Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

TREINTA Y TRES

E strictamente hablando, no fue solo un puñetazo. La ferocidad con la que Kit golpeó a su hermano hizo que Eda se estremeciera: el crujido de los huesos, la salpicadura de sangre. La cabeza del señor Noche se ladeó con brusquedad. De hecho, el demonio trastabilló.

Por un momento, permaneció inmóvil, con el rostro oculto tras el cabello níveo.

Cuando giró la cabeza, sus ojos ardían.

—Vaya, vaya. —Escupió un diente—. El señorito está enfadado. Este golpe casi lo he notado.

Kit permanecía de pie con las piernas muy separadas. Agitaba la cola de lado a lado, pero sus hombros estaban tensos e inmóviles como picos de montaña. Cerró las garras con tanta fuerza que brotó sangre entre sus dedos. El anillo brillaba por su ausencia.

—Largo tiempo has esperado una ocasión para matarme, Baelion. Aquí la tienes.

Realmente la tenía, comprendió Eda con horror. Kit debía de haber reparado en que el glifo y los alquimistas mantenían a su hermano encerrado: una trampa diseñada para un demonio. Y ahora él también estaba atrapado.

El señor Noche se apartó el pelo de la cara. La sangre le manchaba la boca; se relamió.

—¿Matarte? No, Kit’rath. Quiero arrancarte las tripas.

Sus pupilas se dilataron con una emoción demencial que lo transformaba en algo inconcebible. Este no era el señor Noche que ella creía conocer. Estaba viendo su verdadera naturaleza. Este era Baelion.

—Quiero despedazarte miembro a miembro. Oírte llamar a nuestra madre como si fueras el bebé llorón que ella tanto adoraba.

Entonces, tal vez, te concederé la muerte.

Ah, pero tú ya lo sabes. Por eso te escondiste de mí.

—Su mirada de magma se deslizó por encima del hombro de Kit—.

No me puedo creer que una gishrat humana sea la fuente de ese coraje recién descubierto.

Lo que sea que significara gishrat no sonaba como un cumplido.

Kit no respondió.

—Puedes quedarte todo lo que por derecho me pertenece. Pero ella no es para ti.

Clavándole la mirada a Eda como un sabueso a un conejo, Baelion avanzó un paso.

Kit le espetó:

—¡No la toques!

Baelion se detuvo. Parpadeó, atónito. Lentamente, se echó a reír.

—No. ¡No! No puede ser. —Siguió riendo a carcajadas. Su boca se alargó alrededor de sus colmillos en una extraña mueca de marioneta. Frunció el ceño como si le doliera. Sin embargo, su hilaridad era muy real—. Pobre desgraciado. Estás enamorado de ella.

A Eda se le cortó el aliento.

Kit se transformó en una estatua de piedra, solo que infinitamente más frágil. Hasta su cola permanecía inmóvil, y un solo golpe podría haberlo roto en mil pedazos. Eda deseó con toda su alma poder verle el rostro.

«Estás enamorado de ella».

Baelion hizo crujir los nudillos.

—Este mundo siempre te ha suscitado un interés obsceno. Qué apropiado que mueras aquí. Pero antes mataré a la dulce Eda, ¿te parece bien? Para que puedas mirar.

—No lo harás.

—¿Y quién me va a detener? ¿Tú? Recuerdo muy bien que te orinaste encima cuando te cortamos el cuerno mientras llorabas como un bebé. —Empezó a caminar de un lado a otro—. Incluso ahora puedo oler tu miedo. Me temes, hermano.

—No tanto como tú a mí, hermano —replicó Kit con voz queda—.

Sabes que, si las cortes pudieran elegir, me nombrarían archiduque.

Podrías haberme dejado en el mundo humano para siempre.

Pero no soportabas la idea de que algún día pudiera desafiar tu autoridad.

Siempre te has sentido amenazado por mí, Baelion.

—Bajó la voz—. Pues ahora tienes jodidos motivos.

Baelion se abalanzó sobre él con un gruñido.

—¡Apártate! —le gritó Kit a Eda al tiempo que saltaba para rechazar el ataque de su hermano.

Eda gateó para ponerse en pie. Se arrastró por detrás del Portal y su pie tropezó con algo. «¡El martillo!». Lo agarró con una mano sudorosa y lo sujetó contra su pecho. «Pero ¿dónde está el cincel?».

Buscó por los alrededores del espejo.

Los dos demonios eran un torbellino blanco y negro que se movía a velocidad vertiginosa.

Terribles gruñidos animales reverberaban en las paredes del templo.

Kit se transformó en una enorme serpiente y atacó; su hermano lo apartó con un golpe que arrastró el cuerpo enroscado por el suelo.

Kit cambió de forma justo cuando Baelion descargaba un puñetazo en el sitio que acababa de desocupar; la piedra se agrietó.

Cuando Kit se alejó volando en su forma de pájaro, una furiosa oleada de humo color medianoche se retorció y se enroscó a su zaga.

Y allí, en el otro extremo del altar, todavía manchado de sangre demoniaca, brillaba el cincel.

Eda apretó los dientes y se abalanzó a por él.

El torrente oscuro cambió de rumbo de inmediato para descender sobre ella con tortuosa furia.

El pájaro viró a fin de interponerse en su trayectoria.

Eda se agachó con un grito ahogado mientras los dos pasaban por su lado, tan cerca que le revolvieron el cabello.

Les oyó estrellarse contra el suelo. Un grito de dolor.

Un rugido feroz. Sin atreverse a mirar, aferró el cincel.

Ben la agarró.

—Déjalo, Eda.

—Se debilitará si destruimos el espejo.

—¡Kit también!

—Lo sé. —Se volvió hacia Tenelle, que se apoyaba pesadamente en un joven Acero—. ¿Puedes cubrirme?

—Sí, pero hazlo rápido. Los alquimistas están fatigados.

Tenía razón. En la galería, las dos figuras vestidas de azul, visiblemente pálidas y encorvadas, movían los labios con lentitud sin dejar de susurrar ensalmos.

El tapete que atravesaba el altar se había arrugado con la refriega, y las líneas del glifo habían perdido fulgor: ahora parpadeaban como una luciérnaga moribunda.

Si Baelion decidía escapar, perderían una oportunidad única. Y Lawrie moriría.

Eda cogió la mano de Ben.

—Ayúdame.

Él asintió.

—Siempre.

Echaron a correr.

Baelion levantó la cabeza de golpe. Se precipitó hacia ellos, pero una lluvia de flechas reforzadas con plata le cortó el paso.

Kit lo agarró por un cuerno y tiró de él.

Baelion rugió. Girándose, clavó las garras en las entrañas de Kit.

El demonio más joven trastabilló aferrándose el estómago. La sangre fluyó.

«¡No!». Eda estuvo a punto de tropezar. Habían llegado al Portal, pero apenas recordaba qué hacían allí. Solo veía a Baelion estampando a Kit contra el suelo. El glifo titiló.

«No mires. No le mires. Concéntrate en el espejo».

—Eda —le estaba diciendo Ben—. Toma, deprisa.

Cogió el cincel y el martillo, y a cambio le entregó su espada. Ella la tomó con dedos entumecidos.

La cola de Kit se agitaba con frenesí. Mostró los colmillos ensangrentados mientras su hermano lo estrangulaba y la sangre brotó bajo las afiladas garras. Kit se estremeció entre varias formas distintas, pero Baelion apretó con más fuerza y ninguna se materializó.

Inclinado sobre Kit, con las greñas cayéndole sobre la cara como una enmarañada cortina de seda, el demonio mayor sonrió.

—Vive como un mortal si eso es lo que deseas, Kit’rath, y muere como tal.

Con un frío repentino, Eda se dio cuenta de que Baelion sostenía una de las flechas con la punta plateada. Ahora la dirigía hacia el corazón de Kit.

Eda no pensó. Corrió.

Nunca supo lo pesada que podía ser una espada hasta que finalmente la enarboló. Sus músculos protestaban. El dolor le hacía temblar los huesos. Pero el peso era más ligero que su desesperación. Con un grito, descargó la espada.

Baelion se giró para enfrentarse a ella. Sus ojos destellaron.

Soltó la flecha y le arrancó la espada de la mano. Eda sabía que lo haría, pues no albergaba esperanzas de sorprenderlo dos veces. Enredándole las piernas con la cola, Baelion la hizo caer. Eda jadeó, aturdida. El demonio apenas la miró antes de volverse de nuevo hacia su hermano.

Le había ofrecido a Kit un mero instante.

Fue suficiente.

Kit levantó el brazo a toda prisa. Baelion se estremeció.

El mundo pareció ralentizarse. Todo transcurría a cámara lenta mientras Eda avistaba la flecha plateada que sobresalía del cuello de Baelion. Kit mostró los colmillos y la retorció. La sangre fresca brotó a borbotones.

Baelion se atragantó: un horrible sonido húmedo. Retrocedió y se puso en pie tambaleándose. Aferrando la flecha, se la arrancó con un rugido incoherente.

Crac .

Eda se volvió a mirar.

Ben estaba de pie junto al Portal con el martillo en ristre.

Los ojos de Baelion se abrieron de par en par.

—Tú… Vhesan isak…

Escupió sangre.

Crac.

Con un gruñido, Baelion se tambaleó hacia delante. Trataba de alcanzar el espejo antes de que la puerta a su mundo, la fuente misma de su poder, se cerrara para siempre.

CRAC .

El Portal estalló.

Eda apartó la cara para evitar los cristales de obsidiana que volaban por doquier.

Un viento huracanado azotaba los bancos.

Las vidrieras estallaron en pedazos. Los Aceros lanzaron exclamaciones.

El glifo chisporroteó y se apagó al tiempo que una oscuridad primigenia se apoderaba del templo, el aullido de una tormenta antigua e incognoscible. Y de repente todo terminó.

En la quietud que siguió, Baelion se bamboleó. Cayó de rodillas.

—No —susurró—. No.

Las quemaduras negras y la sangre desfiguraban su rostro de mármol, pero fue su expresión lo que más perturbó a Eda. Por primera vez en su vida, vio miedo en sus ojos.

Kit se plantó tras él empuñando la espada de Eda.

Ella recuperó la voz.

—No eres mortal, Baelion Ansellis. Pero morirás como uno.

El demonio la miró.

Kit descargó la hoja directamente en el cuello de su hermano.