Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

—No tengo pruebas irrefutables, es cierto.

—Tenelle extrajo del interior de la túnica el martillo y el cincel de plata—.

Si el obispo Florian es inocente de toda culpa, seré la primera en suplicar perdón ante los aquí reunidos.

Solo le pido que, como hombre inocente… —le tendió los Rompedores a Fane—, destruya este Portal aquí y ahora.

Fane palideció.

—Por favor, comandante. La destrucción de un artefacto demoniaco es un proceso peligroso. No me gustaría que alguien acabara lastimado, y menos las personas reunidas en este lugar de culto.

—Tiene razón —insistió Tiernan a la vez que se acercaba al altar—. Esto ya pasa de castaño oscuro, Martine. Retírate.

—No. —La obispa Amabel Hughes se puso en pie. Era la que había votado en contra de Fane—. Que lo haga. Los Portales deben destruirse cuanto antes y, puesto que el obispo Fane está tan imbuido de poder sagrado, sin duda mantendrá a salvo a estas personas. ¿No es así, Florian?

Fane no la miró. La sonrisa se congeló en su rostro, grotesca y parecida a una mueca.

Tenelle le puso las herramientas en las manos.

—Vamos, obispo. Protege Blackbridge por última vez. Sálvanos de esta terrible situación de una vez por todas. —Se volvió hacia la multitud—. ¡Unos cuantos golpes y los monstruos abandonarán nuestra ciudad para siempre!

Alguien gritó:

—¡Que lo haga!

Y otro:

—¡Sí, obispo! ¡Destrúyalo!

Ante la promesa de ver el final del terror, la ira de la gente mudó en entusiasmo. Ansiaban que su héroe volviera a demostrar su valía. La congregación se puso en pie para animarlo y vitorearlo. Las paredes vibraban. Eda y Ben se levantaron para no perderse ni un detalle.

Pero Fane se limitaba a mirar los Rompedores que tenía en las manos con expresión consternada.

Tenelle ladeó la cabeza.

—¿Por qué dudas? Nos prometiste la salvación: ahora la tienes en las manos. Eres inocente, ¿no es cierto?

Fane abría y cerraba la boca. El griterío fue amainando poco a poco. Fila tras fila, la multitud se sumió en el silencio al ver que su entusiasmo no calaba en la estatua viviente que tenían delante. Un estremecimiento de oscura satisfacción recorrió los huesos de Eda.

«Sí. Muéstrales quién eres realmente».

—¿Por qué no se decide? —preguntó Tenelle girando sobre sí misma para mirar al Patriarca, a los clérigos y al mar de fieles congregados—.

¿Por qué duda? Bastaría un simple golpe de este martillo para que el obispo Fane demostrara su inocencia y nos salvara a todos.

¡Y sin embargo se niega! ¿Por qué será? —Ahora hablaba a voz en grito—.

Yo os lo diré. Porque el obispo nos ha engañado a todos.

Él es el origen de vuestro sufrimiento, ¡y ni siquiera es capaz de negarlo!

La expresión de Fane se desencajó de repente. Cerró los puños junto a los costados. La transpiración perlaba su frente.

—Lo niego —dijo. Rígido como un autómata, se acercó al espejo—. Y estaré encantado de demostrar que te equivocas.

El mariscal Tiernan palpó su espada. Algunos clérigos se pusieron en pie, alarmados. Eda observó la línea tensa de los hombros de Fane cuando encaró el martillo. «¿De verdad va a…?».

Crac.

La multitud contuvo el aliento. Tenelle buscó la mirada de Eda a través de la multitud con expresión sombría.

Crac.

Contemplando la lenta destrucción del Portal que un día fuera suyo, una extraña sensación de melancolía se apoderó de ella.

Ese espejo había formado parte del hogar de los Shaw toda su vida, tan familiar como el propio reflejo de Eda.

A pesar de tanto miedo y el respeto que le inspiraba, de repente se sintió como si estuviera presenciando la muerte de su antiguo yo.

¿Qué destino le esperaba una vez que desapareciera?

Era el mejor desenlace posible, se dijo Eda: sacar a la luz al señor Noche. Desenmascarar al obispo; destruir al demonio. Liberar a la ciudad de ambos.

Pero si el señor Noche no acudía, todo estaba perdido.

Tiernan le gritaba algo a Tenelle. Wolfram le decía que se callara.

El Patriarca se aferraba a su ayudante contra la pared, paseando la mirada por el caos.

Unas cuantas personas de las últimas filas huían hacia el exterior.

Otros aplaudían al ver que aparecían grietas en forma de telaraña en la superficie del espejo.

Los Aceros ordenaban a la gente que se sentara, pero pocos obedecían.

Un crujido.

—¿Lo veis? —gritó Fane, clavando sus ojos desorbitados en Tenelle—. ¡No puedes acusarme! ¡Soy el protector de esta ciudad!

Otro crujido.

—¡El Señor Padre me ha elegido!

Un crujido más.

—Yo soy…

Fane se detuvo en mitad de un golpe, pues en cada esquina de la nave, las hogueras de advertencia naranjas se tornaron azules.

La gente chillaba. Eda aferró la mano sudorosa de Ben.

Procedente de las sombras de la capilla, un remolino de humo negro serpenteó por el altar.

Los clérigos se alejaron a toda prisa. El mariscal Tiernan se quedó paralizado en el sitio.

Solo Fane parecía comprender lo que estaba sucediendo, al igual que Eda.

Retrocedió mientras el humo negro se condensaba a sus pies.

La oscuridad arremolinada se elevó y tomó la forma de un hombre de cabello blanco y ojos plateados. Agarró a Florian por la muñeca.

El señor Noche miró con frialdad el martillo reluciente.

—Florian. ¿Nadie te ha enseñado que no debes tocar las cosas que no te pertenecen?