Capítulo 34 #2
—Volví porque me di cuenta de que lo único peor que enfrentarme a Baelion era enfrentarme a un mundo sin ti.
—Se inclinó hacia Eda como si no estuviera seguro de que ella se lo fuera a permitir.
Sus ojos titilaron muy cerca—. Creía saber lo que era amar algo.
Vuestros poetas y dramaturgos tienen mucho que decir al respecto.
Pero ahora comprendo que nunca he amado nada.
No de veras. —Frunció el ceño—. No como te amo a ti.
El corazón de Eda se encogió, latió errático y aleteó contra la jaula de sus costillas.
No debería sorprenderle que se lo dijera.
Lo había visto en la ternura de sus sonrisas, en el anhelo desbordante de sus ojos.
Lo había sentido en la pasión de sus caricias y en la vehemencia de sus besos.
Pero oírselo decir en voz alta era algo completamente distinto.
—Me quieres —repitió anonadada.
Y de súbito los dedos de Kit se deslizaron entre su cabello, con los pulgares resiguiendo el nacimiento de su pelo. Pegó la frente a la de Eda.
—Despréciame, si así debe ser. Maldice mi nombre.
Dime que me marche. Me iré. Haré cualquier cosa que me pidas.
Pero sí, Eda Shaw, rompedora de Portales, heroína de los humanos.
Si lo que siento no es amor, entonces nunca conoceré el significado de esa palabra.
Me siento… desgraciado por lo mucho que te necesito.
—Le lagrimeaban los ojos, se percató Eda con sorpresa.
Se le quebró la voz—. Solo pensé que debías saberlo.
Ella le besó.
Fue profundo el modo en que se fundieron juntos.
El mundo se redujo a sus pieles en contacto.
Sus respiraciones eran rápidas y entrecortadas.
Él la atrajo con ansia contra su cuerpo y se estremeció cuando ella entrelazó los brazos detrás de su cuello.
Su aroma la envolvió: vino y tormentas eléctricas.
Intercambiaron beso tras beso en el calor expectante del otro, dúctiles y necesitados.
Eda nunca había creído demasiado en la oración, pero se preguntó si sería esto lo que buscaban los fieles cuando rezaban.
Una hermosa sensación de pertenencia, una devoción ardiente.
—Eres un tonto —jadeó ella, despegándose por fin.
Las manos de Kit se tensaron contra su cintura. Se había transformado, advirtió ella: el cuerno le rozaba la coronilla.
—Obviamente. ¿Qué clase de cretino declara su amor entre sangre y vísceras? Te prometo que suelo ser más elegante.
Eda se rio. Kit sonrió mostrando ambos colmillos, con una expresión risueña en los ojos.
Le capturó el labio inferior una vez más y la besó con un ardor devastador que la hizo derretirse en él como cera ante una llama.
Sin embargo, justo cuando la felicidad de Eda amenazaba con hacerla levitar, él se apartó.
Su sonrisa se volvió pequeña y triste, si no melancólica.
La inquietud se apoderó de ella.
—¿Qué pasa?
—Una vez te dije que los demonios son codiciosos. Es cierto. Te retendría para siempre si pudiera. Si tú me lo permitieras. —Le temblaba la voz, desesperada—. Pero tú no posees la eternidad.
Fue como un chorro de agua helada en la espalda.
—Eso no importa. Lo hecho, hecho está. Yo fui quien te pidió que firmáramos el pacto, y lo volvería a hacer. Si solo me quedan unos pocos años, entonces… entonces serán años buenos. Siempre y cuando tú estés ahí.
La expresión de Kit no hizo sino desencajarse aún más.
—No deseo vivir en ningún mundo en el que tú no estés. ¿Crees que volveré a ser feliz alguna vez, después de saber lo que es ser tuyo? ¿Sabiendo que fui yo quien te envió a una muerte prematura?
—Kit…
—No me pidas que te vea morir.
—No entiendo lo que me dices.
Se apartó y recogió una espada de plata abandonada, con cuidado de tocar únicamente la empuñadura forrada de tela. Había quedado olvidada entre los bancos, en el mismo que el señor Noche había astillado con su furia. La hoja estaba partida por la mitad en un ángulo peligrosamente afilado.
—Solo hay una forma de que puedas recuperar tus años.
Le puso la espada en las manos.
Cuando se hizo la luz en la mente de Eda, fue como ser atravesada por un rayo.
Como un viento gélido que se le filtró en los huesos.
Eda agarró la empuñadura con dedos entumecidos y observó, horrorizada, cómo Kit se arrodillaba a sus pies.
Él la miró con infinita ternura. Un adorador ante su deidad.
Eda quería abofetearlo.
—No.
—Eda.
—¡He dicho que no! —Eda tiró la espada al suelo—. ¿Cómo has podido…? ¿Cómo has podido siquiera sugerir…? —Temblaba. Su respiración era rápida y superficial—. ¿Me estás pidiendo que te quite la vida?
—Sí.
Eda se enfureció ante su calma, ante su tranquila seguridad.
—¿Y pensabas que realmente lo haría?
—Debes hacerlo.
—No.
—Debes hacerlo, Eda. —Le aferró la mano—. Me sacrifico por voluntad propia.
—¡Basta ya! —Se zafó de sus dedos—. No he pasado por todo esto, por todo este… dolor y sufrimiento, solo para perderte al final. ¿Cómo te atreves? ¡Cómo te atreves siquiera a pedírmelo!
Él se puso en pie de un salto y la zarandeó con suavidad, lo justo para hacerla callar.
—¡No tienes elección, hermosa y obstinada criatura!
¿Lo entiendes? Si yo no muero, tú vas a perecer.
—Le enjugó la mejilla. Eda estaba llorando de nuevo.
Quizá algún día llenara un océano con su dolor—.
Morirás, Eda. No hoy ni mañana, pero sí muy pronto.
Tus hermanos tendrán que llorarte, yo tendré que llorarte.
No me digas que es eso lo que deseas. No me digas que te rendirías tan fácilmente.
Aún te queda todo el mundo por descubrir, ¿recuerdas?
¿Por qué ahora, cuando ella más la necesitaba, su naturaleza egoísta no se manifestaba? «Nunca sabrás lo que significa ser mortal hasta que te enfrentes a la inevitabilidad de tu propia muerte», le había dicho ella en la casa del cazador. Cuánto le gustaría poder retirar esas palabras.
—Dijiste que no volverías a dejarme.
Le temblaba la voz como la de un pájaro moribundo. Sé un cobarde, le suplicó con la mirada. Sé egoísta y temeroso si eso significa que no me obligarás a hacer esto.
—Uno tendrá que abandonar al otro, sea cual sea la decisión. Ahorrarme la muerte es condenarme a un destino más aciago. Tú misma lo dijiste: si no tengo nada por lo que vivir, ya estoy muerto.
Eda hundió el rostro en su cuello y sollozó. Era tan incapaz de detener las lágrimas como lo sería de contener una inundación.
— V-va kesh din —aulló.
Palabras susurradas en la oscuridad, cuyo significado solo ahora resultaba obvio.
Él tomó el rostro a Eda entre las manos. La obligó a mirarlo. La adoración atrapada en su sonrisa era más sagrada que cualquier cosa que ella hubiera visto en las obras de los mortales.
—Como yo te amo a ti.
Kit le envolvió los dedos en la empuñadura de la espada rota. A continuación la besó, un beso profundo como un océano y ardiente como una pira. En ese beso, ella escuchó todo lo que él no dijo. «Te amo», proclamaba cada roce desesperado. «Te amo, te amo, te amo».
Se detuvieron. Sus labios se rozaron. Él se apartó despacio.
—Todo está en orden, querida. Moriré más rico de lo que mi hermano jamás podría soñar, porque alguien me recordará con amor. —Su voz se redujo a un murmullo—. Eso no se puede negociar.
Sujetando las manos de Eda, Kit hundió la punta dentada de la espada en su corazón. Su camisa ya estaba rasgada; la hoja se hundió sin obstáculos en la carne desnuda. La sangre brotó alrededor de la punta. Al verlo, Eda dejó escapar un grito de dolor. Sacudió la cabeza, intentó apartarse.
—No pasa nada —la tranquilizó él, como si fuera ella la que estaba necesitada de consuelo—. No pasa nada. Te ayudaré.
—Kit.
—Lo sé.
—¡Kit!
Sus manos la sujetaban con fuerza. Sus ojos brillaban con un resplandor casi dorado mientras la devoraba con la mirada: lo último que vería jamás. Ella sintió cómo se tensaba, preparándose para clavar la espada…
—Ya basta— dijo una voz aguda.
Se quedaron paralizados.
Eda observó la silueta oscura que se acercaba bañada por el sol moribundo. Entonces la vio.
—¿Robin?
La anciana se detuvo y apoyó las manos en las rodillas, jadeando.
—Me alegra comprobar que aún te quedan algunas facultades intactas. Baja la espada, muchacha.
Eda lo intentó. Kit no se lo permitió.
—Eso no te corresponde decidirlo a ti, Robin.
—No, en efecto —jadeó—. Pero, por todos los años que hace que nos conocemos, y por todo el bien que ha hecho esta joven, te debo otra solución. —Enderezó la espalda—. El diablillo fue a buscarme. Atraqué en la ciudad, tan adentro como me atreví. No estaba segura de llegar a tiempo.
La mirada de Eda iba y venía de uno a otro. Notaba la mente aturdida, paralizada por la avalancha de acontecimientos.
—¿Cómo… cómo has entrado? Los Aceros vigilan las puertas.
—Del mismo modo que tú cuando llevabas el manto, oculta a plena vista —dijo Robin—. ¿Crees que nunca uso encantamientos en mi propio beneficio?
Cogió su sencillo colgante de oro y lo agitó ante ellos. Eda nunca la había visto sin él; ahora entendía por qué. «¿Lo usa para ocultarse? ¿Funciona igual que el manto? Pero yo puedo verla perfectamente».
—¿Está bien Lawrie?
—Duerme mucho, pero está estable. Ahora depende de él.
Kit se relajó lo suficiente como para soltar a Eda. Sujetaba la espada con una fuerza letal.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué solución?
Robin se acercó lo suficiente para poder apartar el cabello manchado de sangre de la cara de Eda.
—Tiene razón, Eda Shaw. Debes matar a quien retiene tus años, o de lo contrario nunca los recuperarás.
—Sus ojos oscuros reflejaban solemnidad—.
Pero Kit’rath es joven y no tiene experiencia en las antiguas artes mágicas.
No conoce la antigua tradición de los pactos, por mucho que él y los suyos alardeen de usarlos. Yo sí. Y hay un resquicio legal.
Eda se llevó las manos al pecho.
—Habla claro, Robin, te lo ruego.