Capítulo 31 #2
Entre grandes aplausos, un hombre cruzó las puertas de la capilla situada detrás de Fane.
De cabello encanecido y encorvado por la edad, arrastraba los pies según avanzaba con lentitud.
Un joven sacerdote le prestaba apoyo. El Patriarca podría haber pasado por un anciano achacoso ante cualquiera, de no ser por su espléndido atuendo: una sotana de un blanco inmaculado con ribetes dorados y una estola dorada a juego, propia de su cargo, que le colgaba del cuello al suelo.
Sobre su cabeza, un gorro rígido decorado con rubíes brillaba bajo la luz difusa.
El emblema de la Fe resplandecía sobre su pecho.
Solo ese atuendo valía más que todo lo que albergaba Antigüedades y Curiosidades Shaw, incluido el edificio.
Quizá en otro tiempo Eda se hubiera dejado deslumbrar por el personaje o se hubiera sentido enferma de envidia.
Ahora solo experimentaba una vaga inquietud.
La majestuosa parafernalia del Patriarca no le protegería de los demonios ni de los hombres codiciosos que ansiaban su posición.
Fane tomó asiento junto a los otros clérigos mientras el Patriarca se encaminaba al atril. A pesar de su avanzada edad, la inteligencia brillaba en sus ojos cuando escudriñó a la congregación. Sus finos labios emitieron un sonido de satisfacción.
—Benditos seáis todos los aquí reunidos y bendita sea esta hermosa ciudad.
—El elogio sonó forzado, pero no demasiado—.
Es para mí un gran placer presidir este Cónclave en Blackbridge.
He tenido el honor de ejercer como Patriarca del pueblo wéslico alrededor de treinta años.
Pero ha llegado el momento de mirar hacia el futuro.
Y todavía me aguarda la tarea más importante: designar a aquel que habrá de sucederme una vez que mi espíritu regrese al seno del Señor Padre.
Este es el propósito de todo Cónclave: garantizar que la palabra del Padre Celestial y sus enseñanzas sean depositadas en manos dignas.
Su voz era frágil como papel viejo y casi tan tenue, pero en la casa templo reinaba el silencio suficiente como para que se le oyera con claridad.
—La ciudad de Blackbridge lleva mucho tiempo sometida a las maniobras de lo demoniaco.
Hace unas semanas, envié al obispo Florian Fane para que supervisara la salvación de vuestra ciudad.
Según todos los indicios, habéis sufrido grandes pérdidas.
Pero el obispo Florian os ha defendido con un poder espiritual fuera de lo común.
Me gustaría agradecerle explícitamente sus buenas obras.
Se alzaron gritos de aprobación entre el público, acompañados de unos cuantos aplausos. Fane inclinó la cabeza con humildad.
Eda habría querido arrancársela.
—Largas discusiones se han mantenido entre los fieles reunidos en este altar.
Como miembros del consejo y máximos representantes de la orden, el Clérigo Principal, sucesor del Patriarca, debería surgir de entre sus filas.
Ha llegado el momento de que cada miembro nomine a otro.
—Se volvió a mirarlos—. Clérigos de la Fe, les ruego que emitan ahora sus votos, en nombre del Señor Padre.
Se apartó. La nave contuvo el aliento cuando la primera clériga se acercó al atril: una mujer de pulcro cabello salpimentado.
—Yo, obispa Ferelith Navare de Alderport, voto por el obispo Florian Fane.
A Eda se le secó la boca. Apretó la mano de Ben. Él le devolvió la presión.
Se levantó el siguiente clérigo. Parecía contrariado y pronunció las palabras con cierta renuencia:
—Yo, obispo Marcin Heath de Dawnmouth, voto por el obispo Florian Fane.
Lo mismo se repitió una y otra vez.
—El obispo Florian Fane.
—El obispo Florian Fane.
—El obispo Florian Fane.
La última en levantarse fue otra mujer. Más joven y contrariada, se mantuvo erguida con una rígida impertinencia que a Eda le recordó a Tenelle.
—Yo, obispa Amabel Hughes de Rivenham, voto por el obispo Marcin Heath.
Eso provocó un callado revuelo y miradas de reojo entre los clérigos. Pero el Patriarca se limitó a asentir y volvió a dirigirse a la multitud. El resultado de la votación estaba claro. Solo tenía que dar su consentimiento.
—Agradezco las nominaciones de mis compañeros y, una vez escuchadas, con gran solemnidad y placer, nombro al obispo Florian Fane como mi sucesor directo y futuro Patriarca de la Fe…
Fane se estaba levantando de su asiento, con las mejillas sonrosadas de placer, cuando un chirrido resonó en la casa templo.
Martine Tenelle salió de la capilla. Se encaminó al altar con la mano en la empuñadura de su espada.
Detrás de ella, dos fornidos Aceros empujaban el espejo del señor Noche, el espejo de los Shaw, sobre una plataforma con ruedas.
Estaba envuelto en pesadas cadenas entrecruzadas y sostenido por un puntal.
El espejo no brillaba bajo la luz multicolor, sino que la absorbía de un modo un tanto antinatural.
La confusión se extendió entre la multitud. Los clérigos miraron en derredor, temerosos. Fane permaneció inmóvil como un cadáver mientras el color abandonaba su rostro.
Un hombre de la primera fila se puso de pie. Era calvo y fornido, con un aire de autoridad que delataba aún más su posición que su armadura ceremonial de placas.
—Comandante, ¿qué significa esto?
—Es el gran mariscal Tiernan —susurró Ben al oído de Eda—. El Acero de mayor rango del país. Él es la Orden.
—Por favor, perdonen la interrupción. Señor.
Su Santidad —Tenelle se inclinó ante ambos hombres por turno.
Su rostro no reflejaba arrepentimiento—.
Lamento tener que mancillar esta ceremonia feliz con asuntos viles, pero no puedo permitir que la corrupción y las maldades sean recompensadas en la casa del Señor Padre. Si me lo permite, su excelencia.
Señaló el atril dorado.
Un tanto desconcertado, el Patriarca asintió y le cedió el puesto a Tenelle.
—Martine —le advirtió el mariscal Tiernan.
Ella levantó una mano.
—Me someteré a cualquier castigo que considere oportuno, gran mariscal, pero no antes de que esta congregación escuche mis acusaciones.
—Señaló a Fane. Su voz resonó como un latigazo—.
El obispo Florian Fane ha confraternizado con demonios y es responsable de los ataques que ha sufrido esta ciudad a través de los infernales. Este Portal le pertenece.
Una oleada de horror recorrió la multitud hasta romperse como espuma de mar en una explosión de susurros y exclamaciones. Algunos gritaron indignados. En los márgenes de la nave, los Aceros se revolvían inquietos.
El Patriarca se agarró al brazo de su asistente. Los ojos de los clérigos iban y venían de Tennelle a Fane como si no dieran crédito.
—¡Esto es intolerable! —exclamó el mariscal.
Para sorpresa de Eda, fue el alto gobernador Wolfram quien se puso en pie en el otro extremo de la sala, con la mano alzada hacia la multitud.
—Silencio, buenas gentes. Mariscal Tiernan, dejemos que la comandante diga lo que tiene que decir.
—¡No tiene ningún derecho! ¡Este Cónclave es sagrado!
—Razón de más para escuchar cualquier objeción antes de que el nombramiento del sucesor sea oficial. —Alzó la voz—. ¿No está de acuerdo, Su Santidad?
El Patriarca se quedó boquiabierto.
—Sí… Bueno, sí, claro…
—Mis soldados descubrieron este Portal oculto en el mausoleo de un santo, protegido por infernales. Salían de allí para sembrar el terror en Blackbridge. Florian Fane se encontraba presente, en plena noche.
Fane recuperó la compostura. Aunque pálido como un fantasma, su expresión reflejaba desconcierto.
—Comandante Tenelle, está muy equivocada.
Eda Shaw también estaba allí. Fue ella, la bruja, quien destrozó a mis hombres.
Usted y sus soldados vieron los cadáveres con sus propios ojos.
—Extendió los brazos hacia la multitud—.
¿No hemos sido todos testigos de cómo la muchacha dominaba a las bestias?
¿Y de cómo, recurriendo a mi poder, yo las rechazaba?
—¡Sí! —gritó la multitud—. ¡Sí, fue ella! ¡Fue la chica Shaw!
Eda se hundió en el asiento. El corazón le latía a toda máquina.
—¿Por qué yo, un hombre de fe, iba a hacer daño a mis compañeros sacerdotes?
La multitud rugió en señal de acuerdo, indignada.
Tenelle dijo:
—Llevas mucho tiempo utilizando a Eda Shaw como chivo expiatorio de estas atrocidades.
Yo también me convencí de su culpabilidad en su momento.
Pero ahora comprendo que tú eres más que capaz de matar a inocentes, obispo, con tal de lograr lo que siempre has querido: la adoración de toda la ciudad y un consejo de clérigos que asegure tu ascenso a Patriarca.
Contempló a la agitada multitud y gritó:
—Este hombre nos ha mentido a todos desde que llegó.
Supongo que el obispo Fane pactó con un demonio, utilizando este espejo, para que los infernales atacaran a la ciudad.
Ellos obedecen sus órdenes. ¿Alguno de vosotros puede afirmar con sinceridad que no se ha preguntado cómo, exactamente, un simple obispo era capaz de alejar el mal con un simple movimiento de la mano?
Entre los gritos de ira, algunos se miraron con cautela. En el ambiente se arremolinaban la indignación, la inquietud y el desconcierto.
—¿Eso es lo único que tienes? —preguntó el mariscal Tiernan—. ¿Una hipótesis? ¡Demuestra lo que dices!