Capítulo 7 #2
Paramos frente a la cafetería de autoservicio. La luz amarilla del letrero parpadea, dando al lugar un aire casi irreal. Él baja primero, abre la puerta para mí para luego descender y entramos sin decir palabra.
El aroma intenso del café llena el pequeño local mientras nos acercamos a la máquina expendedora. Él pulsa los botones con seguridad y pide dos latte para los dos.
Volvemos al coche con los vasos calientes entre las manos, el silencio pesa más que nunca. Justo cuando arranca el motor, siento cómo la mano se me crispa al sostener el vaso. En un movimiento torpe, el café se derrama sobre mi abrigo y cae un poco también sobre el asiento.
—Lo siento —murmuro, empezando a temblar sin poder controlarlo—. Soy un desastre.
Él se gira lentamente hacia mí, el ceño fruncido por la preocupación. Sin decir palabra, me toma el rostro con suavidad, sus dedos rozando mi piel, mientras me sostiene la mirada.
—¿Qué tomaste? —pregunta con la voz baja, intensa, como si esa sola pregunta fuera la clave para entenderlo todo.
¿Cómo lo sabe?
Mi respiración se acelera, y aparto la mirada hacia la ventana, luchando por recuperar el control.
—Nada —respondo, aunque sé que no es cierto—. Tengo que comprar juguetes. Comento con la completa intención de desviar el tema de lo que ha mencionado.
—¿Juguetes? ¿Qué tipo de juguetes?
¿Por qué eso último lo dice con un tono divertido?
Frunce el ceño, estudiando cada uno de mis movimientos, notando la tensión que no quiero mostrar.
—Muñecas, legos, juguetes para niños que necesito llevar al hospital.
Silencio incómodo.
—Te llevaré —dice, decidido.
Sus ojos no me sueltan.
—¿Por qué te importa tanto, vecino ? —lanzo al fin, con voz temblorosa, sin poder evitarlo.
Él esboza una sonrisa ladeada, casi divertida.
—Me llamo Azrael.
Lo miro por fin, con un dejo de ironía.
—Sí, lo sé. Azrael. Eres el cuñado de mi mejor amiga. La vida no es del todo justa, ¿verdad?
Él no responde, pero sé que la pregunta queda suspendida en el aire, como el café derramado entre nosotros.
…
El coche se desliza por las calles hasta detenerse frente a una juguetería modesta pero acogedora. El letrero está medio apagado, como si también tuviera sueño. Azrael apaga el motor y ninguno de los dos se mueve durante un segundo.
—¿Aquí? —pregunto, rompiendo el silencio.
—Aquí —responde—. Dijiste juguetes, no un centro comercial.
Suelto una risa breve. Nerviosa.
—Ya veo que no sabes nada de niños.
—Entonces sorpréndeme —dice, abriendo su puerta y rodeando el coche para abrirme la mía.
El aire frío me golpea el rostro al bajar. Me recuerda lo vulnerable que estoy, aunque ahora la ansiedad se disfraza de algo parecido a emoción infantil. Camino un par de pasos y me detengo, como si no estuviera segura de tener permiso para entrar.
De pronto me siento desnuda, llevo unos jeans rotos a pesar del frio que se cuela por la tela rota de la rodilla, llevo un top negro y mi abrigo.
Sé que debería abrigarme más, pero necesito que mis huesos se congelen ahora mismo.
Tener a Azrael así, tan relajado, tan…amigable es raro, hoy, precisamente hoy decidió hablarme y ser mi ¿Amigo? , no lo sé.
Él me observa. Sus ojos se suavizan, y por primera vez desde que lo conozco parece… humano.
Me encanta como se viste, como si el diablo lo visita a cada momento, ya sabes, ese diablo que viste a la moda. Es tan relajado, incluso usando camisas caras de botones, sin corbata y esa chaqueta de cuero en vez de abrigo.
Simplemente hermoso.
—Vamos —dice, sin prisa, sin presión.
Dentro, los colores me atacan de inmediato. Estantes llenos de juguetes, luces brillantes, y música suave. Algo en mi pecho se afloja. Camino despacio, tocándolo todo como si pudiera romperse.
—No sabía que existían tantos tipos de peluches —murmuro.
—Claramente el mundo ha avanzado sin mí —responde él, tomando uno enorme—. ¿Este muerde?
Veo al dinosaurio con los ojos más deformes que he visto nunca, es de plástico.
—Solo si lo provocas —contesto seria.
Me mira un segundo más… y sonríe.
—Entonces es perfecto.
Lo pone en la cesta.
—Oye —digo—. No tienes que…
—Shhh —me interrumpe—. Déjame hacerlo mal.
Eso me hace reír. De verdad.
Sigo avanzando. Muñecas, juegos de mesa, figuras absurdas. Me agacho frente a un estante cuando algo ha captado mi atención.
—Este era mi favorito —susurro, tomando una pequeña caja—. Siempre quise uno y nunca…
No termino la frase. No hace falta. Opto por cambiar el tema para no indagar en mis recuerdos.
—Eres peligroso —le digo. Tratando de sonar divertida.
—Me han dicho cosas peores —responde sin mirarme.
Varios minutos después. En la caja, la dependienta nos observa con curiosidad. No la juzgo, yo también estoy impresionada, él es tan serio ahora mismo llevando la carreta llena de juguetes tontos. Cualquiera diría que estamos locos.
—¿Es todo? —pregunta.
—Por ahora —dice él.
Yo lo miro con incredulidad.
—¿Por ahora?
—No te emociones —contesta—. Todavía tengo autocontrol.
También ha puesto papel de regalo para envolverlos como si hubiera leído mi mente, incluso ha elegido el más lindo. Pagamos. Él carga las bolsas como si no pesaran nada. Afuera, el aire vuelve a ser frío, pero ya no me importa tanto.
En el coche, el silencio regresa, esta vez es distinto. Menos afilado.
—Gracias —digo al fin.
—No me des las gracias —responde—. Solo… —se detiene—. Me gusta verte así.
—¿Así cómo?
—Viva.
Se que mañana quizás ni me hable, siempre es así, un día saluda en el pasillo, el otro día no puede con él mismo. Hunter dice que, es normal en su estado. No a todos se nos queda alojada una bala en la cabeza y actuamos normal.
Azrael tiene cambios de humor.
Su gruñido me trae al presente. No sé qué contestar, solo sé que me gusta verlo, como siempre lo hacía. Me sonreía cortésmente, me llevaba a casa, cuando no era mi vecino y vivía con su hermano, Max. Me sorprendió que se mudara al antiguo apartamento de Hunter, y a la vez, estaba feliz.
Luego de perderme en mis pensamientos, llegamos a mi edificio. Él baja conmigo y deja las bolsas junto a la puerta.
—Bueno… —empiezo—. Supongo que…
Asiente.
—Descansa.
No me sonríe. No se acerca. No dice nada más.
Se gira y se va.
Entro, cierro la puerta, incluso echo la llave. El cuerpo me pesa de golpe. Dejo las bolsas a un lado, me quito el abrigo y me dejo caer en el sofá sin pensarlo. El mundo se apaga.
…
Cuando despierto, la luz entra inclinada por la ventana. Parpadeo. Me siento rara. Como si hubiera dormido profundamente… demasiado.
Miro el reloj.
Cinco horas. Me incorporo de golpe. Las bolsas ya no están donde las dejé. Sobre la mesa, todos los regalos están envueltos. Papel bonito. Cintas. Ordenados con cuidado.
El corazón me da un vuelco.
—Pero… —susurro.
La puerta sigue cerrada. Con llave. Juro que la cerré.
Me llevo una mano al pecho, sin saber si sentir miedo…
o algo peligrosamente parecido a ser cuidada.
Pero no, debo estar alucinando. Me levanto del sofá y me acerco a la mesa con el pulso acelerado.
Hay muchos regalos. Demasiados, ni siquiera recuerdo cuántos compramos.
Todos envueltos con el mismo papel sobrio, cintas bien dobladas, ordenados como si alguien hubiera pensado en cada detalle.
Todos… excepto uno. Está a un lado, ligeramente separado. El papel es distinto. Más claro. Más simple. No tiene la cinta perfecta ni el doblez exacto de los otros.
Y lleva mi nombre.
Escrito a mano. Trago saliva. No recuerdo haberle dicho cómo me gusta que escriban mi nombre. No recuerdo haberle dado permiso para nada de esto. Lo tomo con cuidado y lo desenvuelvo despacio.
Un caleidoscopio. El juguete que mencioné en la juguetería, el que jamás pude tener de niña. De metal, frío al tacto, con dibujos infantiles gravados en los bordes. El mismo que tomé entre los dedos en la tienda. El que no pedí. El que jamás tuve.
Me quedo mirándolo, incapaz de moverme.
Ese no es para el hospital. Ese no es para nadie más.
Es para mí.
Me lo acerco al ojo sin pensarlo y giro con suavidad. Los colores se ordenan en formas perfectas, simétricas, tranquilas. Durante unos segundos, todo se calla. El ruido. El miedo. El pasado.
Cuando bajo la mano, tengo los ojos húmedos.
No se lo expliqué. No se lo pedí. No dije nada.
Él lo vio.
Y decidió dejarlo aquí. Como si supiera que, entre todo lo que debía entregar… había algo que también necesitaba quedarse conmigo.