Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

TREINTA

–¿M e estás diciendo que Severin Lich vive en una cloaca de lujo? —preguntó Ben, asqueado, mientras miraba a un lado y al otro.

—No vive aquí. Estoy segura de que tiene una casa en la ciudad, de gusto dudoso y a salvo de humedades, en la que se aloja. Este es solo el lugar donde lleva a cabo sus negocios. La mayoría de la gente cree que no hay nada en las alcantarillas salvo ratas y aguas residuales.

—Y mierda. No nos olvidemos de la mierda.

En la oscuridad de la ciudad subterránea, todos los demás sentidos se agudizaban.

Era imposible ignorar el hedor empalagoso de las aguas residuales.

Eda se preguntó de un modo vago cómo era posible que últimamente pasara tanto tiempo allí abajo.

Forzó la vista para mirar los planos laberínticos que Tenelle había sustraído de la Oficina Municipal de Residuos y Saneamiento.

Ben le acercó el farolillo mientras Eda señalaba una gran hornacina a un lado de un túnel, marcada con una pequeña equis.

—Tenelle dijo que había anotado todas las zonas en las que se pudieran guardar objetos.

Había muchas marcas de ese tipo. El pergamino se desplegaba en un recuadro tan grande que Eda podría haberlo llevado como capa, y las líneas y curvas cuidadosamente dibujadas que componían el sistema de alcantarillado eran minúsculas. Habría sido complicado descifrarlo aun a plena luz del día.

—Aquí está el cuartel general de Lich —dijo, señalando el gran espacio circular en el que convergían cuatro canales— y este su despacho. Hay un pasillo detrás, ¿ves? Creo que uno de los tapices oculta una puerta secreta. Debe de entrar y salir por ahí.

«Y ofrece un buen modo de ocultar algo valioso».

Ben resiguió con el dedo un estrecho camino que se alejaba de la sala. El pasillo desembocaba en lo que parecía una salida (¿otra boca de alcantarilla?), y debajo…

—¿Qué significa esa casilla de un color distinto, alrededor de la salida?

Eda consultó la leyenda.

—Otro nivel inferior. Otra cámara.

Se miraron fijamente.

—¡Basta de parloteo, humanos! —Los ojos de Tripp brillaban como carbones al rojo en la oscuridad—. ¿Por dónde?

Con cierta dificultad, Eda le indicó a Tripp el rumbo que debían tomar, esperando no haberse equivocado de ubicación en el mapa.

Habían bajado por la boca de alcantarilla que había cerca de la curtiduría, sabedores de que se encontraba relativamente cerca del cuartel general de Lich.

Pero tendrían que guiarse por los planos el resto del camino.

Deteniéndose de vez en cuando, se abrieron paso por canales y túneles laterales, comprobando cada uno de los posibles escondrijos marcados en el pergamino.

Pero ninguno de los diminutos vestíbulos estaba acondicionado como cámara de seguridad y tampoco albergaban nada más que telarañas y excrementos de rata.

Presa del miedo a que los descubrieran, Eda imaginó que uno de los vasallos de Lich salía a su encuentro, atraído por el eco de sus pasos.

Ya no contaba con un manto de ocultación que la protegiera.

Su única defensa eran los desarrollados sentidos de Tripp.

El diablillo se abría paso con seguridad a través de la negrura, con sus orejas de murciélago atentas al más mínimo sonido.

Cuando se detuvo en seco, Eda casi tropezó con él.

—¿Qué…?

Entonces lo vio.

Se encontraban ante una estrecha escalera ascendente que iba a dar a un túnel de sombras semejante a fauces. En alguna parte, más arriba, un fuego parpadeaba. «Si hay fanales encendidos, hay gente cerca».

—¿Es esto? —susurró Ben.

Los planos mostraban una escalera que daba al centro del pasillo privado de Lich.

—Creo que sí.

Sin atreverse apenas a respirar, ascendieron con sigilo. Cada mínimo rumor se les antojaba una explosión, pero no oyeron voces ni vieron sombras en movimiento.

Tripp fue el primero en llegar arriba.

—No hay nadie aquí.

El aire era más fresco en esa zona, lejos de los fétidos canales de agua.

Las paredes estaban secas, casi frías. El pasillo apenas tenía anchura suficiente para dos personas.

Había antorchas encendidas a intervalos regulares a lo largo de todo el recorrido.

A la izquierda vieron una puerta de hierro.

«El despacho de Lich». A la derecha, una verja misteriosa.

«La salida a la superficie. Y lo que sea que se oculte debajo».

—¿Qué nos apostamos a que está cerrada con llave?

Se apresuraron por la pasarela y se agolparon junto a la verja.

Era de hierro chapado en plata, con una cerradura doble de grandes dimensiones.

Al otro lado asomaba un vasto pozo que se internaba en la roca, con una amplia escalera de caracol instalada en el centro.

Saltaba a la vista que la escalera era mucho más nueva que el propio pozo.

Eda había acertado al pensar que Severin Lich no se dignaría a usar escaleras húmedas y ruinosas.

Ben sacudió la verja sin demasiado convencimiento.

—No podremos forzarla.

Eda se apoyó contra los barrotes y miró hacia arriba. Una delgada franja de luz brillaba sobre sus cabezas.

—Supongo que esa es la escotilla de salida. El Portal debe de estar abajo.

—No lo sabremos si no podemos pasar.

Tripp corrió de vuelta por el pasillo.

—¡Tripp! —cuchicheó ella, a su zaga—. Tripp. No te acerques demasiado a esa puerta…

Pero ya lo había hecho.

Eda se detuvo a varios metros de distancia, temerosa de acercarse.

Ben se estampó contra su hermana.

—¿Qué está haciendo? ¡Nos va a delatar!

Tripp hizo un gesto con la mano para pedir silencio. Apoyó la oreja contra el hierro. Al cabo de un momento, sonrió y levantó un dedo nudoso. «Uno». ¿Una persona dentro?

Les indicó por señas que se acercaran. Eda caminó con el máximo sigilo, aferrada a Ben. «¿Qué?», articuló con los labios en dirección al diablillo.

«Prepárate» , le respondió él, también en silencio, con los ojos negros brillantes de la emoción.

A continuación arañó el metal con sus garras, provocando un chirrido.

Eda se tambaleó. Ben resopló sorprendido y desenvainó la espada. ¡Pequeño bastardo! Ella echó mano del cuchillo que llevaba en la bota. No pasó nada. Tripp repitió el gesto.

Un movimiento amortiguado. ¿Y si era el propio Lich? «¿Quién más podría ser?».

El sonido de una voz grave, una llave que giraba en la cerradura…

La puerta se abrió de par en par. Una figura oscura se asomó.

Tripp saltó.

El grito amortiguado del hombre se cortó en seco cuando el diablillo se pegó a su cabeza, batiendo las alas y ejerciendo una fuerza sorprendente con la cola y los brazos.

—Ahora, humanos —gruñó antes de clavar los dientes en el cuello del hombre.

Ben fue el primero en reaccionar. Agarró el brazo del desconocido, que blandía a ciegas un cuchillo, y evitó por los pelos que Tripp acabara destripado. El hombre era corpulento, pero Ben también: le hizo una zancadilla al tipo, que cayó al suelo. Ben lo inmovilizó con una rodilla.

Eda se pegó a la pared sujetando con fuerza el fanal, que se mecía con violencia.

Las sombras se movían como si la lucha se desarrollara en las paredes cual espantosas sombras chinescas.

Los ojos saltones del hombre se toparon un instante con los de Eda y un gélido reconocimiento la inundó: «Hillock».

Se le desorbitaron los ojos como los de un caballo asustado y la saliva le resbaló por la barbilla. Tripp gruñía como un perro rabioso contra la garganta de Hillock. La sangre brotaba a borbotones. Eda le miró fijamente.

Hillock la había ayudado una vez. Solo lo hizo por conveniencia de su amo, pero la ayudó, al fin y al cabo. Gracias a él, encontró a Kit de buen comienzo. En aquel entonces le pareció un tipo muy fuerte, mucho más curtido y peligroso que ella.

Ahora no era más que un animal que forcejeaba en su trampa.

El pasillo era estrecho y Hillock pateaba con tal brutalidad que le costaba mantenerlo inmóvil, pero Ben no dudó.

Apartó a Tripp para rodear con las manos el cuello de Hillock, evitando la tráquea.

La cara de Hillock adquirió un tono amoratado.

Sus forcejeos se tornaron más lentos. Consiguió liberar un brazo y le asestó un puñetazo a Ben; Eda corrió a inmovilizarle, sintiéndose una miserable.

—¡Ábrelo en canal, humano! —dijo Tripp. La sangre le goteaba por las fauces—. ¡Acaba de una vez!

—No —gruñó Ben.

Ella lo entendió: Ben no quería matarle. Eda tampoco.

Hillock pronto dejó de retorcerse. Guardó silencio, luego dejó de moverse y por un momento no se oyó nada más que las respiraciones entrecortadas de ellos tres en el oscuro pasillo. Ben soltó al hombre. Tenía las manos húmedas y rojas de sangre.

«Que los santos se apiaden de él».

—¿Está… está muerto?

Ben acercó el oído a la boca abierta de Hillock.

—Sigue respirando. Creo.

Eda se incorporó a toda prisa. Se encaminó a la puerta y apartó el tapiz.

El despacho de Lich era tal como lo recordaba: ostentoso, limpio e impregnado del olor del tabaco especiado.

La cortina que cubría la entrada principal estaba echada.

Más allá, el murmullo de la gente que trabajaba proseguía sin interrupción.

Lich no estaba allí, pero el cuartel general seguía funcionando.

Alguien podía aparecer en cualquier momento.

Oyó las arcadas de Ben. «Al menos no ha tenido que matarle».

Tripp correteó junto a ella y le dedicó una mueca escarlata.

—¿Lo ves? Eda Shaw estaría perdida sin Tripp.

—No puedes hacer algo así sin avisarnos —le regañó ella aferrada al marco de la puerta.

Intentó concentrarse en la sensación fría del hierro para no ser tan consciente del tufo metálico de la sangre.

—Tripp te avisó. —Rebuscó por el escritorio de Lich—. Necesitas una llave, ¿cierto?

—No sabemos con seguridad que Lich guarde una aquí. Puede que la lleve encima. —Miró el tapiz—. No podemos quedarnos…

Sonó un ligero chasquido. Tripp extrajo una garra de la cerradura de un cajón antes de abrirlo.

Eda lo miró de hito en hito.

—¿Sabes forzar cerraduras?

—Lord Kit siempre le pedía a Tripp que le ayudara a colarse en los sitios cuando era niño.

—¿Por qué no forzaste la otra cerradura entonces?