Reaper (Código Negro 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Willow

Ha sido un turno de veinte horas y el cuerpo ya no me pertenece.

Camino por el pasillo del hospital como si fuera un lugar prestado, con los pies arrastrándose dentro de los zuecos y la espalda rígida, pidiendo una tregua que nunca llega.

Necesito una ducha de verdad, de esas que queman la piel y se llevan el olor ajeno, y dormir al menos tres horas seguidas antes de levantarme otra vez, cambiarme la cara frente al espejo y fingir que soy una persona funcional para mi otro trabajo.

Después vendrá otro turno de doce horas en el hospital. Después vendrá lo de siempre.

—Nos vemos mañana, trata de descansar —me dice Emma mientras se coloca la mochila al hombro.

Es una de las pocas amigas que me quedan aquí.

Las demás fueron transferidas, movidas como piezas de un tablero que nunca controlamos.

Emma y yo tenemos plaza fija, estabilidad en un sitio donde nada lo es del todo.

Asiento y sonrío, porque eso también se aprende: a sonreír aunque el cuerpo esté vacío.

—Tú también —le respondo, sabiendo que no lo hará.

Salgo del hospital y el aire frío me golpea la cara.

Es casi de madrugada. La ciudad está medio dormida, y por un momento pienso que me gustaría ser como ella, apagarme por unas horas sin miedo.

Camino hasta la salida repasando mentalmente lo que queda por hacer: llegar a casa, ducharme rápido, preparar el espacio, comprobar la luz, el encuadre, el silencio.

Nadie sabe lo que hago después de ponerme el pijama.

Nadie lo sospecha. Para ellos solo soy la enfermera agotada que siempre cubre turnos extra.

El dinero nunca es suficiente. Nunca lo ha sido.

Hay facturas, deudas, cosas que no se nombran pero aprietan igual que una mano en el pecho.

Así que hago lo que tengo que hacer. Me repito eso como un mantra mientras camino: es solo trabajo, es solo temporal, es solo hasta que deje de respirar .

Mantengo la cara neutra, la voz dulce, el control absoluto. Allí también soy buena fingiendo.

En casa me quito la ropa como si pesara toneladas y dejo que el agua me caiga encima.

Cierro los ojos y apoyo la frente en la pared de la ducha.

Hay días en los que el cansancio no es solo físico, días en los que el cuerpo recuerda cosas sin pedir permiso, y entonces tengo que contar respiraciones, anclarme al presente, recordarme que ahora tengo llaves, horarios, decisiones.

Que ahora nadie me sube a una camioneta .

Cuando salgo, el reloj no se ha detenido.

Me visto despacio, preparo todo con movimientos automáticos, como si siguiera un protocolo más.

Antes de sentarme frente a la pantalla, me observo un segundo en el reflejo oscuro: la mujer adulta, aquella profesional, la que sobrevive.

Nadie ve a la niña que aprendió demasiado pronto a obedecer para no romperse.

Me digo que solo serán unas horas. Me digo que puedo con ello. Siempre puedo.

Luego apago la luz grande y dejo encendida solo la necesaria.