Reaper (Código Negro 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Azrael

La imagen del hospital ocupa toda la pantalla de la tableta en mis manos, un mosaico de pasillos saturados, luces blancas demasiado duras y cuerpos moviéndose con una urgencia que no deja espacio para el error.

Reconozco la coreografía del desastre: camillas entrando sin pausa, médicos cruzándose a contrarreloj, enfermeras con la mirada tensa, sangre en los guantes, monitores pitando en un idioma que solo quienes viven ahí dentro saben traducir sin pensar.

Hago zoom con dos dedos, una vez, dos veces, hasta aislarla del caos, hasta encontrar su figura entre la multitud.

Está subida a una camilla, inclinada sobre un cuerpo inmóvil, realizando compresiones torácicas con una precisión casi violenta, los brazos tensos, la espalda recta, el cabello recogido de cualquier manera, los labios moviéndose sin emitir sonido mientras cuenta el ritmo.

Su concentración es absoluta, feroz, como si el mundo entero se redujera a ese pecho que se niega a volver a latir.

Amplío aún más la imagen, buscando su rostro, y la veo sudar, la veo contener la respiración, la veo temblar apenas en un gesto que nadie más notaría.

El monitor se aplana antes de que ella lo asimile. Yo lo sé. Lo veo venir.

Y cuando le dicen que pare, cuando sus manos se detienen y su expresión se quiebra apenas una fracción de segundo, algo dentro de mí se contrae con una fuerza incómoda, densa, peligrosa. Dejo el iPad sobre la mesa sin apagarlo siquiera, incapaz de seguir mirando.

El apartamento está en silencio, demasiado quieto, como si aguardara su regreso.

Su ausencia se siente como una presión constante, un hueco que no debería importarme y, sin embargo, me tira del pecho.

Camino despacio, sin prisa, sin ruido, recorriendo un espacio que conozco mejor de lo que sería razonable.

Todo está ordenado con ese cuidado que delata control, una necesidad casi obsesiva de mantener cada cosa en su lugar, como si así pudiera mantener también el mundo bajo control.

El aire huele a melocotón y a limpio, una fragancia suave que contrasta con las imágenes de sangre y urgencia que aún me atraviesan la retina.

Los regalos ya no están. La mesa está despejada.

Vacía. No queda ni rastro de ellos. Los ha llevado al hospital, tal como imaginé.

Eso me arranca una mueca que no llega a ser sonrisa.

Sigo avanzando, absorbiendo cada detalle, cada objeto, cada mínima pista de su presencia: una taza mal enjuagada en el fregadero, una chaqueta colgada de forma descuidada en el respaldo de la silla, una luz encendida en el pasillo que olvidó apagar al salir.

Me dirijo al baño casi sin pensarlo, guiado por una necesidad que no tiene nombre.

En cuanto cruzo el umbral, su olor se vuelve más intenso, más íntimo, atrapado entre los azulejos, el vapor antiguo y los tejidos húmedos de las toallas, las toco y hundo mi rostro en ellos, esta fina tela desgastada toca su cuerpo, lo envuelve, lo cubre.

Soy un maldito enfermo y no me importa.

Abro el armario inferior y lo encuentro enseguida: la pastilla de jabón de melocotón, todavía ligeramente húmeda, todavía impregnada de su piel.

La tomo entre los dedos, me la acerco al rostro y respiro hondo, dejando que ese aroma me invada por completo, que me arrastre a una cercanía que no existe y que, aun así, mi cuerpo reconoce como necesaria.

Cierro los ojos un segundo. Pienso en su cuello, en la curva suave detrás de su oreja, en la forma en que debe oler su piel cuando sale de la ducha, tibia, vulnerable, real.

La guardo en el bolsillo interior de la chaqueta sin dudar, como si se tratara de un talismán, de algo imprescindible para mantenerme anclado.

Recorro el resto del apartamento con pasos lentos, casi reverenciales.

Entro en su dormitorio sin tocar nada, observando la cama perfectamente hecha, la camiseta doblada sobre la silla, el libro abierto boca abajo en la mesilla, como si lo hubiera dejado ahí con la intención de retomarlo en cualquier momento.

Me siento en el borde del colchón y apoyo los codos en las rodillas, dejando que el silencio me envuelva.

Aquí duerme. Aquí baja la guardia. Aquí, por unas horas, deja de ser la mujer fuerte que sostiene vidas ajenas entre las manos y se convierte en alguien frágil, alguien que sueña.

La imagen de su rostro en la sala de reanimación regresa con fuerza, superpuesta a este espacio tranquilo, y la contradicción me aprieta el pecho.

No puedo protegerla de todo, pero la puedo vigilar. Puedo observar. Puedo anticiparme.

Me levanto con cuidado, reviso que todo quede exactamente como estaba, que no haya rastro de mi paso, que el orden se mantenga intacto. Antes de irme, me detengo un segundo junto a la puerta, y veo hacia la puerta secreta del fondo, no entraré hoy, pero lo haré.

Inhalando una última vez su aroma suspendido en el aire, cierro con suavidad y me marcho, llevándome conmigo ese olor dulce escondido bajo la ropa.

Las cámaras están listas desde hace días, he violado su privacidad y como siempre, no me importa, por eso entro y tomo lo que quiero, porque verla a través de una pantalla no es suficiente.

Esto es una promesa silenciosa de que, de algún modo torcido, sigo cerca.