Reaper (Código Negro 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Azrael

—¿Y yo soy algo valioso? —pregunta, sin apartar la mirada. Ella es tan hermosa, tanto que duele… pero no la merezco.

Respiro hondo. No quiero decir algo que pueda asustarla, ella es tan perfecta, que me quema por dentro con solo tenerla de frente.

—Para mí… sí, señorita.

Despierto sobresaltado, con el pulso acelerado, el recuerdo húmedo y efímero de unos labios sobre los míos.

Es un beso que no debería conocer, pero que mi cuerpo reconoce como si lo hubiera sentido mil veces.

La sensación se disuelve en el aire frío de la habitación, dejándome un vacío extraño en el pecho.

Ha pasado un año que mi memoria fue borrada, pero no se llevó lo peor que habita ahí, la traición.

Parpadeo hacia la penumbra. El reloj marca las 3:47 a.m. y el zumbido eléctrico del edificio es lo único que me acompaña.

Me froto la cara, intentando sacudirme el sueño, pero la imagen de ella persiste: unos ojos que arden como un presagio, una silueta que no debería importarme…

y, sin embargo, algo en mí se quiebra cuando pienso en protegerla.

¿Por qué?

Me levanto, arrastrando los pies por el suelo frío, y enciendo la laptop. La pantalla ilumina el cuarto como una herida abierta. Lo primero que aparece es la cámara de vigilancia que tengo abierta en segundo plano: el apartamento de la amiga de Hunter. Mi estómago se tensa.

Willow. No sé cuándo y en qué momento puse esas cámaras ahí para vigilarla, pero lo hago. Lo hago cada vez que no puedo dormir, necesito verla, necesito saber que está bien. A salvo.

La conozco.

La vi de lejos, y aun así… hay algo en ella que enciende un instinto primitivo en mí. Y lo peor es que está aquí, demasiado cerca: mi vecina.

Cierro los ojos un momento y respiro hondo. No es casualidad que terminara viviendo aquí. Elegí este lugar porque no merezco otro techo, y mucho menos el de mi hermano. El hombre que me salvó, que me dio todo… y que yo traicioné.

Max insiste en que no lo hice. Dice que todo lo que pasó en Berna no fue traición. Pero yo sé lo que siento en mis entrañas: no luché lo suficiente.

—Lo hiciste por mí —me dijo él una y otra vez.

—No —susurro ahora, para nadie.

No le creo. Nunca lo hice. Hay demasiadas piezas que no encajan, demasiadas cosas que él calla sobre aquella noche.

Y, sobre todo, hay un hueco negro en mi cabeza: no recuerdo el último año.

Ni siquiera recuerdo el momento exacto en que todo cambió.

Solo flashes rotos: un grito ahogado, el olor a pólvora, el sabor metálico de la sangre…

y una traición que no sé si inventé o cometí.

La cámara parpadea. Una sombra cruza fugaz frente al objetivo y mi corazón se acelera de nuevo. Es tarde, demasiado tarde para que haya movimiento al otro lado del pasillo. Pero ahí está: su silueta.

La observo sin respirar, como si el más mínimo movimiento pudiera romper algo que ya está demasiado frágil.

La imagen tiembla apenas en la pantalla, no por la cámara, sino por mi pulso.

Ella se mueve por su apartamento con la precisión de alguien acostumbrado a no hacer ruido, a ocupar poco espacio, a existir sin ser vista. Y aun así, llena todo.

Algo en ella me llama. No es deseo, no al principio.

Es una presión en el pecho, un tirón que no sé explicar, como una cicatriz que duele cuando va a llover.

Me retuerce por dentro. Me devuelve a un recuerdo incompleto, a un beso que no debería existir y que, sin embargo, pesa como si hubiera marcado un antes y un después.

No recuerdo cuándo ocurrió. No recuerdo por qué. Solo sé que fue real.

Algo dentro de mí lo entiende.

Ese impulso de protegerla no nació ahora.

No pertenece a este presente roto que habito desde hace un año.

Es un eco. Algo que ya sucedió antes de que mi memoria se fragmentara, antes de que alguien decidiera arrancarme partes enteras de mí.

Alguien la tocó. Alguien la puso en peligro. Y yo estuve allí.

La pantalla refleja mis ojos oscuros, duros, cargados de una culpa que no tiene forma pero sí peso.

Sé que debería apagarla . Sé que cruzo una línea cada segundo que sigo mirando.

Pero no puedo. Mis dedos se aferran al borde de la laptop como si fuera lo único que me mantiene anclado. Porque ahora veo lo que nadie más ve.

La enfermera agotada desaparece cuando cierra la puerta.

La mujer cansada se transforma en alguien que controla cada gesto, cada ángulo, cada sombra.

Tiene otra vida . Una que esconde con la misma eficacia con la que esconde el dolor.

Y algo en mi interior se tensa, peligroso, animal.

No por lo que hace, sino por lo que eso significa.

¿Qué haces en esa habitación escondida, Willow?

Está sola. Está expuesta. Y alguien podría usarlo contra ella.

Mi mandíbula se aprieta. Que no recuerde algunas cosas, no quiere decir que no sé reconocer una amenaza cuando la veo. Sé lo que pasa cuando el mundo decide que una mujer es solo un recurso. Sé cómo empiezan esas historias y cómo suelen terminar. No mientras yo respire.

En algún lugar entre el olvido y la traición, ella podría ser la pieza que falta. La respuesta a por qué sigo en pie. A quién era antes. A qué me hicieron.

Y eso me asusta más que cualquier enemigo.

Porque si ella es la clave… también es mi punto débil.

Y juro, sin saber a quién, que nadie volverá a tocarla sin pasar antes por mí.