Reaper (Código Negro 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Otra vez llegó tarde.

Estoy en mi apartamento, rodeado de sombras que me envuelven como un refugio necesario.

Mi mirada no se aparta del móvil. La pantalla me muestra las imágenes en tiempo real del hospital donde Willow trabaja, donde la vida y la muerte se juegan cada minuto, y ella corre contra el tiempo, siempre con prisa, siempre con esa urgencia en la mirada.

La veo entrar apresurada, evitando a pacientes, esquivando a la vida que parece querer aplastarla.

Y aunque sé que debería dejarlo, no puedo. No puedo dejar de vigilarla.

Apago el móvil por un momento, pero la inquietud no me abandona.

La necesito ahí, aunque no sepa por qué.

Por eso me levanto y me pongo la chaqueta.

Salgo de mi apartamento con paso firme, sin mirar atrás, y conduzco directo a la sede central de Código Negro.

Ahí es donde el mundo se divide en sombras y luces, y donde mi hermano, el líder, maneja las piezas con mano de cobra.

Yo solo soy su sombra más oscura, el que hace el trabajo que no quiere ver.

El maldito hijo de puta que lo traicionó por años y me perdonó sin merecerlo.

Entro en la oficina, el aire está frío, lleno de tecnología y voces bajas.

Noel y Claus no han llegado todavía. Voy al lavabo más cercano y me lavo las manos, no porque estén sucias, es porque lo necesito.

Mientras me acomodo, saco el teléfono y vuelvo a abrir las cámaras.

Las imágenes del hospital vuelven a encenderse, Willow sigue ahí, como un faro en medio del caos.

Y ese cabello revuelto, el que quisiera tener entre mis dedos mientras la tengo boca abajo, su rostro metido entre sus almohadas y yo bombeando su coño desde atrás…

—Otra vez vigilándola —la voz de mi hermano rompe el silencio detrás de mí, Maximilian Hass, el líder de código negro—. ¿Por qué no la invitas a un café o algo menos aterrador?

Sin mirarlo, respondo con voz seca:

—No tomo café. Ella sí. Cinco tazas diarias, lattes improvisados y una cantidad obscena de azúcar.

—Ya veo —dice serio—. Entonces toca a su puerta, llévale una máquina para hacer café o chocolates algo menos jodido que vigilarla.

Me giro lentamente para mirarlo, el ceño fruncido como una defensa automática.

—Ella no come chocolates.

Lo sé porque he visto como sus pacientes a veces le regalan chocolates y ella los rechaza amablemente. Pero mi hermano, no tiene porqué que saberlo.

Él me observa, esa sonrisa que parece saberlo todo se desvanece un poco y adopta un tono más serio.

—Cuando no la miras, a todas las mujeres les gusta esa mierda—me dice, y lo capta en mi mirada—No me jodas, ¿tienes cámaras en su departamento también?

No voy a pedir disculpas por eso.

—Tengo que cuidarla.

Él hace una pausa, como si meditara cada palabra.

—¿De quién?, ¿De ti?

Sus palabras me golpean con una mezcla de ironía y verdad. No sé cómo explicarlo, ni siquiera sé si quiero hacerlo.

—De nuestro mundo —respondo finalmente, y sé que con eso lo digo todo.

Mi hermano no replica. Solo asiente, como aceptando un secreto que pesa en el aire.

Él lo sabe muy bien, tiene apenas un año de haberse casado con Hunter, la mejor amiga de Willow, conoce los límites, yo no los tengo.

No cuando se trata de Willow, parece que, en el pasado era un hombre con las manos llenas de sangre, pero cortés y correcto, ahora soy todo lo contrario.

Más sangre, menos correcto. Sé que está preocupado, sé que a veces me ve con miedo, pero eso tampoco me importa.

Le he preguntado muchas veces si esa mujer que vive a unos cuantos metros de mi apartamento era mi mujer, y me lo ha negado, entonces ¿Por qué mi cuerpo reacciona de esa forma extraña cuando la veo?

¿Por qué ella se pone nerviosa cuando me la encuentro en el pasillo?

Si ya me la he follado o estuve a punto, no lo sé, solo sé que mi polla necesita enterrarse muy profundo dentro de ella y si quiero, puedo morir ahí eternamente.

Me acerco a la mesa de trabajo, donde los planos y las pantallas iluminan mi rostro cansado. Mientras vuelvo a observar las cámaras, pienso en Willow. En cómo su mundo está a punto de chocar con el mío, aunque ninguno de los dos lo sepa aún.

Yo estaré ahí, invisible, siempre vigilando. Porque, aunque no entienda del todo por qué, sé que ella me pertenece. No como una posesión, sino como la única razón que tengo para no desaparecer en la oscuridad.

Pronto será mía, aunque ella no se lo imagina.