Capítulo 2
Londres
El despertador no ha sonado. Lo sé con certeza porque cuando abro los ojos y miro la pantalla del móvil, el reloj me lanza una puñalada directa: una hora de retraso.
Mi corazón se dispara y un grito ahogado de frustración se escapa de mis labios antes de que pueda controlarlo.
El peso de la realidad me golpea de inmediato: hoy tengo doble turno en uno de los centros de emergencia más exigentes de Londres.
Me levanto de un salto, esquivando la pila de ropa que dejé tirada la noche anterior, y me dirijo a la ducha con pasos apresurados y la mente en modo supervivencia.
Sé que llegaré tarde, probablemente malhumorada y sin tiempo para el desayuno, esa pequeña pausa que me ayuda a cargar energías antes de enfrentar el caos.
Pero hoy no hay margen para indulgencias ni excusas.
Cada minuto cuenta en urgencias, y el hospital no espera a nadie, menos a una enfermera de emergencias.
Con la adrenalina ya corriendo, me concentro en preparar mi uniforme mentalmente: rostro serio, manos firmes, cabeza clara y lista para salvar vidas aunque todo esté en mi contra.
Tengo un rastro de sombra oscura que usé anoche para mi sesión de cámara y la borro apenas con una toalla desmaquillante.
No debí grabar tanto anoche, pero es con lo que puedo pagar donde vivo, el hospital es simplemente mi profesión de fachada, aunque ame ayudar a salvar vidas, la paga no es tan buena para personas con un pasado como el mío.
…
Llego al hospital con el corazón todavía latiendo a mil por hora, tratando de controlar la respiración mientras cruzo la entrada automática que se abre con un susurro frío.
La luz fluorescente del vestíbulo me recibe sin piedad, tan impersonal y dura como siempre.
A mi alrededor, el murmullo constante de voces apresuradas, pasos resonando en los pasillos y el inconfundible pitido intermitente de los monitores me recuerda que aquí, en urgencias, cada segundo puede ser una cuestión de vida o muerte.
Sin tiempo para cambiarme o guardar la chaqueta, avanzo directo a la sala de enfermería donde mis compañeros ya están en movimiento.
Algunos me lanzan miradas rápidas, mezcladas con comprensión y un poco de reproche por llegar tarde, pero sé que no tengo espacio para excusas y me importa una mierda en realidad.
—¡Mira quién decidió aparecer! —me dice Emma, una de las enfermeras y amiga, con una sonrisa cansada, pero cómplice.
—Llegué, ¿no? —respondo, secándome la frente con el dorso de la mano—. Nada como empezar el día con una hora de retraso y sin desayunar.
—Hoy vamos a necesitar más que café para sobrevivir —me advierte, señalando a un médico que ya está revisando un paciente en la camilla.
Antes de que pueda contestar, suena el teléfono del puesto de enfermería.
—¡Otro accidente en la autopista! —alguien grita.
El caos se enciende en un instante. Los turnos dobles y la falta de sueño desaparecen de mi mente cuando me coloco los guantes y me dirijo al siguiente paciente.
Mientras trabajo, siento el peso de la jornada, pero también esa mezcla de adrenalina y satisfacción que solo se encuentra en este lugar.
Como también la punzada de que alguien me vigila.
Estoy rodeada de gente peligrosa, mi mejor amiga es la prueba de ello, su familia y su marido pertenecen al crimen organizado, y aunque ellos son los que matan a los malos y no a los buenos, me he dado cuenta de que, el mundo es demasiado pequeño y que todo es incierto.
Cuando por fin logro un momento para respirar, Emma me mira y dice con una sonrisa irónica:
—Si sobrevives a esto, te invito un café. O a dos.
—Trato hecho —le respondo, con una media sonrisa cansada—. Pero primero, que termine este turno.
Y justo ahí, con el ruido del hospital de fondo y el reloj marcando el tiempo que nunca parece alcanzar, sé que estoy en el lugar donde debo estar. Aunque llegue tarde, aunque el día sea una mierda, esta es mi batalla. Y no pienso rendirme.
No ahora, después de tanto caos en mi vida.