Reaper (Código Negro 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Willow

Apago la cámara y el silencio cae de golpe, pesado, casi violento.

Durante unos segundos me quedo inmóvil frente a la pantalla negra, con la sonrisa aún pegada al rostro, como si no supiera cómo quitármela.

Me siento más cansada que antes, un agotamiento distinto, profundo, que no se va solo con dormir.

Las pastillas no hicieron bien su trabajo esta vez.

Deberían haberme adormecido más, dejarme flotando, lejos de aquí.

Pero algo se quedó despierto. Algo siempre se queda despierto.

Sé que no debería tomar nada. Lo sé. Me lo repito cada vez que abro el frasco, cada vez que cuento las pastillas con la luz del baño apagada.

Pero necesito adormecerlo todo. Apagarlo todo.

Pensar menos. Sentir menos. Convertirme solo en lo que esperan ver al otro lado de la pantalla. Una imagen. Una promesa sin peso.

Me levanto despacio, con cuidado, como si el cuerpo pudiera romperse si hago un movimiento brusco.

Los músculos me duelen, no por esfuerzo físico, sino por la tensión constante de sostener una versión de mí que no existe fuera de esa habitación iluminada.

Me quito los auriculares y los dejo sobre la mesa, junto al portátil aún tibio.

No miro el reflejo en la pantalla. No esta noche.

El teléfono vibra sin parar. Mensajes privados. Notificaciones. Regalos virtuales que se acumulan como si pudieran llenar algo. No los abro de inmediato. Necesito unos segundos para volver a ser yo, o algo parecido. Respiro hondo. Una vez. Tal vez dos.

Cinco mil dólares es lo recaudado. Quizás un poco más. Directos a la cuenta de bitcoins . Lo compruebo dos veces para asegurarme de que es real. Lo es. Siempre lo es. Y aun así, la cifra no me trae alivio, solo una especie de calma fría, funcional. Pago el alquiler. Cubro las deudas. Compro tiempo.

El tiempo, ese que parece mi enemigo.

Sonrío. Vale la pena, me digo.

Tiene que valer la pena.

Me repito que es solo dinero. Que no hago daño a nadie. Que nadie sabe. Que nadie tiene derecho a juzgar lo que hago para sobrevivir. Me lo digo con la misma convicción con la que antes me decía otras cosas, cuando era más joven y necesitaba creerlas para no romperme.

Me dejo caer en la silla y cierro los ojos. Por un momento, muy breve, me pregunto qué pasaría si apagara todo para siempre. La cámara. Las luces. Las diferentes versiones. Pero el pensamiento se desvanece rápido. No puedo permitírmelo. No ahora.

Abro los ojos. El apartamento está en silencio. Demasiado.

Mañana volveré al hospital. Mañana seré Willow Graves, la enfermera, la responsable, la que aguanta turnos imposibles sin quejarse. Nadie verá a esta otra Willow, la que se fragmenta por horas y luego se recompone a base de disciplina y mentiras bien ensayadas.

Sé que no voy a dormir. No ahora, no con esta euforia falsa recorriéndome las venas, con el corazón yendo un poco más rápido de lo normal y la mente saltando de un pensamiento a otro sin orden ni descanso.

Me tumbo en la cama solo para confirmar lo evidente: el cuerpo está cansado, pero la cabeza no piensa rendirse esta noche.

Así que vuelvo a incorporarme y alcanzo el portátil, como si aún me quedara algo pendiente por cerrar antes de que el día termine del todo.

Abro la lista de tareas. Es larga, siempre lo es, pero ya no me abruma como antes. La he convertido en una forma de control, en la ilusión de que si todo está anotado, nada puede salirse demasiado de su sitio. Repaso con la vista cada línea hasta que una me detiene.

Comprar los regalos de Navidad.

Aquella línea me hace ojitos desde la pantalla, insistente, casi cariñosa.

Sonrío sin darme cuenta. Es una costumbre que no he roto nunca, ni siquiera en los años más duros.

Cada diciembre voy a la juguetería, elijo cada muñeco con cuidado, envuelvo uno a uno los regalos yo misma y los dejo bajo el árbol del área de oncología infantil.

Nadie sabe que soy yo. No quiero que lo sepan.

No es caridad si lleva nombre. Es otra cosa.

Algo que necesito hacer para seguir respirando.

Me imagino el árbol, las luces parpadeando en medio del pasillo blanco, los regalos apilados debajo como pequeñas promesas.

Pienso en las manos pequeñas, en las sonrisas tímidas, en los ojos cansados que, por un momento, se olvidan dónde están.

No puedo arreglarles la vida. No puedo salvarlos.

Pero puedo darles eso. Un instante. Un juguete. Una distracción que no duela.

Cierro la lista y miro la hora. Aún es temprano para la ciudad, demasiado tarde para la gente normal.

Para mí es solo otro margen, otro espacio en el que hacer cosas antes de que el mundo vuelva a exigir versiones distintas de mí.

Me levanto, me pongo un abrigo y recojo las llaves.

El dinero sigue ahí, frío y silencioso en una cuenta que nadie conoce.

Esta vez, al menos, sé exactamente en qué quiero gastarlo.

Justo cuando me pongo el abrigo, tomo mi bolso, y salgo cerrando la puerta a mis espaldas.

Puedo sentirlo antes de darme la vuelta.

Él está observándome de nuevo. Mi vecino, el hombre al que le hicieron olvidar el último año, llevándose consigo una de mis peores pesadillas.

Él me salvó. Pero no lo sabe. Él no sabe que sé a lo que se dedica, a matar a limpiar las calles por todas aquellas almas inocentes, aunque la mía no es nada inocente y él ni siquiera lo sabe.

Me he prometido a mí misma ser solo eso: su vecina.

Aunque hace un año me prometió una cita y dejó sus intenciones claras aquel día con una frase que aún arde en mi piel:

Que yo era valiosa para él.

Es guapo. Elegante sin esfuerzo. Cabello largo trenzado, cayendo por su espalda como una declaración muda.

Es lo más sexy que he visto en mi vida. Siempre respetuoso.

Siempre correcto. Pero en su mirada había dominación, una sombra que me decía que a puerta cerrada sería otro hombre.

Uno que sabría exactamente qué hacer conmigo.

Uno que me hizo querer tocarme cada noche solo con recordar su voz.

Ha sido el único hombre que me ha interesado de verdad.

Pero todo fue fugaz. Así como lo son ahora nuestros encuentros en el pasillo.

Respiro hondo y me giro.

Está apoyado contra la pared, brazos cruzados, mirándome con una intensidad que parece quemar la poca distancia que hay entre nosotros. Nos quedamos quietos, mirándonos. El tiempo se congela y en ese silencio todo se tensa, como si el mundo estuviera esperando.

Soy yo quien rompe el silencio.

—Hola.

No digo su nombre. Nunca lo hago.

Él parpadea, como si mi voz lo arrancara de un lugar profundo.

—Hola —responde al fin, con la voz baja, grave.

Nos quedamos ahí un momento más, demasiado cerca, demasiado quietos.

—¿No deberías estar durmiendo? —me pregunta.

Alzo una ceja, desconcertada.

—¿Perdona?

—Llegaste esta madrugada a casa.

Mi pulso se acelera.

—¿Cómo sabes eso?

No sonríe. Solo inclina la cabeza ligeramente.

—Yo también llegué de madrugada.

Lo miro con más atención. Viste ropa oscura, sencilla, pero nada en él parece casual. Luce descansado… para alguien que claramente no lo está.

—Entonces, ¿por qué no duermes? —pregunto.

—Lo hice. Solo necesito un par de horas y estoy como nuevo.

Suelto una risa breve, incrédula.

—Bueno, pues yo también lo hice.

Sus ojos bajan un instante a mi rostro, a mis ojeras. Luego vuelven a encontrarse con los míos.

—¿De verdad? No lo parece.

—¿Eres el policía de las ojeras ahora?

Por primera vez, una sonrisa pequeña, peligrosa, asoma en sus labios.

—¿Acaso eso existe?

Me rio y él se me queda mirando demasiado serio. Joder, se me olvidaba que eso no se le había ido del todo, a lo gruñón, me refiero.

—Iba por un latte —dice señalando hacia el pasillo—. ¿Quieres acompañarme?

Eso es nuevo. Tan nuevo que se me ponen los ojos borrosos debido a las lágrimas no derramadas. No es la primera vez que dice algo así. Hace un año fue casi igual. Demasiado igual.

Él me mira como si esa invitación tocara algo que no sabe explicar. Como si la palabra latte escondiera un significado oculto.

—¿Lo recuerdas? —se me escapa sin poder evitarlo.

Su expresión cambia apenas un instante.

—¿Disculpa? —dice de pronto, con la voz firme.

El corazón me da un vuelco seco. Bajo la mirada un segundo, luego me recompongo.

—Nada. Claro. Vamos.

Paso a su lado y él tarda una fracción de segundo en seguirme. Demasiado tarde para alguien tan atento. Caminamos juntos hacia el ascensor. El aire entre nosotros es denso, cargado de cosas que no se dicen. Siento su presencia tan cerca que parece rozarme la espalda baja con una mano invisible.

Las puertas del ascensor se abren con un sonido metálico.

—Quizás aún estés a tiempo.

Sus ojos se clavan en los míos. Oscuros. Intensos. Reconociéndome sin recordarme.

—Eso espero —dice en voz baja.

Las puertas se cierran.

No sé si lo que siento es miedo… o ganas de dejar que me encuentre.

Las puertas del ascensor se abren con un susurro metálico, y salimos al pasillo. El silencio se espesa alrededor de nosotros, pero esta vez no quiero romperlo.

—Podemos caminar —le digo, sin mirar atrás.

Él sonríe, esa sonrisa ladeada, confiada, y me responde con un tono despreocupado, aunque sé que no lo es.

—Mi auto es más lindo, ¿no crees?

Sé que lo dice como si nada, pero me gusta. Esta versión de Azrael, tan descarada, antes habría negado hasta el aire que respiramos.

Camina conmigo hasta la salida y abre la puerta de su lado del coche, invitándome con un gesto.

—¿Te importa si insisto? —pregunta mientras se sube al volante y espera hasta que subo.

Arranca el motor con suavidad y nos alejamos del edificio. La tensión sigue intacta, un hilo invisible que une cada palabra que callamos.