Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

TREINTA Y UNO

A las doce en punto, las campanas repicaron en el campanario de la Gran Casa Templo.

Los habitantes de la ciudad comparecieron en masa a la promesa de protección, como si acudieran al calor de una chimenea en invierno, mirando a un lado y a otro en busca de monstruos al acecho.

Los Aceros en pleno estaban desplegados en las inmediaciones del templo.

Se alineaban en las calles a lo largo de casi un kilómetro, con espadas de plata y ballestas listas para el combate.

No se había celebrado un Cónclave de Clérigos en Blackbridge desde hacía más de un siglo.

Se había corrido la voz de que el Patriarca había llegado a primera hora de la mañana, acompañado de un séquito de clérigos y sirvientes.

La emoción ante un día tan sagrado disipó buena parte del miedo, pues ¿qué mal se atrevería a orquestar un ataque estando allí reunidas las personas más piadosas de la tierra?

Eda y Ben permanecían ocultos entre las sombras, observando.

Eda se sentía como una magulladura gigante.

La herida de la cabeza, aunque superficial, le escocía cada vez que fruncía el ceño o levantaba las cejas.

La mano de Ben estaba surcada de finos arañazos, obsequio de las garras de la mujer demonio.

También tenía el labio hinchado. No se le escapaba que Lawrie había enfermado como consecuencia de la mordedura de un infernal.

A saber si una demonio no podría contagiarle la misma enfermedad.

«Después de hoy, quizá ya no importe».

Blackbridge estaba a la altura de las circunstancias: las nubes se cernían densas y cargadas de lluvia, oscuras promesas flotaban en el ambiente. Hoy, todo acabaría. De un modo u otro.

El día anterior habían escapado por la escalera de Lich seguidos de voces furiosas que reverberaban por el pasillo.

Un sencillo pestillo cerraba la trampilla superior, y habían salido en tropel al sótano de una casa elegante.

Eda sospechaba que se trataba de la vivienda de Lich; recordaba haber visto de pasada muebles ornamentados y bordados estrafalarios antes de que el grito aterrado de una criada los indujera a salir disparados como ladrones nocturnos.

Corrieron hasta quedarse sin aliento y se derrumbaron en un callejón oscuro.

Tripp los acompañó a la casa del cazador adinerado. Eda y Ben estaban tan cansados que se quedaron dormidos allí mismo, en el suelo de la sala, abrazados.

Eda fue la primera en despertar. Había llorado en silencio, con la mirada fija en el techo polvoriento.

Por el dolor de sus hermanos. Por el suyo propio.

Por la ira hirviente que bullía en su interior al pensar en todos los sufrimientos que habían padecido.

Y por Kit, porque una parte de ella se había aferrado a la improbable esperanza de encontrarlo esperándola en el caserón, sonriendo con picardía.

«Ahí estás, querida».

En la oscuridad del salón, se había tapado la boca para contener los sonidos de su desdicha.

Pero ahora, de pie entre las sombras de los edificios, Eda se sentía adormecida. No creía que pudiera derramar ni una sola lágrima más; se sentía vacía por dentro. Sus entrañas eran más una tormenta aullante que sangre y tendones.

Cuando Tenelle se abrió paso entre la multitud y se unió a ellos, Eda le tendió el trozo de obsidiana en silencio.

—¿Lo has conseguido?

—Está hecho.

—Y casi nos cuesta la vida —añadió Ben.

Tenelle examinó sus cortes y moratones.

—¿Pensabais que sería fácil?

—Nada de lo que rodea a los demonios es fácil —replicó Eda con brusquedad—. Lo sabemos mejor que nadie.

Le entregó el cincel y el martillo.

—Hum. Eres muchas cosas, jovencita, pero no una cobarde.

«Cuánta razón tienes».

—Me alegro de que se haya dado cuenta, comandante. ¿Vamos?

La siguieron a distancia prudencial mientras Tenelle atravesaba la amplia intersección empedrada, donde las principales arterias de Blackbridge convergían en el templo y a la fortaleza.

El templo en sí podía albergar hasta un total de mil personas, y ya estaba casi lleno.

A los rezagados aún se les permitía entrar por las imponentes puertas plateadas, pero todos vestían con elegancia, de modo que quizá fueran invitados.

A los plebeyos que llegaban tarde se les negaba la entrada.

A pesar de todo, los que se habían quedado fuera no se perderían la oportunidad de atisbar al Patriarca si podían. La muchedumbre era abundante y escandalosa, pero la gente se apartaba como agua al paso de la comandante, enfundada en su resplandeciente armadura.

—Dejadles entrar —ordenó Tenelle cuando un Acero trató de impedirles a Eda y a Ben el acceso a las escaleras de la Gran Casa Templo.

Una de las guardias les lanzó una mirada incrédula mientras se fijaba en la espada mal disimulada de Ben, pero se echó a un lado.

El interior era un espacio vasto y resonante en el que zumbaban las voces de los fieles sentados en las filas de duros bancos.

El templo estaba aún más abarrotado que el día en que huyeron del lugar, pocas jornadas atrás.

La luz difusa del día se transformaba en una sorprendente paleta de colores al atravesar las vidrieras.

Los contrafuertes dorados brillaban en lo alto de los techos abovedados.

Tenelle se encaminó hacia el altar que se erguía al fondo de la nave por un pasillo lateral.

Al pasar les murmuró algo a los soldados que estaban apostados a lo largo de la pared.

Con los rostros embozados, Eda y Ben la siguieron, obedientes.

Eda notaba todos los músculos en tensión, previendo la necesidad repentina de huir o la posibilidad de que alguien les viera el rostro y diera la alarma.

Tenelle aún no había limpiado el nombre de los Shaw.

«Cielo santo, cuánto echo de menos el manto».

Su preocupación era infundada. Los vecinos de la ciudad estaban demasiado ocupados buscando sus asientos y compartiendo una emoción contenida. Eda y Ben se mezclaron con las gentes que pululaban de acá para allá.

Tenelle se detuvo a unas diez filas del altar: lo bastante cerca para tener unas vistas despejadas, pero no tanto como para llamar la atención del obispo. Eda y Ben se sentaron obedientes al final del banco.

—Mantened la cabeza gacha —cuchicheó Tenelle—. Y preparad la espada.

Luego se marchó.

Se quedaron sentados. Eda tardó un momento en darse cuenta de que un hombre a su lado la miraba con atención. Le echó un breve vistazo y al instante volvió a mirarlo.

—¿Bartholomew?

Parecía aún más pálido que la noche en que había entrado en la tienda. Su exquisita capa estaba arrugada, los labios agrietados, los ojos hundidos. La miró con mudo horror. Luego clavó la vista al frente con aire rígido.

—No me hables.

Ella apretó los puños.

—¿Consiguió… lo que deseaba?

Pensó que no respondería, hasta que él murmuró:

—Sí. Ya lo creo que sí. Quería arruinar a un hombre. Quería destruir su vida. El demonio prometió no ejercer violencia directa contra él. —Bartholomew tragó saliva—. En vez de eso, mató a la familia del hombre. Un incendio, dijeron. Pero sé que fue él. Yo no… Yo no quería eso. No era mi intención.

Eda no supo qué decirle.

Él acarició con el pulgar un icono de la Fe que llevaba colgado del cuello, fabricado con la plata más pura. En la palma exhibía un corte reciente sobre otro ya cicatrizado.

La repugnancia de Eda resurgió. Eda no era congregante, pero le asqueaba el modo en que Florian Fane se había burlado de la fe de esas personas, cómo había convertido lo sagrado en sacrílego para colmar sus propias ambiciones mundanas.

«Cuánta hipocresía», pensó con oscura ironía. Se le revolvió el estómago.

¿Cuántos años les había quitado ya?

—Lo siento —dijo ella—. Le prometo que pondré fin a todo esto.

Bartholomew le lanzó una mirada desconcertada, pero entonces se instó a la congregación a que se pusiera en pie para las lecturas del Códice.

A continuación entonaron los cánticos, que se elevaron en conmovedoras notas de devoción.

Eda conocía la melodía, pero no la letra.

Una parte de ella deseaba creer como lo hacían los demás.

Quizá entonces todo fuera más fácil de soportar.

Los jóvenes monaguillos columpiaban los incensarios de lado a lado del altar. El olor del incienso era herbal e intenso, y el humo se elevaba en grandes volutas que purificaban el templo en un gesto misterioso que la tradición consideraba primordial.

Entonces Fane se acercó al altar.

Su figura brillante y pulcra cruzó el estrado a grandes zancadas.

Todas las miradas se posaron en él cuando se plantó ante el atril dorado: respeto y asombro ante un hombre capaz de desterrar lo demoniaco con una simple palabra.

La herida de su mejilla saltaba a la vista, pero las marcas rojas e inflamadas en su oreja se le antojaban a Eda más satisfactorias, pues eran obra de sus propios dientes.

Detrás de él, una decena de clérigos vestidos con atuendos similares ocuparon los asientos dispuestos en un semicírculo ordenado.

La mayoría eran hombres y mujeres de edad avanzada.

Todos actuaban con solemnidad, como exigía la trascendencia de la ocasión.

Eda y Ben se miraron. «Allá vamos».

—Bienvenidos, buenas gentes de Blackbridge.

—La voz de Fane resonó como una moneda en un pozo—.

Estamos aquí para ser testigos del decimotercer Cónclave de Clérigos de la historia wéslica.

Hoy se congregan en este santo espacio los miembros más devotos, más íntegros y con más años de servicio a nuestra Fe de todo Wesland, designados por el elegido del Señor Padre, nuestro Patriarca.

Por favor, demos la bienvenida a Su Santidad.