ¿Cómo sabes que tengo una cama?

Su ceja se arquea apenas.

—¿Acaso duermes en el suelo como un animal?

Suelto una risa breve, sin humor.

—Solía hacerlo.

Las palabras se me escapan antes de poder detenerlas. Un reflejo. Un fragmento del pasado asomando sin permiso. El silencio que sigue es denso, afilado.

Sus ojos se entrecierran.

—¿Qué dijiste?

El tono ha cambiado. Ya no es casual. Hay algo más bajo, más grave, una vibración que me eriza la piel. Aprieto los labios un segundo.

—Nada importante.

—Repítelo.

No es una petición. Es una orden.

Alzo la mirada, encontrándome con sus ojos. Oscuros. Penetrantes. Siento ese tirón extraño en el estómago, esa mezcla incómoda de desafío y sumisión que solo él consigue provocarme.

—He dicho que solía hacerlo —repito, más despacio—. Dormir en el suelo.

—¿Por qué?

—Porque podía.

—No es respuesta.

—Es la única que vas a tener.

Se inclina un poco hacia mí, lo justo para invadir mi espacio sin tocarme. Su sombra me cubre parcialmente y mi pulso se acelera sin permiso.

—No me mientas, Willow.

El modo en que pronuncia mi nombre me tensa por completo.

—No lo hago.

—Sí lo haces. —Su voz baja un poco más—. Y lo sabes.

Desvía la mirada un segundo hacia mis manos, temblorosas, luego a mis ojeras, a mi postura derrotada y luego vuelve a mis ojos.

—Estás agotada. —Hace una pausa—. Y medicada.

Me quedo rígida.

—No sabes eso.

—Te conozco lo suficiente para saber cuándo no estás del todo aquí.

Suelto una risa corta, nerviosa.

—Eso es inquietante, vecino .

—Deja de llamarme así.

—Entonces deja de aparecer como si fueras parte del mobiliario del edificio.

Una esquina de su boca se eleva, apenas.

—Levántate.

—No.

—Willow…

—He dicho que no.

Suspira despacio, como si midiera su paciencia, y de pronto se agacha más frente a mí, quedando a mi altura. Nuestros rostros quedan peligrosamente cerca. Demasiado.

—No vas a dormir en el pasillo.

—No estoy durmiendo.

—Te estabas quedando inconsciente.

— Dramático.

—Realista.

Me observa un segundo más, luego extiende la mano.

—Dame la llave.

—¿Para qué?

—Para abrir tu puerta.

—Puedo hacerlo yo.

—Entonces hazlo.

Nos quedamos mirándonos, en un pulso silencioso que no pienso perder. Pero el cansancio me traiciona. Mis dedos buscan la llave en el bolsillo y se la tiendo con torpeza.

Azrael se levanta, abre la puerta y la sostiene para mí.

—Entra.

—No eres mi jefe.

—Ahora mismo, sí.

Resoplo, pero me pongo en pie con dificultad y paso junto a él. Su proximidad me descoloca, su olor limpio y un aroma conocido a melocotón también , una presencia sólida. Una vez dentro, dejo caer el bolso en la silla y me dirijo al sofá, dejándome caer sin elegancia.

—Cinco minutos —murmuro—. Solo cinco.

—Te dormirás.

—Probablemente.

Se queda de pie, observándome, como si evaluara una situación peligrosa.

—Quítate los zapatos.

—No.

—Willow.

—Azrael.

Se cruzan nuestras miradas, cargadas de algo que no tiene nombre. Finalmente, cedo y me los quito con un gesto torpe.

—Me voy —dice entonces.

—Claro.

—Cierra bien.

—Siempre lo hago. —gruño.

Se detiene en la puerta, dudando un segundo.

—Descansa.

No respondo.

Cuando la puerta se cierra, el silencio me envuelve. Me acomodo en el sofa, me acurruco contra el respaldo, con los ojos pesados y el cuerpo rendido.

Lo último que pienso, antes de caer en un sueño profundo, es que Azrael es un error.

Y, aun así, nunca deseo evitarlo.

…

Despierto con la sensación extraña de haber dormido mucho… y demasiado bien.

Tardo unos segundos en entender dónde estoy.

Mi cama.

No el sofá.

Parpadeo, confusa. Las sábanas están perfectamente colocadas alrededor de mi cuerpo, la manta subida hasta el pecho.

Llevo mi pijama favorito, el de algodón suave, el que solo me pongo cuando estoy realmente en casa, cuando no espero a nadie.

Mi cabello está peinado, recogido en una trenza floja que me cae sobre el hombro, y la calefacción está encendida, envolviendo la habitación en un calor agradable que contrasta con el frío habitual de Londres.

Me incorporo de golpe.

Estoy segura. Absolutamente segura. Me dormí en el sofá.

Recuerdo el cansancio. Recuerdo el pasillo. Recuerdo a Azrael frente a mí. Recuerdo su voz grave, ordenándome entrar. Recuerdo cómo me dejé caer en el sofá, sin fuerzas ni para discutir.

Y recuerdo la puerta cerrándose.

¿O no?

Frunzo el ceño, el corazón acelerándose un poco.

—No… —susurro para mí misma.

Me levanto despacio y recorro el apartamento.

Todo está impecable. Demasiado. El bolso colocado en su sitio, los zapatos alineados junto a la entrada, la cocina ordenada, la luz del pasillo apagada.

Incluso las cortinas están corridas justo lo suficiente para que entre la claridad sin exponer el interior.

Me paso una mano por la cara.

Estoy segura de haber cerrado la puerta.

¿La cerré?

¿O él…?

La idea me produce un escalofrío extraño, una mezcla incómoda de inquietud y algo peligrosamente parecido al alivio.

Sacudo la cabeza.

Me estoy volviendo loca. El turno de ayer me ha dejado el cerebro hecho polvo, eso es todo.

Miro el reloj. Tengo el día libre.

Una rareza casi milagrosa. Sonrío, agradecida. Lo necesito. Necesito volver a sentir que tengo control sobre algo, aunque sea sobre el polvo acumulado bajo la cama.

Me preparo un café fuerte, me recojo el cabello en un moño alto y me pongo ropa cómoda.

Primero salgo a hacer compras: productos de limpieza, comida, algunas cosas que llevo semanas posponiendo.

Camino por las calles sin prisa, respirando el aire frío, intentando sacudirme la pesadez que aún llevo dentro.

Después viene la limpieza profunda.

Aspiro, friego, ordeno, tiro cosas viejas, reorganizo armarios. Me muevo por el apartamento como si cada gesto fuera una forma de exorcizar la tensión acumulada. Cuando termino, estoy sudada, cansada y, por primera vez en días, un poco más ligera.

Me ducho.

Agua caliente. Vapor. Silencio.

Y entonces vuelvo a ser yo.

Por la tarde enciendo la cámara.

Aquello es parte de mi rutina. Parte de la vida que nadie en el hospital conoce. Parte de la versión de mí que no existe en los pasillos blancos ni en las salas de urgencias.

Tengo una plataforma privada.

No es exactamente un sitio de pornografía, pero funciona de forma parecida. La gente paga por verme.

Por hablar conmigo. Por ver mi cuerpo. Algunos solo quieren compañía. Otros quieren fantasía. Otros pagan por la ilusión de intimidad, por sentir que, al otro lado de la pantalla, hay alguien que los mira solo a ellos. Tengo suscriptores normales.

Y luego están los VIP.

Los que pagan más. Los que deciden hasta dónde quieren llegar. Con ropa. Sin ella.

Con palabras.

Con silencios.

Yo marco los límites. Siempre. Nada es gratuito.

Nada es improvisado. Todo está bajo mi control.

O eso me digo. Enciendo las luces suaves, ajusto el ángulo de la cámara, reviso el encuadre.

Mi reflejo me devuelve una imagen serena, segura, sensual en un modo que no tiene nada que ver con la vulnerabilidad que cargo a diario.

Respiro hondo.

Sonrío.

Y pulso conectar .

En segundos, la pantalla se llena de notificaciones, de saludos, de nombres que no son reales, de corazones, de mensajes ansiosos y subidos de tono. Me acomodo en la silla, cruzo las piernas despacio y dejo que la versión de Willow que ellos conocen tome el control.

La que no tiembla.

La que no sangra.

La que no pierde pacientes.

La que no se queda dormida en el sofá sin saber cómo llegó a su cama. Y la que no está marcada por el pasado que aún sangra. Pero, incluso mientras sonrío a la cámara, una parte de mí no deja de preguntarse si, en algún lugar del edificio, unos ojos dominantes me están observando.

…

La transmisión fluye con naturalidad, mi voz baja y modulada, mis gestos suaves, controlados, calculados para mantener esa cercanía ilusoria que tanto buscan.

Respondo mensajes, sonrío, río cuando toca, dejo que la conversación se mueva entre lo cotidiano y lo insinuante sin cruzar límites peligrosos.

La luz tenue baña mi piel, la cámara capta solo lo que yo quiero que vea, y durante un rato logro olvidarme del hospital, del cansancio, del pasillo silencioso, de la puerta que tal vez no cerré.

Hay algo casi terapéutico en este espacio, en esta versión de mí que no sangra, no corre, no pierde, no se quiebra.

Aquí mando yo. Aquí todo está bajo control.

Los minutos pasan y la sala virtual se llena más, los mensajes se superponen, los nombres aparecen y desaparecen en la pantalla.

Algunos saludos conocidos, otros nuevos, todos buscando un instante de atención.

Me inclino un poco hacia la cámara, cruzo las piernas con calma, dejo que el silencio juegue a mi favor antes de volver a hablar.

Entonces ocurre. Una notificación distinta, más llamativa, se abre paso entre las demás.

Un regalo virtual. No es raro, sucede a menudo, pero algo en ese icono me detiene. Es diferente. Más elaborado. Más caro.

Alzo una ceja, intrigada, y pulso para abrirlo.

La animación se despliega lentamente en la pantalla: una caja oscura virtual que se abre con un destello suave, revelando un lirio blanco envuelto en una cinta negra. Simple. Elegante. Inquietantemente preciso. Junto al regalo aparece un mensaje corto, sin emojis, sin adornos.

Para que recuerdes respirar.

-El hombre del sótano.

Mi estómago se contrae.

Ese nombre de usuario es raro, es demasiado preciso.

Sin foto. Solo el distintivo de usuario VIP, oculto tras una máscara genérica.

Miro la pantalla unos segundos más, consciente de que mi expresión ha cambiado, de que algo se ha tensado en mi rostro.

Trago saliva y fuerzo una sonrisa para el público, agradeciendo el detalle con palabras suaves, neutras, como si no acabara de sentir un escalofrío recorrerme la espalda.

Pero por dentro, algo se ha descolocado.

Respiro hondo, intentando convencerme de que no significa nada, de que es solo una coincidencia, de que miles de personas pueden enviar flores virtuales y frases ambiguas.

Aun así, la elección es demasiado exacta, demasiado personal, demasiado cercana a lo que soy cuando nadie me ve.

Aparto la vista de la pantalla un instante, como si pudiera encontrar respuestas en la penumbra de mi salón, y durante una fracción de segundo tengo la sensación absurda de no estar sola.

Sacudo la cabeza, vuelvo a centrarme en la cámara y continúo, porque detenerme no es una opción, porque este es mi refugio y también mi escudo.

Sin embargo, la imagen del lirio blanco y esas cuatro palabras siguen latiendo en algún rincón de mi mente, insistentes, como un susurro que no sé si quiero entender.