Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

TREINTA Y CINCO

E ra una fresca mañana de otoño y, por primera vez en años, los Shaw se encontraban juntos ante las tumbas de sus padres.

La temporada de la cosecha había llegado por fin. Hojas de tonos cobrizos y dorados caían en suaves turbulencias que azotaban las lápidas y les rodeaban los pies. El cielo estaba nublado, pero el aire transportaba un aroma dulce: a fruta madura y a turrón de miel.

Una época de muerte. O, simplemente, de cambio.

—Me sorprende que hayas encontrado alguno —dijo Lawrie señalando con la cabeza los nenúfares húmedos que Eda sujetaba—. Pensaba que se morirían con este frío.

Había transcurrido poco más de una semana y su estado aún era delicado, pero Lawrie cobraba fuerzas día a día. La infección había remitido. Quedaba por ver si algún día podría prescindir del bastón con el que se ayudaba a caminar.

—Son unos bastardos muy resistentes —dijo Eda.

Al otro lado de su hermana, Ben resopló una carcajada.

—Como nosotros, entonces.

La casa templo de Crowgate no había cambiado desde la última visita, tantas semanas atrás, cuando Florian Fane acababa de llegar a la ciudad.

La misma piedra caliza descolorida y la misma gárgola lasciva; la verja de hierro de siempre e idéntico camino de grava.

Pero todo parecía más pequeño, de algún modo.

«A menos que sea mi mundo el que se hace más grande».

Era un pensamiento agradable.

Con sumo cuidado, Eda depositó un puñado de coloridas flores sobre la lápida de su madre y sujetó los tallos con una piedra. Dispuso el resto del mismo modo sobre la tumba de su padre.

Su mano se detuvo un instante.

—Lo siento —murmuró—. Y te perdono.

Retrocedió un paso.

—Estarían orgullosos de ti, Edie —dijo Lawrie.

—Estarían orgullosos de todos nosotros. Al menos, eso espero.

—Claro que lo estarían. —Ben se frotó la nariz enrojecida—. Somos ciudadanos modélicos.

—Uf. No me gusta que hagas bromas. No es natural.

—Alguien tiene que hacerlas, Lawrence. Ha sido muy egoísta por tu parte ir por ahí con la cara mustia todo el día mientras te recuperabas de tu experiencia cercana a la muerte.

Eda sonrió para sus adentros según emprendían el camino de vuelta.

Había temido no volver a ver a sus hermanos bromeando y lanzándose pullas.

Pero estaban allí, vivos a pesar de las heridas y las magulladuras.

De ser benévolo el destino, tendrían toda una vida por delante.

Intentó imaginárselos canosos y arrugados: ¡qué privilegio!

Notó el corazón henchido ante esa idea maravillosa.

En Antigüedades y Curiosidades Shaw, Eda insistió en comprobar si había olvidado guardar algo en la maleta.

En realidad solo deseaba concederse el lujo de recorrer la casa una vez más.

Deambuló por la diminuta cocina, la estrecha sala de estar con la vieja chimenea.

El dormitorio de sus hermanos. El suyo. Se detuvo un rato junto a su cama.

Palpó la funda de la almohada, ya muy gastada.

En la planta baja se paseó por delante de los objetos hacinados, deslizando los dedos por los lomos de los libros, las colecciones de conchas y los abanicos pintados.

Eda incluso abrió la puerta del sótano y miró el lugar donde solía estar el Portal. Pero no bajó.

—Actúas como si nunca fueras a volver —le dijo Lawrie cuando ella reapareció en la tienda. La miró entornando los ojos—. Vas a volver, ¿verdad? Dijiste…

—Por supuesto que sí. Solo quería echar otro vistazo.

Y así, cargados con las maletas, salieron por fin. La campanilla sonó a su espalda. Eda se preguntó con nostalgia cuándo volvería a oírla.

Echó un vistazo a la fachada: los orgullosos ventanales, las letras doradas sobre la puerta.

La pintura verde descascarillada, que Lawrie le prometió haber repintado la próxima vez que ella la viera.

Había sido su único hogar. Siempre sería su hogar.

Pero, de momento, su camino tomaba otro rumbo, al igual que el de ellos.

Todos podían empezar a vivir. La perspectiva les producía emoción y también melancolía.

Le habían pagado unas monedas a un muchacho que tenía una mula y un carro para que los llevara.

Sentados entre las maletas de Eda, los tres se balanceaban mientras las transportaban por la ciudad.

Eda intentó memorizar eso también. Los adoquines, el tufo húmedo de los canales.

La piedra renegrida y las torres esbeltas que se erguían hacia el cielo gris.

Cruzaron el puente de San Leoric. Eda se deleitó en el bullicio del puerto, los cascos cubiertos de algas e incluso el olor salobre a pescado que transportaba el viento.

No apartó la vista ni un momento hasta que pasaron por debajo del puente elevado del norte y cruzaron las murallas de la ciudad.

Los alrededores ya habían mudado en aldeas dispersas cuando, todavía con el perfil de Blackbridge a su espalda, se apearon del carro. Le pidieron al muchacho que esperara. Él accedió a cambio de otra moneda de cobre.

Dejaron atrás la carretera de los mercaderes para encaminarse a una bulliciosa aldea ganadera.

Se llamaba Embly, bautizada así por su privilegiada ubicación a orillas del Embel.

Bordearon la aldea por caminos exteriores, donde solo los cerdos que gruñían y las gallinas que deambulaban a su antojo supieron de su presencia.

Eda observó aquel tramo del río. «Me dijo que estaría aquí… ¡Ahí está!».

Una hermosa barcaza de doble casco pintada en un primoroso tono azul los esperaba río abajo. El corazón de Eda dio un brinco al verla. Se sorprendió agarrando con fuerza el sencillo colgante de oro que pendía de su cuello. Ya sin utilidad, por lo que ella sabía. Pero no por ello menos precioso.

«Espero que hayas encontrado a tu Oriana, dondequiera que estés».

Tuvo que obligarse a caminar con calma. A Lawrie no le importaría que ella se adelantara, pero Eda no pensaba desperdiciar esos últimos instantes, tan valiosos, que aún podía pasar con él. Le entrelazó el brazo. Mientras se acercaban, una pequeña figura se asomó por la proa.

—¡Señor! ¡Señor! ¡Ya viene! —El diablillo correteó a la cabina, pero su voz era lo bastante aguda como para dejarse oír a través de las paredes—. ¡Lady Eda está aquí!

—¿Lady Eda? —Ben y Lawrie intercambiaron una mirada—. Pensábamos que no le eras simpática.

—Contribuir a la muerte del hermano usurpador de Kit parece haberme granjeado cierto respeto.

Tripp había deseado por encima de todo que su señor fuera feliz. «Y yo le hago feliz», pensó Eda con ternura, todavía abrumada ante la idea. Sin embargo, había cosas que no hacía ninguna falta expresar en voz alta a los hermanos.

La puerta de la cabina se abrió de par en par. Una figura esbelta y morena se asomó. Cuando la vio, se quedó inmóvil. Sonrió.

El corazón de Eda se inundó de alegría.

Se detuvieron. Ben dejó una bolsa en el suelo y envolvió a su hermana en un abrazo.

Hubo una época en que su hermano mayor se abstenía de abrazarla, prefiriendo consolarla con palabras de consejo.

Pero habían estado a punto de perderse el uno al otro.

¿Qué podían transmitir las palabras que no hiciera el calor de sus brazos?

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó él—. ¿Con él?

Eda se apartó y le miró a los ojos color avellana, tan parecidos a los suyos.

—No hay nadie más en el mundo a quien elegiría.

—Supongo que tener a un demonio cerca es una decisión prudente, si de verdad pretendes dedicarte a destruir Portales.

—Lawrie frunció el ceño—. Sigo pensando que es una locura.

No te corresponde a ti recorrer el mundo en busca de espejos malditos.

Si hay más por ahí, habrá más tipos como Severin Lich involucrados, créeme.

—Lo sé. Pero si un par de mortales como nosotros pudimos destruir dos Portales en un par de días, Kit y yo también podremos hacerlo.

Es importante, Lawrie. Los demonios tienen su mundo y nosotros el nuestro.

Mientras los dos se mezclen, habrá pactos que destruyan vidas.

No quiero que nadie más sufra como les sucedió a nuestros padres.

Como nos sucedió a nosotros. —Levantó la barbilla—. Quiero hacer esto.

Sus hermanos la miraban con expresión grave, pero ella vio que lo entendían.

—¡No olvides que cuento contigo como mi proveedora!

—le dijo Lawrie por fin—. Ya sé que solo es tu tapadera, pero siempre has tenido buen ojo para las piezas valiosas.

Cuento con que vuelvas a casa dos veces al año con nueva mercancía, como hemos acordado.

Debes regresar, ¿de acuerdo? De lo contrario, el negocio no funcionará.

A Eda no se le escapó su tono inseguro. Abrazó a su hermano.

—No lo olvidaré, señor Shaw. Por favor, no me despidas todavía.

Él le acarició la cabeza y le plantó un beso en la frente.

—Cuídate, Edie. Te queremos.

Eda tragó saliva.

—Yo también os quiero. Muchísimo.

Lawrie se frotó los ojos disimuladamente.

—Pero lleva algo afilado contigo cuando ese canalla ande cerca. Por si se pone demasiado sobón.

Ben asintió.

—Bien dicho. Y si alguna vez te hace llorar, saca los cubiertos y méteselos por…

—Gracias a los dos por vuestros sabios consejos. —Eda se rio—. Tal vez sea el momento de recordaros que él puede oírnos.

Todos se giraron bruscamente hacia la barca, donde Kit estaba agachado acariciando a Viejo Cascarrabias. Les hizo un gesto obsceno con el dedo.

—Santo cielo, es para echarse a temblar.

Se abrazaron de nuevo y Eda finalmente se obligó a marcharse.

Cargó sus pequeñas maletas hacia la orilla del río.

Antes de que pudiera dar un solo paso por la amplia cubierta de la Oriana, Kit se abalanzó sobre ella con precisión letal y la levantó en volandas, con las maletas y todo.

Ella chilló. Al momento estaba a bordo, envuelta en su abrazo.

—¿No has oído lo que ha dicho Lawrie acerca de ser tan tocón? Te estás buscando problemas.

—Algo sobre violencia ejercida con cucharas, sí. Tendré que reprimirme antes de que se abalancen sobre mí con toda la cubertería.