Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

La forma humana de Kit era tan sobrecogedoramente atractiva como la demoniaca.

La línea de su mandíbula, la irónica curva de su boca.

Incapaz de resistirse, Eda alargó la mano para apartarle las greñas que amenazaban ocultar sus ojos brillantes.

Él se inclinó hacia su tacto como una planta que busca el sol.

Apenas se habían visto durante la última semana, estando ella de vuelta en casa y él en el río, ocupándose de la querida barcaza de Robin.

Desde que el Portal se había hecho añicos, Kit experimentaba problemas para cambiar de forma.

Detestaba estar lejos de Eda, pero mantener su forma mortal le exigía un alto coste y no parecía que Severin Lich fuera a buscar venganza inmediata por su Portal perdido.

Cuando Ben se presentó ante Tenelle para hablar de su primer día como recluta, ella le contó que Lich parecía haber abandonado la ciudad de la noche a la mañana.

El señor del crimen debió de intuir que los vientos iban a cambiar, dijo.

Sin un Portal que le garantizara el favor y la protección de la nobleza, habría preferido no arriesgarse.

Seguramente estaría buscando otras ciudades que conquistar.

Ben viviría en los barracones de la Orden mientras realizaba la formación.

Lawrie se quedaría con la tienda. A Eda le inquietaba la idea de que Lich o algún otro adversario regresaran a Blackbridge para vengarse, pero sus hermanos no necesitarían su protección.

«Ben y Lawrie han confiado en que sabré desenvolverme. Yo debo confiar en ellos».

—¿Has preparado mi llegada? —le tomó el pelo a Kit—. ¿Has ahuecado los almohadones, aireado la ropa de cama? Me sentiré muy decepcionada si no has corrido a prepararme un pastel casero.

—He preparado tu llegada, sí. En cuanto a correr…

—¡Calla! —Le tapó la boca. Él le besó la palma de la mano, sonriendo. Kit le escudriñó el rostro; siempre ávido de su risa, de su sonrisa. Intentó mantener la cordura en lugar de echarse sobre él allí mismo, en la cubierta. —Mis hermanos están mirando. Y Viejo Cascarrabias.

Se agachó para acariciar al susceptible gato, que le olisqueó la mano antes de permitírselo.

—¡Lady Eda! —Tripp entró corriendo en la cubierta.

Empujó a Viejo Cascarrabias a un lado y se ganó un maullido por su descortesía—.

Mi señora, Tripp ha supervisado la limpieza de la embarcación humana.

Su excelencia no es muy dado a las tareas del hogar (como corresponde a su posición, no me malinterpretéis), así que Tripp le ha prestado su humilde ayuda.

Creo que servirá como alojamiento temporal.

Al menos hasta que su excelencia considere oportuno regresar para ocupar el puesto que le corresponde.

—Ya lo hemos hablado, Tripp. —Kit fulminó con la mirada al diablillo—.No tengo la menor intención de volver.

—¡Oh, debéis llevaros a su excelencia lady Eda con vos, por supuesto! Aunque me atrevo a decir que causará un gran revuelo en las cortes. Pero ¿qué pueden hacer? ¡Nada! Sois el archiduque Ansellis, único heredero de la Casa Ansellis…

—Tripp.

—¿Mi señor?

—Doy tu visita por concluida. Puedes volver dentro de unas semanas, si lo deseas. O unos meses.

—¡Señor! ¿Tanto tiempo?

—Trágico, lo sé. Te echaremos de menos. Vete ya.

—Adiós, Tripp.

Eda le estrechó la manita huesuda.

Él le hizo una reverencia histriónica y, lo más chocante de todo, esbozó una sonrisa.

—Mi señora.

El duendecillo desapareció con un chasquido.

Eda se puso en pie y vio que sus hermanos aún la miraban.

Kit dijo:

—¿Estás lista?

—Nunca lo he estado más.

Kit agitó la mano y la manivela de la cubierta empezó a moverse igual que hiciera cuando Robin estaba allí. Las ruedas hidráulicas giraron lentamente.

—¿Sus encantamientos siguen funcionando?

—Por fortuna para nosotros.

—Me alegro—. Eda saludó a sus hermanos con la mano mientras se alejaban. Ben y Lawrie le devolvieron el saludo. Una hermosa sensación de afecto se extendió por su pecho—. Es como si una parte de ella siguiera aquí.

Al final, sus hermanos se convirtieron en dos motas en la lejanía contra la luminosa campiña color ocre y marrón.

El sol casi había alcanzado su cenit y se asomaba con timidez entre las densas nubes para obsequiarlos con un infrecuente resplandor de luz otoñal.

El río bajaba con fuerza, espumeando alegre en torno a los cascos gemelos.

Viejo Cascarrabias se asomaba por la borda, atento a los peces.

Y menguando a su espalda estaba Blackbridge: ese gran espinazo serrado que se extendía a lo largo del horizonte.

Una ciudad llena de callejones oscuros, chapiteles torcidos y magia oscura: su hogar.

Contra todo pronóstico, a Eda le entristecía marcharse.

Era extraño que una solamente llegara a apreciar el verdadero valor de algo cuando estaba a punto de dejarlo atrás.

«Volveré —se prometió—. Vaya donde vaya, siempre volveré».

Pero si la partida era amarga, el camino rebosaba dulzor, pues la aguardaba un mundo por estrenar, cambiante y vivo.

Eda sentía la liviandad de la contingencia en los huesos.

Cien futuros diferentes, y todos al alcance de la mano.

Solo un aspecto de sus fantasías era idéntico en todas las versiones: el instante en que los nudillos de él le rozaban la mejilla.

Se volvió buscando los ojos de Kit: un choque entre la tierra y el fuego.

—¿Tienes frío? —preguntó él.

—Estoy de maravilla.

—En eso estamos de acuerdo. —Él entró de súbito en la cabina y regresó con un bulto conocido en los brazos—. Toma. Pensé que te gustaría recuperarlo.

Eda abrió los ojos de par en par.

—¡El manto! —Se lo arrancó de las manos y deslizó los dedos por las hojas y las plumas con cariño. Solo el broche de pata de pollo se había perdido (arrancado, cuando los hombres de Fane le arrebataron la capa), pero, por lo demás, la prenda parecía intacta—. ¿Cómo lo has conseguido?

—Volví al mausoleo. Todavía estaba allí, acumulando polvo en un rincón.

Eda estrechó la prenda contra su pecho y acarició la mejilla de Kit con la otra mano.

—Gracias. —Luego, en tono más quedo—: Mir’han.

Nunca lo había llamado así antes. Quería saborear la forma de la palabra.

Kit entreabrió los labios. Una expresión de puro asombro maravillado se apoderó de su rostro. Tardó un instante en recuperar la compostura.

— Mir’han.

Tomó la mano de Eda. Le dejó algo en la palma.

Ella observó el objeto con perplejidad.

—Tu anillo de protección.

—Guárdamelo.

—¿Tú no lo necesitas?

—Si alguna vez nos enfrentamos a otros de mi especie, no tengo intención de esconderme. —Le cerró la mano alrededor de la sortija con el rubí incrustado—. Quiero que lo tengas tú.

Eda se pasó un rizo por detrás de la oreja y se rio azorada.

—Supongo que no sabes lo que significa que un hombre le regale un anillo a una mujer en este mundo. Por lo general significa…

—Sé lo que significa —dijo Kit.

Una intensa oscuridad se había apoderado de su semblante.

Eda le miró fijamente.

Él le acercó el rostro.

—Ahora, por favor, déjame besarte como es debido, querida, antes de que empiece a recitar horribles sonetos de amor.

La sonrisa de Eda fue amplia y espontánea.

—No me importaría.

—Más tarde, entonces.

La atrajo hacia sí, hasta que tuvo el cuerpo de Eda pegado al suyo. El contacto la caldeó de un modo que los rayos de sol no podían.

—Pero, por ahora, espero que baste con decirte que te amo por encima de todo. En este mundo o en el mío, o en cualquier otro. —Le rozó la boca con los labios—. ¿Te basta con eso?

Eda le besó.

Le bastaba.

Más adelante, por supuesto, cuando todo sepa a ceniza y su corazón yazga partido en dos, recordará este momento y deseará desesperadamente haber permanecido en él para siempre, como una libélula en ámbar perfecto. Pero no es así como transcurre la historia.

Y ni siquiera la magia puede hacer que retroceda el tiempo.