Capítulo 32 #3
—No soy mejor —dijo Eda. Le dolía la garganta al hablar—.
Soy exactamente igual que todos los demás.
No hay nada malo en eso. —Intentó apartarse.
Él no se lo permitió—. No te duele, señor Noche.
Dejaste que se llevaran a Ben y a Lawrie y permitiste que el obispo pusiera a todo Blackbridge en mi contra.
Para ti todo es un juego. Mi vida es un juego.
Ni siquiera te importan los últimos diez años que nos quedan por pagar; para ti no implican nada.
—En eso te equivocas, pequeña. Por mucho que uno tenga, siempre ansía más. Pero tú no ves más allá de tus narices. Un defecto que puedo perdonar fácilmente, pues te tengo cariño. Lo creas o no.
—Así pues, ¿tu codicia es una virtud, pero la codicia humana es un vicio?
—Eda se avergonzó al darse cuenta de que estaba llorando.
No por él, sino por sí misma. Por la versión de sí misma que una vez creyó sus palabras melosas—.
Me tienes cariño como se le tiene a una mascota, a un oso bailarín al final de tu correa.
Y cuando ya no sea divertida, cuando ya no sea útil, ¿qué pasará entonces?
Él parecía sorprendido por el resentimiento de Eda.
—Dime que no pretendes matarnos si no te entregamos tus años antes del anochecer.
El señor Noche le enjugó una lágrima con la garra. La marca carbonizada que le cruzaba el ojo se arrugó cuando frunció el ceño.
—No siento ningún afecto por los patanes de tus hermanos, pero tú…
tú siempre me has mostrado respeto, y además posees un temple admirable.
Siento tentaciones de perdonarte la vida.
Mantenerte a mi lado. Si siguieras trayéndome años por tu propia voluntad, no te faltaría de nada.
Seguirías siendo útil y, en consecuencia, no podría cansarme de ti.
—Pegó la nariz a la de Eda hasta que la punta del cuerno se le hundió con crueldad en la mejilla—.
Siempre y cuando recuerdes cuál es tu lugar.
La empujó.
El señor Noche dio media vuelta y se encaminó al borde del glifo. Se plantó delante de los Aceros que observaban la escena y abrió los brazos de par en par.
—Ninguno de vosotros, necios petulantes, podría matarme. ¡Ni aunque lo intentarais mil años! No me retendréis aquí mucho tiempo. Vuestros endebles alquimistas se agotarán, y yo seré libre. ¡Entonces os arrancaré la columna vertebral por el trasero!
El aire se estremeció. Los Aceros dieron un paso atrás, con las ballestas temblando. Él se rio y dijo algo en un infernal gutural.
«No puede hacerme daño sin perder mil años».
Pero Eda tampoco podía hacerle daño a él.
Si los Shaw lastimaban al señor Noche o a su Portal, él sería libre de matarlos sin consecuencias.
Era una condición explícita del pacto que habían firmado.
Pero él tenía que morir. Si no lo hacía, perecería Lawrie.
Los Aceros podían disparar sus flechas y lanzar sus redes hasta agotarlas, pero ¿cómo se hiere a un ser capaz de convertirse en humo viviente?
«Píllalo por sorpresa».
Eda ya estaba cruzando el altar a la carrera antes de darse cuenta de lo que se proponía.
—Sé cuál es mi lugar, Baelion.
Él se dio media vuelta.
Eda le clavó el cincel en el pecho.
El señor Noche bramó. Al instante siguiente, Eda volaba por encima de la tarima.
Su espalda golpeó el Portal con una fuerza impactante; cayó al suelo como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Oyó gritos, pero no podía enfocar la mirada.
El dolor se apoderó de todo su cuerpo. Notó el sabor de la sangre.
La silueta borrosa que era el señor Noche se arrancó el cincel del pecho con un gruñido de agonía; sus manos proyectaban humo.
El cincel repiqueteó contra el suelo. Se tambaleó de dolor, pero saltaba a la vista que la herida no era lo bastante profunda.
El demonio se encaminó hacia ella con una expresión que le revolvió las entrañas: pura y abrasadora ira negra.
Sacudió la cola al modo de un látigo. Dobló las garras.
En sus ojos ardientes, Eda vio su propia muerte.
Ben se apresuró tras él. Tenelle le ordenó que se apartara. Las ballestas se aprestaron a disparar.
«Idiota —pensó Eda con desesperación mientras la sombra del señor Noche se cernía sobre ella. El espejo le presionaba con fuerza la espalda—. Ben, eres idiota. Márchate. No mueras aquí también».
En un último y desesperado intento por ganar un instante más, escupió:
—¡Vhesak’din!
«Que te jodan».
El señor Noche se detuvo en seco, atónito. Hacía un instante la miraba desde arriba, horripilante como un necrófago, cada uno de sus afilados ángulos iluminado por el glifo.
Ahora, una forma oscura se interponía entre los dos.
El señor Noche reculó. Los Aceros gritaron asustados. Ben se detuvo en seco.
La figura acuclillada se enderezó, y el corazón de Eda dio un doloroso vuelco. Le reconocería en cualquier parte.
— ¿Kit?
Un ojo reluciente se volvió a mirarla. Su cuerno roto reflejaba la luz gélida, proyectando sombras sobre su rostro. Era imposible saber qué estaba pensando.
—Hermanito. —El señor Noche lo miró fijamente. Una expresión de estupor poco habitual en él mudó con rapidez en un deleite espantoso—. Después de todos estos años, ¿te atreves a plantarme cara? ¿Ahora?
Kit seguía mirando a Eda cuando dijo con voz queda:
—Por fin tengo algo por lo que merece la pena luchar.
Y le propinó al otro demonio un puñetazo en la cara.