Capítulo 30 #2
—¡Plata, mortal, plata! Tripp no quiere perder los dedos.
Con sumo cuidado, extrajo una llave grande y reluciente que llevaba prendido un lazo de satén rojo. Unos dientes afilados brillaron con aire de suficiencia.
—Hay que darse prisa. Antes de que se despierte el que deberíais haber matado.
Dejaron el escritorio como lo habían encontrado y cerraron al salir.
Discutieron sobre si mover el cuerpo de Hillock, quizá esconderlo en la escalera por la que habían subido, pero había demasiada sangre en el suelo como para disimular lo ocurrido.
Alguien encontraría a Hillock (o repararía en la ausencia de la llave) antes o después.
En lugar de eso, lo dejaron allí, con la esperanza de que siguiera inconsciente un rato más.
Eda ayudó a Ben a ponerse en pie, pero tenía la sensación de que él también la estaba sosteniendo a ella.
La mano de Eda temblaba cuando abrió la verja plateada. Se acercaron con prudencia a la escalera, conscientes del abismo largo y profundo que se abría debajo. Juntos descendieron hacia la oscuridad.
Allí abajo no había antorchas encendidas. El camino no era largo, pero la temperatura descendió tan rápidamente que empezaron a tiritar. Sin el farolillo, Eda no habría visto ni sus propios pies. Parpadeó para ahuyentar el mareo de dar vueltas y más vueltas hasta el fondo.
No era más que un círculo de tierra compacta con otra puerta empotrada en la pared, idéntica a la de arriba. La plata destelló a la luz del fanal. Eda introdujo la llave y la puerta se abrió de par en par con un ligero chirrido.
Tripp fue el primero en entrar. La oscuridad lo devoró hasta que sus ojos les devolvieron la mirada: dos puntos rojos que flotaban inquietantes en el vacío.
—Prended las antorchas, mortales.
Un cosquilleo fantasmal en la nuca informó a Eda de que el Portal estaba allí antes incluso de que Ben extrajera la vela de su soporte y encendiera las antorchas que había junto a la puerta. La tela ardió. Una luz parpadeante inundó la cámara. Las sombras se retiraron, y allí estaba el Portal.
El espejo de Lich no era ni de lejos tan espléndido como el de los Shaw.
Tenía la misma altura y casi la misma anchura, pero, mientras que al Portal de los Shaw no parecía haberle afectado el paso del tiempo, este llevaba grabadas las marcas de los años.
La obsidiana negra estaba rayada e incluso astillada por varias zonas.
En lugar de retorcidos motivos de espinosas enredaderas y seres tallados, el marco de este espejo exhibía sencillas figuras embozadas, una en cada esquina.
Encapuchadas y sin rostro, extendían los brazos hacia fuera como si mantuvieran unida la piedra.
—No es como me lo imaginaba —observó Ben en tono quedo. Dejaron el farolillo junto a la base del espejo y se aventuraron a acercarse a la superficie.
—Debe de haber cambiado de manos a menudo, si está tan desgastado.
—Eda sabía qué esperar de su propio Portal, pero este se le antojaba extraño.
Inquietante—. Sea como sea, no lo toquéis.
Tripp, vuelve a subir las escaleras y monta guardia, por favor.
Te agradecería que me avisaras si viene alguien».
Él se alejó con un renuente:
—Mi señora.
Eda se descolgó la bolsa que le había dado la comandante y extrajo las herramientas.
—No parecen gran cosa —comentó Ben.
Ella acercó el cincel y el martillo a la luz.
Brillantes como monedas de plata, los instrumentos eran indiscutiblemente sencillos, sin grabados ni adornos.
Al igual que las armas que usaban los Aceros, estas herramientas estaban fabricadas con una aleación de exquisita plata: lo bastante pura como para quemar y descomponer la carne demoniaca.
«La plata es el punto débil de los demonios, pero, si carece de encantamientos, también es el nuestro —le había dicho Tenelle en los jardines—.
Es demasiado endeble como para fabricar con ella armas o herramientas resistentes.
El Claustro de los Alquimistas infunde a nuestras espadas la fuerza que necesitan.
Lo mismo ocurre con este martillo y este cincel».
—Tenelle los llamó «Rompedores» —dijo Eda. Respiró hondo y apoyó la punta del cincel en la superficie del espejo—. A ver si es cierto.
Golpeó con fuerza.
Un clinc agudo y reverberante se propagó por la cámara. Saltaron chispas blancas allí donde la plata impactó en la obsidiana. Pero el espejo permaneció intacto. Frunciendo el ceño, Eda lo intentó de nuevo.
¡Clinc!
Chispas y nada más. ¿Le había entregado Tenelle utensilios defectuosos? Apretó los dientes y golpeó por tercera vez.
Ya fuera porque aplicó más fuerza, ya por otra razón, esta vez se dejó oír un claro crujido bajo el metal resonante. Una grieta se extendió por la superficie del espejo desde la punta del cincel: una delgada veta gris que melló el negro insondable. Eda le lanzó a Ben una mirada triunfante.
—Déjame probar —pidió él.
¡Clinc!
¡Clinc!
¡Clinc!
Poco a poco, la grieta se fue agrandando, extendiéndose hacia afuera como un relámpago con cada golpe. Eda se quedó pegada al codo de Ben y observó la operación con temerosa fascinación.
Los Portales podían astillarse o rayarse, pero no se rompían fácilmente.
Las leyendas contaban que, antes de que el mundo comprendiera del todo las propiedades destructivas de la plata, la gente los golpeaba con grandes martillos, los arrojaba desde acantilados o los arrastraba detrás de carros tirados por caballos durante kilómetros.
Nada funcionaba. La propia Eda se había sentido tan insignificante ante el poder silencioso y amenazador del espejo del señor Noche que jamás se le ocurrió la idea de tratar de destruirlo siquiera.
A pesar de todo, la grieta aumentaba de tamaño y, con ella, una especie de satisfacción feroz.
Los Portales eran el resultado de la magia humana. La magia humana también los destruiría. «Menos mal que los demonios aún no han sido capaces de superar en ingenio a esta especie nuestra de humildes mortales».
Cuando Ben volvió a descargar el martillo, algo se quebró, como un lago helado en primavera. Las grietas se extendieron hasta los bordes del espejo. Ben levantó el brazo, envalentonado por la inminencia del éxito.
El negro impenetrable se tiñó de un nuevo color.
—¡Espera…! —Eda le agarró el brazo. Ben dejó caer la mano, sorprendido.
La superficie negra del espejo se aclaraba rápidamente, como si alguien la enjuagara con agua. A través de la oscuridad, una imagen cobró forma. Eda se quedó petrificada.
No era una imagen. No era un reflejo. «Son vistas del otro lado».
Ondulados como un arroyo en movimiento, los detalles se desdibujaban, pero sin duda estaban viendo algún tipo de templo.
Una única alfombra de color rojo sangre partía de la base del espejo para descender por unos peldaños amplios y curvados hasta unas puertas abiertas.
Todo lo demás era austero y blanco como la nieve.
A través de las puertas, el perfil de una ciudad indefinida brillaba bajo la luz anaranjada y ardiente de tres soles.
Los rayos se derramaron por el templo y lo bañaron todo de un oro cobrizo tan semejante a los ojos de Kit que Eda perdió el aliento.
En ese momento atisbó una figura que corría por la alfombra hacia ellos. Era una sombra humanoide, iluminada a contraluz.
«No».
—¡Destrúyelo! —gritó Eda—. ¡Destrúyelo, rápido!
Ben masculló algo entre dientes y descargó el martillo con renovada urgencia. Las grietas se extendieron como una telaraña. La imagen se astilló y mudó en un remolino de colores, como un ser vivo que intentara liberarse.
Presa del pánico, Eda se abalanzó sobre la bolsa de Tenelle. Alcanzó el frasco de plata coloidal justo cuando el espejo se ondulaba como alquitrán, de ese modo que habían aprendido a reconocer.
Una mano asomó.
Ben se apartó justo cuando la mano rozaba la suya; unas garras afiladas como cuchillas le arañaron los nudillos. La figura atravesó el espejo. Ben cayó de espaldas con un gruñido.
El demonio exhibió sus blancos colmillos.
—¿A qué viene esta imprudente intrusión mortal en nuestro mundo?
El aire mismo pareció contener la respiración.
«Es hermosa», fue el primer pensamiento de Eda. «Es aterradora», fue el segundo.
Era una mujer demonio, la primera que Eda había visto jamás.
Debía de ser tan alta como Kit, pero exhibía una piel más oscura, de un gris basalto.
Llevaba el cabello, negro y rizado, trenzado en una elaborada corona en la que relucían minúsculos broches dorados.
Un vestido de manga larga, color zafiro intenso, insinuaba las generosas curvas de su cuerpo.
Joyas de oro adornaban sus orejas puntiagudas y su esbelto cuello.
Incluso los dos cuernos en espiral que sobresalían de su cabello lucían remates de oro.
Sus labios eran de un rojo amenazante, pero los ojos resultaban aún más siniestros: amarillos, más pálidos que los de los demonios que Eda conocía.
Hendían la oscuridad como gotas de luz solar, dolorosos en su intensidad.
«Mierda —fue el tercer pensamiento de Eda—. Mierda, mierda, mierda».
—Ya veo —dijo la mujer con voz grave—. Hay dos ratitas correteando en secreto por la guarida de Severin.
Y ni siquiera son tan corteses como para limitarse a robar el Portal.
Han decidido destruirlo. Oh, su enojo se hará notar.
—La mujer demonio dio un puntapié al cincel con un pie enfundado en una chinela.
Su tono se endureció—. Pero no tanto como el mío.
Ben intentó apartarse. El pie de la demonio le pisó el tobillo con tanta fuerza que le arrancó un grito. Él trató de alcanzar la espada, pero la mujer se limitó a reírse agitando un dedo.
—Vamos, déjalo. ¿De qué te servirá eso? Podría arrancarte el corazón antes de que tu espada llegue a tocarme. ¿Es ese tu deseo, humano? ¿Tan ansioso estás por morir?
Eda dio un paso al frente. Los ojos brillantes se volvieron hacia ella.
—Me llamo Eda Shaw. Este es mi hermano, Ben. Solo deseamos destruir este espejo para matar a Baelion Ansellis.