Reaper (Código Negro 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Willow

Días después

Llego tarde al hospital. Otra vez.

El reloj del celular marca las siete y doce cuando atravieso las puertas automáticas y el olor a antiséptico me golpea directo al pecho.

Me cuelgo la tarjeta de identificación mientras camino rápido por el pasillo, el café de la mañana ya es un recuerdo tibio y lejano.

El cuerpo me pesa, como si no hubiera dormido en días, pero no tengo tiempo para pensar en eso.

Nunca lo hay.

No alcanzo a dejar mi bolso en el casillero cuando la alarma suena.

No es una alarma cualquiera.

Es esa.

La que corta conversaciones, la que hace que el aire se vuelva denso, la que pone a todos en movimiento sin necesidad de explicaciones.

—Código mayor. Repito, código mayor —resuena por los altavoces.

Las pantallas cambian de color. Rojo. Negro. Letras grandes, urgentes.

Ataque químico en centro comercial. Víctimas múltiples. Edades variadas. Posibles heridos por arma blanca.

Londres, bebé. La acción nunca se acaba.

—Genial —murmura alguien detrás de mí.

Emma aparece a mi lado, ya con guantes puestos, el cabello recogido de cualquier manera, los ojos despiertos como si hubiera estado esperando esto toda la mañana.

—Llegas tarde y el caos te estaba extrañando —dice.

—Siempre llego justo para lo peor —respondo, ajustándome la bata.

—Tenemos inhalación de gas, todavía no identificado.

Sospecha inicial de agente neurotóxico, pero no está confirmado.

Muchos con dificultad respiratoria, broncoespasmo, convulsiones.

Y como si no fuera suficiente… —hace un gesto con la cabeza hacia la pantalla— varios apuñalados durante la evacuación.

Asiento. El estómago se me tensa, pero la cabeza se enfría.

Modo automático.

—¿Triaje?

—Zona roja y amarilla saturadas en diez minutos.

No termina de decirlo cuando entra la primera camilla.

Hombre, cuarenta y tantos. Convulsionando. Espuma en la boca. Piel fría, sudorosa. Pupilas contraídas. Respiración irregular.

—Saturación ochenta y dos —dice el paramédico—. Exposición directa. Colapsó en el lugar.

—Oxígeno alto flujo —ordeno—. Canaliza vía, prepárate para benzodiacepina.

Le tomo la mano sin pensarlo, más por anclarme yo a la realidad que por él. Su cuerpo se sacude con violencia.

—Tranquilo, estás en el hospital —hablo con voz firme.

Emma ya está preparando la medicación. El monitor pita de forma errática.

Bradicardia.

— Atropina lista —dice ella.

Asiento. No preguntamos. Actuamos.

No hay tiempo para pensar en el gas, en el centro comercial, en el pánico que debió estallar ahí afuera. Aquí solo existen cuerpos que necesitan funcionar un minuto más.

La siguiente camilla trae a una mujer mayor. Ojos llorosos, tos constante, dificultad respiratoria evidente. Le cuesta hablar.

—No… no puedo… —jadea.

—Respire conmigo —le digo, marcando el ritmo con la mano, la cual muevo suavemente sobre la muñeca de la señora—. Eso es. Despacio.

Le colocamos mascarilla, nebulización, monitoreo continuo. Sus manos tiemblan tanto como las mías por dentro.

Luego llegan los niños.

Siempre los niños.

Entra uno de no más de siete años, llorando en silencio, con la camiseta empapada y una herida superficial en el brazo. No entiende nada. Solo mira alrededor buscando una cara conocida.

—Hola —me agacho frente a él—, ¿cómo te llamas?

—Tom —susurra.

—Tom, soy Willow. Te voy a limpiar eso, ¿sí? Arde un poco, pero eres valiente.

Asiente sin convicción. Le tiembla el labio.

A pocos metros, otro equipo trabaja en una adolescente con una herida penetrante en el abdomen. Sangrado activo. Presión baja.

—TA en ochenta —grita alguien—. Preparando quirófano.

El hospital ya no es un edificio. Es un organismo al borde del colapso, latiendo a fuerza de gritos, órdenes y pasos rápidos. Y mi mente a mil por hora.

—¿Cuántos van? —pregunto a Emma mientras cambiamos guantes.

—He perdido la cuenta —responde—. Y siguen llegando.

Entra otro paciente con dificultad para respirar. Le cuesta tomar aire y se le nota en el cuerpo —hombros y pecho se mueven con esfuerzo—Se escuchan silbidos al respirar.

—¿Antecedentes de asma? —pregunto al paramédico.

—No conocidos.

—Broncodilatador, ya.

El gas no distingue edades, historias, pecados. Entra por los pulmones y arrasa. Entre camilla y camilla, siento un temblor breve en las manos. Lo escondo cerrando los puños. No ahora. Después.

—¿Estás bien? —me pregunta Emma sin mirarme directamente.

—Sí.

Mentira funcional.

Las horas se estiran y se comprimen al mismo tiempo. Afuera amanece del todo, pero aquí dentro no existe la luz natural. Solo fluorescentes y rostros tensos. Cuando finalmente hay una pausa —mínima, engañosa— me apoyo un segundo en el mostrador. Respiro. El corazón aún va rápido.

Pienso, sin querer, en el apartamento. En Azrael y la última vez que lo miré sonreírme de vuelta y no ser una completa desconocida.

Sacudo la cabeza.

No aquí. No ahora.

—Vuelve —dice Emma—. Ambulancia en tres minutos.

Y vuelvo.

Porque eso es lo que hacemos.

La camilla entra a toda velocidad.

—¡Paro! —grita alguien desde la puerta—. ¡Paro cardiorrespiratorio!

El mundo se contrae.

Un hombre joven, quizá treinta y pocos, piel grisácea, labios azulados. Monitor plano. Silencio eléctrico.

—¡A la tres! —ordeno sin pensar—. Uno, dos—

Me subo a la camilla.

Las manos se me hunden en su pecho y empiezo a bombear.

Fuerte. Rítmico. Exacto.

Uno y dos y tres y cuatro.

El cuerpo se mueve bajo mis palmas, pero no responde. El sudor me corre por la espalda en segundos. Siento cada músculo arder.

—Adrenalina, ahora.

—Vía lista.

Sigo.

Treinta compresiones. Ventilación. Treinta más.

—Vamos, maldita sea —susurro sin darme cuenta.

El monitor sigue mudo.

Uno y dos y tres y cuatro.

Las voces alrededor se vuelven distantes. Solo existe el conteo, el ritmo, el peso de un cuerpo que se resiste a volver.

—Otra ronda.

Sigo.

Los brazos me tiemblan, pero no aflojo. Me concentro en la profundidad, en la frecuencia, en mantener la perfusión mínima que quizá, solo quizá, le compre un segundo más de vida.

Uno y dos y tres y cuatro.

—Willow…

No la escucho.

—Willow.

Nada.

—¡Willow!

Alguien me toma del hombro y me jala levemente.

—Para.

Miro el monitor.

Línea recta.

Plana.

Muerta.

—Otra ronda —digo, la voz rota—. Podemos intentar…

—No —responde el médico—. Hora del fallecimiento: ocho cuarenta y siete. Buen trabajo, enfermera.

¿Buen trabajo? Alguien murió.

El tiempo se congela. Mis manos siguen en su pecho unos segundos más, como si mi cuerpo no aceptara la orden. Luego las retiro despacio. Siento los dedos entumecidos. La respiración irregular.

Bajo de la camilla.

Las piernas me fallan un instante. Nadie dice nada. No hace falta. Cubren su rostro con la sábana blanca. El gesto es automático, casi mecánico, pero me atraviesa como una puñalada limpia.

Treinta y pocos. Quizá alguien lo esperaba en casa. Quizá había salido solo a comprar algo. Quizá tenía un hijo esperándolo con un juguete en las manos.

No importa.

Ahora es silencio.

Me quito los guantes. Las manos me tiemblan. Emma aparece frente a mí. No dice nada. Solo me abraza rápido, fuerte, lo justo para sostenerme sin romperme.

—No fue tu culpa —susurra.

Asiento.

No porque lo crea. Sino porque debo seguir.

—Tenemos otro entrando —avisa alguien desde el fondo.

Me limpio el sudor del cuello. Me recoloco la bata. Respiro hondo. Y camino. Porque aquí no hay espacio para el duelo.

Solo para la supervivencia.