Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Era una apuesta arriesgada, pero el propio Lich le había hablado del descontento entre la nobleza de Infernus. Estaban molestos con el señor Noche, y la mujer no parecía una demonio común.

Esta ladeó la cabeza con el mismo gesto inquietante y rígido que empleaba el señor Noche, como un búho que evalúa a su presa.

—¿Qué?

—Baelion Ansellis. Es uno de los archiduques, ¿no? Acapara un Portal para su uso personal, en contra de vuestras costumbres.

La miró fijamente, como si Eda fuera un ser sumamente extraño.

—Sabes mucho para ser una simple mortal.

—Sí. Y sé que el Portal de Baelion ha sido confiscado por la Orden de la Espada. Va a ser destruido, y él se quedará sin su espejo. —Avanzó otro paso, calculando la distancia entre las dos—. Pretende apoderarse de este.

La mujer demonio entornó los ojos.

—No osará.

—Ya se apropió de uno una vez. ¿Por qué no iba a repetirlo?

—Este es el Portal principal —gruñó ella con rabia al tiempo que se encorvaba sobre ellos con las garras en ristre—.

Una reliquia de nuestro viaje al mundo mortal salvaguardada durante milenios para ser compartida por todos aquellos que lo merezcan.

Los propios archiduques nos nombraron a mí y a mi familia como sus protectores jurados.

Baelion Ansellis no se apoderará de este espejo.

—Sonrió con amargura—. Y tú tampoco. Te entregaría a Severin para que se ocupara de ti como creyera conveniente, pero el daño que has causado exige medidas más expeditivas.

El corazón de Eda latía potente y raudo. Palpó el frasco oculto bajo su capa.

—Destruir este espejo es la única forma de que Baelion quede atrapado aquí, para que tengamos la oportunidad de matarlo. ¿No deseas eso?

—¡Ja! —La demonio se acuclilló con el cuerpo tenso—. Si alguien puede matarlo, no eres tú, patética mortal engreída.

Saltó.

La mujer fue tan rápida que Eda apenas pudo lanzarle el frasco entero: se estampó contra la pared.

Temió que le estallaran las costillas. Se le cortó la respiración.

Eda ya debería estar destrozada, pero la mujer demonio chillaba a la vez que retrocedía.

El contenido del frasco se había extendido por su pecho.

Se arañaba la piel humeante con frenesí.

—¡Vhesak!

Ben se puso en pie blandiendo la espada.

—¡Rómpelo, Eda! ¡Ahora!

Eda se abalanzó sobre el cincel y el martillo. Todo parecía moverse con suma lentitud; sus piernas no se apresuraban lo suficiente, no veía con claridad. Por el rabillo del ojo, atisbó que la demonio le asestaba a Ben tal bofetón que estuvo a punto de tirarlo al suelo.

«¡No mires, no mires!» Descargó el martillo.

Horribles grietas se extendieron por el espejo. Un líquido negro y aceitoso se arremolinó como un banco de peces justo debajo de la superficie. La magia parecía a punto de estallar, como si notara su propia libertad al alcance de la mano. Eda volvió a golpearlo.

Crac .

Levantó el martillo por tercera vez.

Su propia cabeza se estrelló contra la piedra. El mundo explotó. Eda vio las estrellas. El dolor se proyectó como fuego a través de su cráneo y ella se desplomó jadeando. Por un momento no supo dónde estaba. La mujer la zarandeó.

Pero el hermoso rostro se estaba derritiendo: la oreja, la mandíbula, las comisuras de los labios rojos. Ben tosía en el suelo. Su espada yacía abandonada al otro lado de la habitación.

Unas garras se clavaron en el cuero cabelludo de Eda.

Ella se debatió con desesperación, arremetió a ciegas con el martillo.

La mujer se lo arrancó con un gruñido. De repente, todo en derredor se desdibujó mientras Eda se sentía proyectada por el aire como una muñeca de trapo.

Se estampó contra el suelo y tosió. Gateó para ponerse de rodillas. «El cincel. El martillo. ¿Dónde…?».

La demonio la tumbó de una patada y le plantó el pie en el pecho.

Los ojos de Eda lagrimearon. El mundo osciló como un espejismo compuesto de formas y colores.

Agarró el tobillo de la mujer, le clavó las uñas al tiempo que forcejeaba para quitarse el peso de las costillas, pero la demonio se limitó a presionar con más fuerza.

Ahora temblaba con dolor manifiesto sobre Eda, jadeando y con los ojos desorbitados. Parecía asustada. Como si no se le hubiera ocurrido que dos mortales pudieran herirla tan gravemente.

«No serás tan arrogante la próxima vez, zorra», quiso decirle Eda, pero no podía respirar.

—Ya basta —siseó la demonio. En su mano, una pequeña bola de fuego cobró vida. Eda dejó de forcejear—. ¿Te atreves a medirte conmigo? ¡Morirás entre las llamas!

Ben correteó hacia su espada.

«No llegará a tiempo —pensó Eda, presa de un terror paralizante—. Me quemará viva. Lo va a hacer. Voy a morir». Se había creído muy valiente cuando le hablaba a Kit de enfrentarse a la muerte. Ahora que su hora final había llegado, el miedo a morir le impedía pensar con claridad.

Crac.

Todos se quedaron paralizados. La mujer demonio giró la cabeza con brusquedad. Eda siguió su mirada.

Tripp estaba sentado en lo alto del espejo. Se había rodeado la mano con un trozo de su túnica a modo de guante, y en el puño… sostenía el cincel.

—Volved por donde habéis venido, mi señora, u os quedaréis aquí atrapada por toda la eternidad.

La demonio chilló y se abalanzó hacia el espejo. Tripp parecía casi avergonzado de sí mismo cuando estampó el cincel contra la superficie.

Con un gran estrépito de cristales rotos, la piedra estalló en una lluvia de humo oscuro.

Eda se cubrió la cabeza. Los fragmentos le golpearon la espalda, los brazos y las piernas.

Fue como si una gran tormenta pasara sobre ellos: una puerta abierta de golpe por un vendaval.

Por un momento no pudo oír sus propios pensamientos debido al aullido de la magia en estado puro, aún más poderosa al liberarse de sus antiguos lazos.

Con la misma rapidez, todo terminó. Se hizo el silencio.

Eda levantó la cabeza para mirar.

Quedaba menos de la mitad del espejo, irregular como la cima de una montaña.

Por toda la habitación había minúsculos trozos de obsidiana esparcidos cual escombros.

Y entre el desorden, una cola amputada y ensangrentada yacía como una serpiente grotesca, cortada tan limpiamente como si fuera obra de un cirujano.

La demonio había tenido tiempo de atravesar el espejo. Por los pelos.

Ben resollaba en un estado de estupor paralizante. Estaba cubierto de polvo, con el labio inferior partido y la boca magullada. Eda no debía de tener mejor aspecto. Se miraron fijamente.

Algo le golpeteó la rodilla.

Tripp la miró con una expresión que rayaba en la preocupación.

—No podemos quedarnos. Los hombres…

Cuando ella lo abrazó y pegó las mejillas húmedas contra ese hombro pequeño y huesudo, esperó recibir otro golpe. Para su sorpresa, Tripp solamente profirió un sonido grave de disgusto. Le acarició la cabeza con delicadeza, como si fuera un perro sarnoso.

—No llores. Te pone en evidencia.

—Gracias —susurró ella—. Otra vez.

Él le tiró del pelo. Eda se apartó.

—Los humanos se están reuniendo, mi señora. Puedo oírlos. Debemos partir.

Rígidos de dolor, se pusieron en pie. Eda recogió un trozo de obsidiana antes de que huyeran por la escalera.

La prueba.