Capítulo 34 #3
—Un demonio no puede devolver lo que le fue arrebatado a su dueño original. Pero no hay límites en la transferencia de años de un demonio a otro.
En el exterior, las botas resonaban y las órdenes chasqueaban como látigos. Los rezagados se arremolinaban ruidosos al otro lado de las puertas del templo. El pulso de Eda latía con fuerza, retumbando en sus oídos.
—No lo entiendo.
Kit dejó caer la espada. La marca negra de su pecho humeaba y sangraba ligeramente, pero él no le prestó atención.
—¿Quieres decir que…?
—Si le dieras cincuenta años a otro demonio, y Eda matara a ese mismo demonio con sus propias manos, recuperaría lo que perdió.
—Nunca había oído hablar de algo así.
—¡Ja! Por supuesto que no. ¿Qué demonio que se precie quiere ofrecer una donación tan codiciada? Es un arte perdido, y además está mal visto. Pero no por ello es menos posible.
—Pero ¿cómo? —dijo Eda.
Su sangre zumbaba empapada de esperanza, aunque no se atrevía a albergarla.
—Tendríamos que dar caza a otro demonio —dijo Kit—. Sin acceso a ningún Portal conocido, quizá nunca encontremos uno. Y necesitaríamos que fuera lo bastante tonto como para aceptar el regalo de cincuenta años sin sospechar que hay truco.
—No hace falta que engañes a nadie, Kit’rath. Y me ofende que me llames tonta.
Robin se desabrochó el collar de oro.
Cuando cayó sobre su palma el aire centelleó, no muy distinto a una bruma de verano que se elevara del metal caliente.
La piel morena de Robin se tiñó de gris.
Una cola con la punta en forma de pica se desplegó a su espalda.
Cuernos cortos y achaparrados brotaron entre su cabello canoso.
Y sus ojos adquirieron un hermosísimo tono de oro bruñido.
Eda se agarró al brazo de Kit, temiendo que las piernas le fallaran. Él permaneció rígido bajo su contacto.
Miraron a Robin fijamente.
—Eres…
—Sí. —Robin se acarició la punta de la oreja casi con timidez—. Aunque ha pasado tiempo desde la última vez que adopté esta forma.
El pensamiento de Eda echó a volar como una bandada de pájaros. Todas las veces que se había preguntado por la habilidad mágica de Robin, su fácil aceptación de lo demoniaco, su conocimiento oscuro y su presencia potente y misteriosa…
—¿Cómo? —Kit se precipitó hacia ella para escudriñarla de pies a cabeza—. ¿Cómo es posible que yo no haya…?
—No seas duro contigo mismo, jovencito. Ya te lo dije.
Mis hechizos son excelentes. No fui bendecida con un gran poder (no como acostumbráis a tenerlo vosotros, los nobles), pero en este mundo soy una alquimista competente.
Este collar funciona de manera muy similar a tu anillo de protección.
Me ayuda a mantener una forma humana con poco esfuerzo.
Me sentí muy satisfecha de mí misma cuando lo terminé.
Eda preguntó:
—Pero ¿por qué? ¿Por qué te fuiste de Infernus? Te has estado escondiendo aquí, igual que Kit.
Kit asintió.
—Pensaba que era el único.
La expresión de Robin se tornó melancólica.
—Mi historia no es una que necesitéis escuchar.
Lo único que debéis saber es que no me estaba escondiendo, y que tú no eres el primero en enamorarte de una mortal, Kit’rath Ansellis.
Oriana murió hace muchos años. Sabía que acabaría sucediendo.
Solo esperaba que pudiéramos envejecer juntas antes de que me dejara.
Oriana. Eda pensó en la barcaza azul. En una advertencia melancólica compartida en la popa, fruto de la experiencia: «Los demonios y los humanos tienen más cosas en común de lo que les gusta reconocer, pero nuestras diferencias son innumerables.
Para superar tales obstáculos se requiere… sacrificio».
Se le encogió el corazón.
—«Robin» fue el nombre que ella me dio —continuó la demonio—. «Petirrojo». Su pájaro favorito. Abandoné mi antiguo yo para vivir con ella, a fin de llevar una vida mortal. Volvería a hacerlo. Un solo día con ella valía cien vidas. Pero es posible que tú ya lo hayas comprendido, Kit’rath.
Kit aferró la mano de Eda y le entrelazó los dedos.
—Te estás ofreciendo a aceptar esos cincuenta años. Para…
Su voz rezumaba dolor.
Eda deseó poder fingir de nuevo que no entendía a qué se refería la anciana. Pero lo entendía.
—Robin, no puedes.
—Por supuesto que puedo.
Robin sujetó el mentón de Eda con la palma de la mano. A pesar de las garras, sus callosidades estaban ahí: ásperas por años de entretejer magia en lo mundano.
—Largo tiempo he esperado para reunirme con mi Oriana, pero sabía que ella no habría apreciado que pusiera fin a mi vida en un acto de dolor sin sentido. Esto, sin embargo… —Esbozó una sonrisa suave y enigmática—. Creo que ella lo entendería.
Eda entró en pánico.
—No… No tenemos que hacer nada ahora, ¿verdad? Aún me queda algo de tiempo. Podemos encontrar otra forma, buscar a otro demonio…
—Kit’rath ya ha señalado lo insensato de esa empresa. No arriesgues la vida por una anciana que ya ha vivido la suya. Harás lo que te digo, Eda Shaw, aquí y ahora, antes de que pierda mi entereza.
No le temblaba la voz, pero aferró a Eda con tanta fuerza como si se preparara para resistir una marea furiosa.
El llanto cerraba la garganta de Eda como una ostra. Le echó los brazos al cuello a la anciana. «¿Por qué? ¿Por qué todo lo bueno ha de tener un precio tan alto?».
La demonio la abrazó a su vez.
—Shhh, tranquila, corderita. Yo he vivido más que suficiente, pero tu tiempo acaba de empezar. Me atrevería a decir que nadie lo merece más.
Eda no recordaba a su madre. Nunca había disfrutado del abrazo de otra mujer ni la había estrechado entre sus brazos una anciana capaz de guiarla, de cuidar de ella. Pero allí, junto a Robin, pensó que aquello debía de ser muy parecido.
—Gracias por todo —susurró contra el hombro de la mujer—. Gracias, Robin. Gracias.
Tan pronto como Eda se apartó, Kit ocupó su lugar. Robin resopló sorprendida cuando el demonio la envolvió en un gran abrazo. Los dedos de los pies de la anciana abandonaron el suelo. Los cuernos de ambos entrechocaron.
—Serás bobo —le dijo ella con cariño.
Kit la dejó en el suelo. El lagrimeo de sus ojos le delataba.
—Has sido mi única amiga a lo largo de estos veinte años, Robin. Te debo más de lo que puedo expresar con palabras.
—Tu única amiga, ¿eh? Tendrás que salir más. —Compartieron una sonrisa—. Venga. Hagámoslo.
Eda observó con morbosa fascinación cómo Robin se cortaba la palma de la mano con una garra. Le pidió a Kit que hiciera lo mismo.
Se estrecharon la mano.
Robin dijo:
—Solicito cincuenta años, entregados libremente por la humana conocida como Eda Shaw.
Siguiendo sus instrucciones, Kit dijo:
—Accedo.
No hubo declamaciones interminables. Ni conjuros enrevesados ni cánticos misteriosos.
La intención, le había dicho Kit una vez, era la clave para forjar un pacto.
Y bastaron la sangre y la intención para transferir los cincuenta preciosos años de Eda entre los dos, cuando la magia fluyó de uno a otro.
Kit se estremeció. Robin jadeó. Los ojos de la demonio se dilataron, enormes y negros como piedras de ónice.
—Ahora —susurró ella—. Hazlo ahora.
Eda tomó la espada. Se plantó ante Robin y sostuvo el arma contra su corazón. Notaba el suyo desgarrado. Sus lágrimas podrían haber llenado un río, un océano, haber inundado un reino.
—No sé si podré.
En silencio, Kit la abrazó por detrás. Le envolvió los dedos con los suyos.
Robin les rodeó las manos también.
—No estés triste, corderita. Yo no lo estoy. Pronto me reuniré con mi amor, dondequiera que esté. Solo prométeme que cuidarás de Viejo Cascarrabias, ¿quieres? Y de mi barco… Es tuyo, si lo quieres.
—Robin.
La anciana sonrió.
—Vive una vida hermosa por mí.
A sus espaldas, el sol empezaba a ponerse. La lluvia había dejado de caer. Los charcos brillaban entre los adoquines como la luz veteada de un bosque. Con la brisa otoñal agitando su cabello y una luz lechosa sobre los hombros, Robin parecía más divina que cualquier santa, pensó Eda.
La anciana tiró de sus manos para animarla. Eda cerró los ojos. Kit le prestó sus fuerzas, y juntos empujaron la hoja. Las lágrimas corrían por el rostro de Eda.
La espada se hundió hasta el fondo.
Robin lanzó un grito de sorpresa, mucho más suave de lo que Eda esperaba. Ella no se atrevía a mirar. Un temblor la recorrió: una sensación de calor casi imperceptible. «Mis años. Han vuelto».
Eda no se movió durante lo que se le antojaron horas. Seguramente fueron solo unos segundos. Kit estaba detrás de ella, rodeándola, prestándole firmeza donde ella flaqueaba. El demonio le pegó la mejilla, también húmeda.
Entonces, el peso sobre la espada se desvaneció.
Eda parpadeó entre lágrimas.
A sus pies solo había un montón de ceniza pálida. Parecía una figura: arrugada, hundida, como si alguien durmiera debajo, acurrucado. Mezclado con las cenizas estaba el vestido rojizo de Robin. Sus pendientes. Sus pulseras.
Otra ráfaga de brisa barrió la casa templo. El polvo se esparció por doquier, arremolinándose en el aire. Ellos se quedaron allí, mirando. Cuando la luz dorada inundó la nave e iluminó las cenizas danzantes, Eda se sintió como si estuviera presenciando un cariñoso adiós.