Capítulo 32 #2
Ben la llamó, pero ella hizo caso omiso.
Con el corazón en un puño, remontó a la carrera los peldaños del altar, pasando junto a los cuerpos indiscernibles y las espadas relucientes.
Agarró el cincel y el martillo de plata.
Se acercó al Portal trastabillando. Por el rabillo del ojo, vio a Tenelle esquivar por los pelos un golpe del señor Noche capaz de decapitarla, con el rostro empapado en sudor.
La sangre de Eda rugía. La carnicería que se desplegaba a su espalda era apenas un murmullo, como si estuviera bajo el agua. Apoyó el cincel sobre la lisa obsidiana e hizo amago de golpear…
Algo la lanzó por los aires.
Aterrizó con un trompazo. El martillo salió disparado.
La agarraron por el cuello y Eda golpeó a ciegas con el cincel hasta que alcanzó un hombro huesudo.
Su atacante gruñó de dolor, pero solo apretó con más fuerza mientras se arrastraba sobre ella.
La visión de Eda se aclaró lo suficiente como para que distinguiera el rostro inflamado y furibundo de Fane.
—Puta —le escupió—. Zorra entrometida y estúpida. Te mataré. ¡Te mataré!
Sus pupilas eran enormes y negras. Cada músculo de su cuerpo se tensó mientras se esforzaba por estrangularla.
El obispo mantenía los brazos extendidos a fin de que no le alcanzaran los golpes de Eda.
El cincel le rozó la barbilla una vez, dos.
Pero él no la soltaba. Desesperada, Eda se lo clavó en las costillas.
Notó cómo la piel se rompía y cedía. Le oyó gruñir de dolor.
Pero él apretó los dientes y resistió. La afable máscara de templanza tras la que antes se ocultaba Florian Fane le había abandonado por completo.
«Es el rostro de un monstruo —pensó ella enloquecida. La oscuridad se extendió por los márgenes de su visión—. Ahora todo el mundo puede verlo».
Justo cuando el dolor en los pulmones se imponía a todos los demás sentidos y sus brazos cayeron inertes y pesados, alguien apartó a Florian. Eda jadeó. Tosió. Rodó hacia un lado, desesperada por coger aire.
El señor Noche se erguía sobre ella. Tenía a Florian agarrado por el cuello.
—¡No puedes matarme! —jadeó el obispo, arañando el puño del demonio—. ¡Te entregué tres mil años!
—Así es. Y solo por eso te habría dejado en paz, Florian Fane, si no fuera porque te plantaste aquí, en la mismísima casa de tu preciado dios, y me llamaste mentiroso —le espetó el señor Noche con desprecio—.
Nuestro pacto ha concluido. Al igual que tu utilidad.
Pero aún puedes ofrecer algo a aquellos que acataron tus órdenes con tanta lealtad, ¿cierto?
Su hambre es insaciable. —Sujetó al obispo con fuerza mientras se acercaba un infernal con la boca chorreando baba rosada—.
Al fin y al cabo, tú pediste miedo a cambio.
Fane vio al infernal. Gritó, forcejeó, arañó, pateó.
El señor Noche permaneció firme como una roca e igual de impasible.
Solamente lo soltó cuando el engendro aferró la pierna del obispo.
Fane cayó aullando como un cerdo degollado.
El infernal sacudió la cabeza con deleite.
La sangre salió disparada. Otra de las bestias, atraída por el forcejeo, hundió las fauces en el hombro de Fane.
Los dos infernales tironearon como perros que se pelean por un hueso.
La carne se desgarró. Los tendones se rompieron.
Los gritos del obispo se convirtieron en borboteos, sus ojos se desorbitaron antes de quedarse en blanco.
Las entrañas de Fane se desparramaron y la sangre corrió como ríos sobre las líneas brillantes del glifo.
Eda no apartó la mirada.
Unos dedos fríos le sujetaron la barbilla. El señor Noche la obligó a mirarle.
—¡Eda!
Ben estaba de pie en el borde del glifo empuñando la espada de plata. Su rostro era la pura expresión del terror.
A su lado, Tenelle sangraba. Se sujetaba el brazo como si fuera un peso muerto. Gritó a los soldados que quedaban:
—¡No disparéis!
Eda no estaba segura de poder moverse. Había empleado toda su energía en la pelea con Fane.
Si el señor Noche quería hacerle daño, ¿cómo iba a defenderse?
El pacto le obligaba a no lastimarla, a menos que deseara perder mil años como compensación.
Pero ¿sería eso suficiente para detenerlo? Fane le había dado más.
Él la ayudó a ponerse en pie. Eda se aferró a su mano por instinto.
Se miraron: ella con temor manifiesto, el señor Noche sin expresión.
Sus heridas estaban enrojecidas e inflamadas, y respiraba con dificultad por la nariz.
«No eres intocable al fin y al cabo», pensó Eda mientras temblaba como un conejo en sus brazos.
—Querida Eda. Me esperaba la debilidad de carácter del obispo. ¿Pero la tuya? —Sus garras se clavaron en su cintura—. Confieso que me duele que conspiraras contra mí. Creía que nos entendíamos. Tú eras mejor que todos ellos.
Todos ellos. Los humanos. Los mortales.