Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

TREINTA Y DOS

T enelle fue la primera en reaccionar.

Blandió la espada contra el señor Noche, que empujó a Fane con todas sus fuerzas. El obispo cayó al suelo, pálido y en estado de estupor, mientras el demonio esquivaba hábilmente el golpe de la comandante. Agarró el brazo que empuñaba la espada y se lo rompió de un tirón.

El aullido de Tenelle atravesó a Eda como una lanza.

Los gritos reverberaban por toda la nave.

A pesar de su postura encorvada y del horrible dolor que la embargaba, Tenelle asestó un fuerte puñetazo con su mano sana.

El señor Noche pareció sorprendido por la rapidez de su represalia; apenas logró esquivarlo a tiempo.

Ella intentó propinarle un cabezazo, pero el demonio la tiró al suelo como si apartara a un perro rabioso.

Le plantó una bota en la espalda para inmovilizarla.

Unos ojos de mercurio evaluaron a la concurrencia, que le observaba horrorizada.

Algunos huyeron, pero la mayoría de ellos se limitaban a aferrarse unos a otros cual conejos atrapados en la mirada de un zorro.

Como una brújula que vuelve al norte, la mirada del demonio apuntó implacable a Eda. Ella se quedó paralizada.

Los Aceros se abalanzaron al altar. Tenelle gritó:

—¡Alto!

Tenía el rostro pegado al tapete escarlata, los dientes al descubierto. Los soldados se detuvieron indecisos.

«Ella quiere que todos lo vean».

El señor Noche les hizo caso omiso.

—Florian, Florian… Imagina mi sorpresa al descubrir que, en lugar de asegurarte de que pudiera usar el Portal principal, permitiste que fuera destruido.

—La voz del señor Noche sonaba serpentina y aguda, como uñas sobre pizarra—.

Y ahora te plantas en esta reunión de sucios campesinos, dispuesto a destruir lo que es mío.

¿Serías capaz de dejarme aquí atrapado, en este mundo maloliente?

Fane se enderezó trastabillando.

—Yo… no sabía que el otro Portal… —Sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de que era el centro de atención estupefacta del templo al completo—. ¡No puedes hablar de…!

—¿Te refieres a nuestro pacto? —A pesar de su semblante impávido, Eda tuvo la clara impresión de que el señor Noche se burlaba de él—.

Fuiste lo bastante astuto como para estipular que no pudiera hablar de ello.

Pero no tuviste en cuenta la cláusula catorce: «El abajo firmante acepta la expiración de todas las condiciones y enmiendas una vez cumplido el pacto».

Y puesto que has reunido con bastante diligencia mis tres mil años justo a tiempo para la cosecha de otoño, el acuerdo está saldado.

En otras palabras… —Extendió los brazos, sonriendo—. Ya puedo hablar de ello.

«Resquicios legales», pensó Eda aturdida.

La misma cláusula figuraba en el pacto de los Shaw.

Fane era inteligente, pero se había precipitado ante la promesa de poder: al tener sus sueños al alcance de la mano, había aceptado con demasiada facilidad las condiciones del señor Noche en su sótano. «Ahora cosechas lo que has sembrado».

El obispo estaba pálido como una sábana. Su cabello rojo brillaba estridente contra la tez lechosa cuando se volvió a mirar a la congregación.

—Él… ¡está mintiendo! ¡El demonio miente! Eso es lo que hacen, ¿no lo veis?

Nadie dijo nada. Las manos de Fane parecían garras mientras gesticulaba, frenético.

—¡El demonio miente!

Bajo la bota del señor Noche, Tenelle soltó una carcajada. A Eda también le entraron ganas de reír.

El Patriarca señaló a Fane con un dedo tembloroso.

—¡Apresad a este hereje de inmediato! ¡Expulsad al demonio!

Entonces estalló el caos.

Cumpliendo las instrucciones que Tenelle debía de haberles dado de antemano, los Aceros gritaron a la congregación que despejara la nave al tiempo que empujaban a la gente hacia las puertas. En el altar, soldados pertrechados de espadas plateadas se abalanzaron contra el señor Noche.

Los primeros en alcanzarlo salieron disparados en todas direcciones; los nauseabundos crujidos de los cuerpos al aterrizar sumieron al templo en una histeria total.

La gente chillaba. Los clérigos se tropezaban unos con otros mientras se apresuraban a unirse a la riada de fieles que se abría paso por el centro de la nave.

—Vamos —dijo Ben, tirando de Eda para sacarla de allí.

Ella tuvo la entereza de girarse buscando a Bartholomew, pero ya se había marchado. Y fue algo afortunado, porque en ese momento un Acero se estrelló contra el banco y lo hizo pedazos. La espada cayó de su mano exánime, cortada en dos.

Tenelle gritó:

—¡Ahora!

Eda se volvió para mirar. La comandante había escapado al extremo más alejado del altar esgrimiendo la espada con su mano sana.

El brazo roto colgaba inútil. Tenelle miró las galerías de la parte superior, donde dos figuras con túnicas azules y plateadas observaban la escena con solemnidad, una en cada extremo.

«Alquimistas. ¡Ni siquiera me había fijado en ellos!».

Levantaron las manos y empezaron a cantar, aunque estaban demasiado distantes para que Eda descifrara las palabras.

El altar de piedra resplandeció. Una fría luz azul, semejante al fuego de las hogueras de advertencia, cobró vida en el suelo y empezó a dibujar extrañas líneas y formas entrecruzadas que parecían surgir de la nada.

El trazado recorría el espacio de pared a pared, como una llama que avanza por un camino oculto de pólvora.

Era, en efecto, un camino oculto, comprendió Eda.

Un glifo, preparado por los alquimistas. Lo estaban activando.

Había dudado de las medidas de Tenelle para lidiar con un demonio como el señor Noche. Quizá Eda la había subestimado, pues le habían tendido una trampa.

El señor Noche se quedó paralizado. Los Aceros, impávidos, se retiraron como un solo hombre.

En ese momento un destello plateado como lluvia se precipitó sobre el altar: una red, igual a las que habían intentado usar para atrapar a Kit.

Lastrada en cada esquina, la red envolvería aquello que tocara.

El señor Noche se dio media vuelta, gruñendo con rabia, pero no fue lo bastante raudo.

La red envolvió su cuerpo. Ahora su gruñido sonaba como un rugido, un sonido espantoso como Eda nunca le había oído.

El demonio se retorció. Su piel humeaba mientras la plata le quemaba igual que un alambre al rojo vivo.

Pero entonces se transformó en una bola movediza de humo negro que susurró sobre la piedra hacia la libertad.

Los Aceros montaban guardia más allá de los límites del glifo resplandeciente. Tenelle, no. Aprovechando la distracción del demonio, se precipitó a través del altar para rescatar algo del suelo. Los Rompedores, comprendió Eda. Abandonados cerca del Portal, brillaban entre la luz gélida.

Tenelle apenas había avanzado tres pasos cuando el señor Noche se materializó en su camino. La comandante se detuvo en seco.

Por un momento, el corazón de Eda también se paró.

Piel gris ceniza. Orejas afiladas como cuchillos.

Una cola como un látigo y garras igual que navajas.

En lo alto de su cabeza despuntaban dos inmensos cuernos rizados, ambos tan gruesos como el brazo de Eda.

Se arqueaban hacia su mandíbula de un modo que recordaba a los cuernos de un carnero.

Cuando mostró los dientes, cuatro colmillos blancos brillaron en una boca lobuna.

Su piel perfecta estaba sembrada de quemaduras negras y humeantes provocadas por la red.

Una le dividía un párpado en dos; otra le desfiguraba los labios.

Pero la expresión de sus ojos era lo más aterrador de todo.

Eda había pasado años preguntándose cuál sería su verdadero rostro. Era más bello y temible de lo que jamás pudo imaginar.

Comparada con él, Tenelle parecía débil y desvalida, pero adoptó una postura defensiva y blandió la espada con valiente determinación. Se desplazó exhibiendo el juego de pies de una luchadora consumada.

El señor Noche no sonrió ni se rio de su arrogancia.

Ni siquiera esbozó una mueca de desprecio.

Toda la insolencia y la altiva condescendencia se habían esfumado ante las abrasadoras heridas que cubrían su cuerpo.

Mataría a Tenelle por eso, Eda lo sabía.

¿Qué pensaba hacer? Si ese glifo lo atrapaba, Tenelle seguramente podría retirarse.

Atacarle desde una distancia segura, donde él no pudiera seguirla, con flechas, redes y plata coloidal…

Eda y Ben se agacharon detrás de un banco. Ahora la casa templo estaba desierta, salvo por los propios Aceros, muchos de los cuales mantenían a raya a la multitud alborotada del exterior. Los demás rodeaban el altar con aprensión.

A un lado, el mariscal Tiernan mantenía a Fane inmovilizado bajo su rodilla. El obispo vociferaba su inocencia con el rostro congestionado. Nadie prestaba atención a sus gritos.

Tenelle se abalanzó de repente sobre el señor Noche. El demonio la esquivó como una serpiente que se enrosca. Eda miró de nuevo los Rompedores plateados que yacían desperdigados tras él. Un Acero se aventuró a cruzar los límites del glifo con la intención de recuperarlos…

El señor Noche levantó una mano sin mirar.

Un infernal surgió a rastras de la superficie ondulada del Portal. El Acero intentó retroceder, pero el engendro se abalanzó sobre él y lo aplastó bajo su peso. Al punto cerró las fauces sobre el rostro que aullaba. Los demás Aceros corrieron a socorrerlo.

El poder de Fane sobre los demonios había expirado con la finalización de su pacto. Ahora los monstruos solo respondían ante el señor Noche. Y matarían a cualquiera que encontraran a su paso.

«Pero a mí no puede matarme. No hasta el atardecer».

Tres demonios más salieron del espejo y se sumaron a la refriega. Bestias y hombres se entremezclaron en un borrón rojo y gris.

Cuando los infernales dejaron de salir, Eda echó a correr.