Capítulo 34
TREINTA Y CUATRO
E l mundo se había difuminado.
Los Aceros se desperdigaron por el altar. El gran mariscal Tiernan y el alto gobernador Wolfram hablaban con Tenelle en voz baja. Eda notó la mano de Ben en el codo. La sujetaba, pero era una sensación lejana y confusa, como si estuviera soñando despierta.
Lo único que veía con claridad era la cabeza del señor Noche, a unos metros de su cuerpo. Tenía la boca abierta como en un gruñido quedo, los ojos pálidos y opacos cual niebla matutina. Ya se estaba desintegrando, como si estuviera hecho de arena.
«Muerto. Está muerto, y somos libres. Lawrie podría sobrevivir».
Al otro lado del altar, lo que quedaba de Florian Fane fue rápidamente cubierto con un abrigo abandonado; por respeto al difunto obispo o para ahorrarles a todos la espantosa imagen, Eda no estaba segura.
Los Shaw no morirían esa noche. Ni a manos del obispo ni del demonio que fuera su amo. Eda había imaginado ese momento durante mucho tiempo, esperando sentir una extraña mezcla de melancolía y alivio eufórico. En cambio, solo tenía ganas de acostarse y dormir cien años.
Notó un hormigueo en el cuello. Se dio la vuelta.
Kit estaba de pie, apoyado sobre la pierna derecha y presionándose con la mano la herida del vientre.
Estaba magullado y ensangrentado. Tenía el jubón rasgado, el pelo revuelto.
El estado de Tenelle no era mucho mejor.
Usaba su espada como bastón para caminar mientras hablaba con él, con el brazo inmovilizado en un cabestrillo improvisado.
Kit asentía, escuchando, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Eda.
Los demás Aceros evitaban acercarse a él.
Había tenido el buen tino de adoptar su forma mortal, y nadie hizo ademán de atacarlo.
En cambio, todos se apiñaban en torno a los restos ceniciento del señor Noche, como si fuera a recomponerse y ponerse en pie de nuevo en cualquier momento.
—Reacciona —le dijo Ben.
Wolfram y Tiernan se acercaron. Eda enderezó la espalda.
—Eda y Benjamin Shaw. —Wolfram se comportaba, ni más ni menos, como si aquello fuera una simple reunión de negocios—. Les presento al gran mariscal Tiernan. La comandante Tenelle y yo le hemos comunicado los aspectos necesarios sobre su implicación.
Le lanzó a Eda una mirada elocuente. Ella le entendió. «Por favor, gobernador. Como si fuera a contar a este hombre lo de su pacto demoniaco».
—Me han puesto al corriente de que el obispo Florian les utilizó a los dos como chivos expiatorios —dijo Tiernan—. Que este Portal nunca fue suyo y que no poseen ningún poder sobre los infernales. ¿Es correcto?
Los dedos de Ben se crisparon alrededor del brazo de su hermana.
—Así es, mariscal —respondió.
—Sin embargo, son culpables de haber escapado de la custodia de la Orden. Según tengo entendido, usted y ese demonio de ahí, señorita Shaw, fueron cómplices de la huida.
Eda no tenía ni idea de qué significaba esa actitud tranquila combinada con una mirada tan avinagrada. ¿No deberían haberles puesto ya los grilletes?
—Yo… Sí, señor. Mis hermanos eran inocentes. Sentí que tenía que…
—Sus sentimientos no tienen ninguna relevancia en cuestiones legales.
—Frunció los labios—. No obstante, el alto gobernador ha dejado claro que la destrucción del Portal y la muerte de los responsables del terror en nuestras calles no habrían sido posibles sin ustedes.
Insiste en que se retiren todos los cargos contra usted y su familia. Mis inclinaciones son distintas.
Eda esperó, sin aliento. Wolfram tenía las manos unidas a la espalda.
Tiernan suspiró.
—Por desgracia, parece ser que estoy en minoría.
Se está corriendo la voz sobre la supuesta hazaña que usted y su hermano han protagonizado hoy, y no deseo agitar aún más los ánimos de la ciudad.
Han sido unas semanas difíciles para todos.
Su familia podrá circular libremente por Blackbridge.
Pero —les advirtió mientras ella y Ben intercambiaban miradas atónitas—, ese demonio ha matado a muchos Aceros.
Debe desaparecer antes del atardecer o me encargaré de que corra un destino mucho peor.
Y si me entero de cualquier otra relación con lo demoniaco por su parte, jóvenes Shaw, serán sometidos a un juicio rápido y severo. ¿Me han comprendido?
Asintieron a toda prisa.
A continuación se marchó para dar instrucciones a los Aceros.
El cuerpo desmoronado del señor Noche sería llevado a la fortaleza de Fell, donde lo incinerarían junto con lo que quedaba de los infernales muertos y del Portal destruido.
Ya habían trasladado allí al Patriarca por su propia seguridad, y los clérigos pronto le acompañarían.
Wolfram observó el ajetreo con una ceja enarcada.
—Diría que los dos os habéis librado por los pelos.
—Gracias a usted. —La mirada de Eda se posó en la figura oscura que acechaba en la esquina—. No me puedo creer que les haya convencido de que no maten a Kit.
—Eso ha sido obra de Tenelle. Ella convenció a Tiernan de que Kit’rath no supone ninguna amenaza, pero creo que su espectacular demostración de fratricidio fue lo que más pesó.
Todos siguen en estado de estupor. Tiernan pronto dejará de sentirse tan magnánimo, y Kit’rath debe abandonar Blackbridge antes de que eso ocurra.
Eda bajó la voz.
—¿Y qué hay de su… acuerdo?
—Debo proporcionarle dinero, un hogar y provisiones en Blackbridge, siempre y cuando mantenga el cargo de alto gobernador, pero no hay ninguna cláusula que le obligue a hacer uso de ello.
Mientras Kit’rath no quiera mi dinero, técnicamente estoy libre de mis obligaciones.
—Esto complacía a Wolfram; sus hombros se relajaron con un silencioso alivio—.
No echaré de menos mi relación con él. En cuanto a ti, sin embargo…
, bueno. Tu integridad es incuestionable, señorita Shaw.
Si alguna vez deseas trabajar en los tribunales u ocupar un alto cargo, escríbeme.
Esta ciudad necesita más gente como tú al frente.
Ella intentó no aturullarse de manera visible ante la oferta.
—Gracias, alto gobernador.
—¿Y si le dijera que a la muchacha le iría mejor con los Aceros? —Tenelle apareció al lado de Wolfram y observó las magulladuras en el cuello de Eda—. La integridad le servirá de poco cuando tenga que enfrentarse a las intrigas y difamaciones de los círculos políticos.
—Qué buena opinión tiene de mí, Martine —dijo Wolfram.
—No me refería a usted específicamente, gobernador.
—Por supuesto. —El hombre le lanzó una mirada cáustica y luego les dedicó una reverencia de despedida—. La gente ya se ha dispersado en su mayoría, pero los rumores van a correr como la pólvora. Tengo que preparar un discurso público antes de que las octavillas hagan de las suyas. Si me disculpan.
—Yo serviría de poco como Acero, comandante —dijo Eda una vez que el hombre se hubo marchado—, aunque tuviera fuerza para levantar una de esas espadas como es debido. Ben sí sería un buen activo. No habría podido hacer esto sin su ayuda.
—Hum. —Tenelle estudió a Ben con expresión perspicaz, y él enderezó la espalda—. Es posible que tengas razón. Pásate por la fortaleza de Fell cuando te hayas recuperado, joven, y pregunta por mí. A ver cómo te va.
La sonrisa insegura de Ben era de pura alegría. Todos sus rasguños y moratones palidecieron al lado del gesto.
—Gracias, comandante.
—Los caballos —añadió Eda—. A Ben le gusta trabajar con caballos, ¿verdad? Le iría bien en el regimiento de caballería.
Sintió el calor de la mirada asesina que Ben trataba de reprimir. Advirtió la sonrisa escéptica de Tenelle.
—Solo es una sugerencia.
—Ya veremos. —Tenelle los miró de arriba abajo—. A los dos os vendrá bien un buen descanso. La Gran Casa Templo permanecerá acordonada por ahora. Acompañadme. Los sanadores os atenderán en la fortaleza.
Eda vio al último de los Aceros retirando los restos del Portal a través de las puertas de la capilla. El altar estaba vacío, salvo por el oscuro río de sangre que se secaba sobre la piedra.
Ben siguió a Tenelle. Eda no.
—Yo… —Echó un vistazo a la oscura silueta de Kit—. Necesito un momento.
El gesto de Tenelle se crispó.
—Asegúrate de que se haya marchado antes del anochecer.
Ben se limitó a lanzarle a Eda una mirada elocuente antes de seguir a la comandante por las puertas de la capilla. Y así, sin más, se quedó sola.
O casi.
—Has regresado. —Eda se detuvo al pie de las escaleras del altar—. ¿Por qué?
El sol de la tarde se abría paso entre las nubes.
La luz se derramaba en el interior del templo en un torrente de miel que le calentaba la espalda.
En el exterior, el murmullo sordo de las especulaciones ya se estaba apoderando de la ciudad, demasiado lejos de la entrada como para que pudieran verles bien.
Por fortuna, los Aceros mantenían a raya las miradas curiosas. Allí dentro reinaba el silencio.
Kit emergió a la luz.
—Ya sabes por qué.
A Eda se le encogió el corazón al recordar el desprecio del señor Noche: «Estás enamorado de ella».
—Entonces ¿por qué te fuiste?
—Por la misma razón.
—No me hables con acertijos. ¿Esperas que me rinda a tus pies? No lo haré. Tú me dejaste. El hecho de que hayas vuelto no cambia eso.
—Lo sé.
Kit se acercó despacio hasta que estuvieron cara a cara. Sus ojos brillaban como antorchas, pero la expresión de su rostro era de un sufrimiento dolorosamente humano.
—Me fui porque tenía miedo de enfrentarme a Baelion; es cierto. Pero me asusté más cuando me suplicaste que lo hiciera, porque me di cuenta de que sería capaz. Por ti.
Le estudió el cabello, los labios, la curva de la mejilla.
—De modo que hui. Tenías razón, mir’han . Soy un cobarde.
Eda intentó retractarse, pero él la interrumpió.