Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

VEINTINUEVE

E da no soportaba la idea de volver a esa alcoba. En lugar de eso, se dispuso a encender el fuego en el hogar de la sala con la esperanza de ahuyentar el frío y la oscuridad. Usar la chimenea tan a menudo suponía un gasto considerable. Pero no era problema suyo.

Ben se detuvo en el umbral.

—¿De quién es esta casa?

—No lo sé.

Sin pronunciar palabra, tomó la yesquera y el pedernal. Las chispas saltaron y se convirtieron en llamas con un par de golpes bien dados.

No había mucho que pudieran hacer hasta el atardecer, cuando Eda se reuniría con Tenelle.

Saber que su hermano estaba enfermo y que la cosecha de otoño se acercaba cada vez más no le impedía preocuparse también por lo que le esperaba esa noche.

Lo percibía asimismo en Ben, que no paraba de atizar el fuego.

Eda notó la boca seca. «La última vez que le vi con un atizador en la mano, lo estaba usando para matar a golpes a un hombre». Ben debió de pensar lo mismo, pues se detuvo y se quedó mirando su propia mano como si no le perteneciera.

—Recuérdame por qué reunirte con la comandante Tenelle es una buena idea —le pidió.

Ella le contó su encuentro con Fane y Tenelle del modo más conciso posible, sabiendo que, si se detenía a respirar, Ben empezaría a reprocharle sus temerarias decisiones.

Pero él se limitó a escuchar en silencio mientras se despojaba de la capa y la colgaba sobre una silla para que se secara.

Debajo vestía el uniforme de Acero robado, más limpio que la última vez que Eda lo había visto.

La espada plateada a juego colgaba torpemente de su cinto.

También la dejó allí y se deslizó los dedos por el pelo húmedo.

Era un gesto de timidez que compartían sus dos hermanos.

Eda pensó en Lawrie y le lagrimearon los ojos.

Cuando terminó, Ben soltó un suspiro tembloroso.

—En ese caso, si se destruye el espejo de Lich…

—La única forma que tendrá el señor Noche de volver a casa será a través de nuestro espejo. No podrá quedarse al margen y dejar que acaben con él.

—Y el espejo está en manos de los Aceros.

Había muebles en el salón: un cofre bruñido, un banco de nogal, dos sillas acolchadas dispuestas alrededor de una mesa para refrigerios, pero ni ella ni Ben hicieron uso de ellos.

En vez de eso se sentaron sobre la estera de crin de caballo, junto al resplandor del fuego, mientras las llamas caldeaban sus huesos entumecidos.

Eda dijo:

—Tenelle accedió al plan. Yo destruiré el Portal de Lich y ella usará el otro espejo para desenmascarar al obispo públicamente en el Cónclave de Clérigos. Habiendo tantos Aceros allí, será la oportunidad perfecta para que se muestre el señor Noche.

—¿Crees que querrá arriesgarse a atraer la furia de un demonio sobre sus soldados?

—Es su deber proteger esta ciudad de lo demoniaco. No es una cobarde.

Eda tenía que confiar en que eso sería suficiente.

Ben hizo una mueca.

—Son demasiados supuestos.

—Es todo lo que tenemos.

—¿Sabes que mañana no solo se celebra el Cónclave? También es la cosecha de otoño. Si no matan al señor Noche antes del atardecer…

—Es todo lo que tenemos —repitió ella con firmeza.

Ben se frotó los ojos.

—Tenelle estará encantada de que le hagas el trabajo sucio. ¿Cuál es su plan si no consigues destruir el espejo de Lich? ¿O si te capturan?

—Dudo que le importe demasiado que Lich me descubra, siempre y cuando haya destruido antes el Portal.

Y si no lo consigo… No estoy segura. Quizá Tenelle se decida a asaltar esa maldita madriguera de ratas de una vez y lo haga ella misma.

Pero recurrir a mí le permite no ensuciarse las manos —Eda apoyó la frente en las rodillas—.

Esto habría sido mucho más fácil con la ayuda de Kit.

—No le necesitamos.

—¿Necesitamos?

—No pensarás en serio que te voy a dejar hacer esto sola.

Su brusquedad autoritaria la reconfortó.

—Pensaba que lo desaprobabas por considerarlo una misión imposible.

—Lo considero una misión imposible y lo desapruebo. Pero, por lo que parece, el mundo no es más amable con los bienintencionados que con los que se arriesgan, así que yo qué se… Si todo esto sirve para salvar a Lawrie y liberarnos de ese maldito pacto de una vez por todas, que así sea.

Eda se limitó a asentir, con la mirada fija en el fuego. La lluvia repiqueteaba contra la ventana.

—Lo siento —dijo Ben de repente.

Ella se quedó atónita.

—¿Por qué?

—Por mi manera de hablarte antes de que llegaran los Aceros. Por tratarte como a una niña. Por… No sé. Por todo.

—Debería ser yo quien se disculpara. Yo os metí a ti y a Lawrie en este lío. Yo soy la razón de que él esté…

—No. Cometiste errores, pero no eres responsable de lo que pasó.

Eso es culpa del obispo. Si no fuera por ti, los dos seguiríamos en esa celda, esperando la soga.

Sé muy bien qué destino escogería Lawrie.

—Tragó saliva—. Siento no haberte dado las gracias como es debido.

Eres más valiente y mejor de lo que jamás he reconocido.

Así que no voy a dejar que te revuelques en el barro. ¿Entendido?

Incluso siendo cariñoso, se las arregló para sonar autoritario. Eda se mordió las uñas, desconcertada ante el brusco elogio.

—Entendido.

De nuevo los envolvió el silencio, esta vez más llevadero. Fue Ben quien lo rompió.

—Él te importa. Kit.

¿Tenía sentido negarlo?

—Sí.

—¿Cuánto?

«Por favor, no me obligues a decirlo». Dolía como una herida abierta. No podía admitir sus sentimientos ni siquiera ante sí misma.

—No importa. Si me vas a regañar por ser una tonta, hazlo de una vez.

—Siempre fuiste poco propensa al miedo. Lawrie y yo… odiábamos al señor Noche. Pero a ti te fascinaba. Siempre dispuesta a ver humanidad donde no la había.

Ella se irritó.

—Ya capto lo que me estás diciendo, Ben. No hace falta que…

—Y al final encontraste a un demonio con un corazón humano. —Sus ojos brillaban como monedas de cobre a la luz del fuego—. He visto cómo te mira.

Eda se ruborizó, aunque su corazón latía con fríos calambres de angustia.

—¿Qué sabrás tú de eso? —murmuró.

Una larga pausa.

—Hay una mujer.

Eda levantó la cabeza de golpe. Las mejillas de Ben estaban inusualmente sonrosadas.

—¿Una mujer?

—Es una recluta del regimiento de caballería de la Orden.

Aún demasiado novata para patrullar. La veo practicando en el patio de armas y cargando con el equipo, pero suele estar en los establos.

Ayuda a ensillar a los caballos. Le gustan.

A veces la pillo hablándoles cuando cree que nadie la escucha.

Se frotó el cuello. La voz áspera y brusca de Ben había adquirido una suavidad que Eda rara vez oía. Se hizo la luz en su mente como un viento que empuja las nubes.

—¿La amas?

—Apenas sabe que existo.

—No te he preguntado eso.

—No importa —dijo él, devolviéndole su propia evasiva—. Solo intento decir que sé algo del corazón y de sus… anhelos. Si tú eres una tonta, yo también lo soy.

—Nunca me hablaste de ella.

—¿De qué habría servido?

—Dicen por ahí que las cargas son más ligeras cuando se comparten.

Su hermano no respondió. En momentos como ese, Ben parecía mucho mayor de lo que era, agobiado por la responsabilidad de hacerse cargo de todos menos de sí mismo.

Eda quería que se quitara ese peso de encima.

Quería que fuera a buscar a esa chica de la Orden y le dijera lo que sentía.

Quizá, con un poco de suerte, ella le correspondería.

Una chispa estalló en el fuego. Ben lo removió sin necesidad.

—¿Va a volver esta vez?

No hizo falta preguntar a quién se refería. Eda cerró los ojos para que él no viera las lágrimas.

—No lo creo.

—Entonces estamos solos.

Ella cerró los dedos contra los pantalones, temerosa de desintegrarse como semillas de diente de león al viento.

No podía pensar en Kit, pero le resultaba difícil teniendo en cuenta lo mucho que se había apoyado en él.

Sin los poderes del demonio y sin el manto de ocultación, Eda estaba tan indefensa como al principio.

No. No estaba indefensa. Y no estaba sola.

Observó el rostro sin afeitar de Ben. Él la había criado.

Era la persona que la había ayudado a vestirse, a peinarse, a cortar la carne…

Y todo eso mientras su padre aún vivía. Una mañana, cuando se despertó y descubrió que su primera menstruación le había manchado el camisón, acudió a Ben, abochornada.

Eda lloró de vergüenza mientras él le buscaba ropa limpia, sin una palabra de queja.

Aquel día le dio para comer las mollejas que quedaban.

A menudo Eda había tenido la sensación de que Lawrie la quería más.

Lawrie, que jugaba con ella, que consentía sus travesuras, que no escatimaba abrazos y palabras de consuelo.

Lawrie le expresaba su amor con tanta frecuencia como se burlaba de su pelo: se comportaba como un verdadero hermano.

Pero Ben había sido hermano, madre y padre a la vez, porque no había tenido más remedio.

Los dos se habían apoyado en Ben. Su amor era como la tierra bajo sus pies: sólido, inquebrantable. Fácil de pisotear y de dar por sentado.

Eda le agarró la mano y se la estrechó con un nudo en la garganta.

—Me alegro de que estés aquí.

Él le devolvió el gesto.

Un tablón del suelo crujió.

Eda dio un respingo. Ben estaba echando mano de su espada antes de que se dieran cuenta de que era Tripp, que les acechaba desde la puerta abierta.

—¿Cuánto tiempo llevas escuchando? —balbuceó ella. Entonces se percató de que no debería estar allí—. Espera. ¿Por qué no te has ido con…?

Tripp se acercó a toda prisa. La imagen era inquietante. Ben parecía dispuesto a aplastar al diablillo contra la alfombra al primer paso en falso por su parte.

Se detuvo junto a la rodilla de Eda y dobló sus pequeños dedos huesudos, como si no supiera qué hacer con ellos. Una expresión cauta asomó a sus ojos negros.

—Mi señor es el más notable de los demonios, pero incluso alguien como él podría… equivocarse. Has dicho la verdad, Eda Shaw. No debería esconderse de su hermano. Debería plantarle cara y luchar.