Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Eso no es cierto. Eres fuerte, Kit. Tú mismo lo dijiste: tu pueblo te prefería como gobernante. Apreciaron tu valía, como yo, y no deberías huir de ello. ¡Esta es tu oportunidad! Demuéstrale a Baelion quién eres. —Se armó de valor—. Mátale.

El pétreo rostro de Kit se descompuso. Tardó en responder.

—No tienes la menor idea de lo que me estás pidiendo.

—Sé que es poderoso. Sé que no deseas enfrentarte a él.

Pero eres el único que puede hacerlo. ¿No estás cansado de esconderte?

¿De vivir en las sombras, fingiendo ser mortal, mientras Baelion gobierna a tu pueblo en tu ausencia?

Después de todo lo que te hizo cuando erais niños, después de todos los modos en que te hizo daño…

El demonio retrocedió como si le hubieran abofeteado y posó unos ojos ardientes en Ben. Cuando Kit la miró de nuevo, había dolor en su mirada.

—Te hice confidencias. ¿Cómo te atreves a usar mis vergüenzas contra mí? ¿A esgrimir mis secretos como un arma para obligarme a hacer tu trabajo sucio?

Eda se encogió.

—Nunca me dijiste que tu pasado fuera un secreto.

La voz de Kit se tornó más grave.

—¿Crees que tengo por costumbre revelar mis miserias a cualquiera que me pregunte? Lo compartí contigo contra toda razón, contra todo juicio y ni siquiera… —Desvió la mirada—. Ni siquiera sé por qué.

—Kit…

—Exiges que me convierta en tu brazo ejecutor, como si fuera un perro. —Arrugó el labio con desdén—. ¿Quién eres tú para darme órdenes?

Eda negó con la cabeza, incrédula. No la había despreciado así desde su primer encuentro.

—No te ordeno que hagas nada. Te lo estoy pidiendo, como tu… —Se interrumpió. ¿Como su qué? Por la forma en que la miraba ahora, temía no ser nada para él. —Solo te lo estoy pidiendo.

—Pides demasiado.

Los sentimientos de Eda estallaron.

—A mí también me asusta la idea de matarlo.

Admiraba el poderío del señor Noche, su libertad.

Me engañé a mí misma pensando que yo le inspiraba cariño.

Pero no es así. Sus palabras son veneno, administradas gota a gota durante tantos años que me volví insensible a su efecto.

Reservé todo mi odio para mi padre y mis hermanos.

Pero no volverá a pasar. —Levantó la barbilla y lo fulminó con la mirada—.

Todo esto podría acabar: el pacto de mi familia.

El sufrimiento de Lawrie. El sufrimiento de esta ciudad.

El tuyo propio. Y, sin embargo, te niegas…

¿Por qué? ¿Por llevarme la contraria? ¿Por orgullo?

No. —Apretó los dientes—. Lo haces por miedo.

El demonio la fulminaba con la mirada.

Eda oyó a Ben acercarse por detrás.

—Eda…

—Pensaba que los demonios eran más fuertes que nosotros.

Pero todos estáis muertos de miedo. El señor Noche también.

Por eso firmáis pactos a cambio de años humanos, ¿no?

Os asusta la mortalidad. Los de vuestra especie nos compadecéis por nuestras cortas vidas, nos menospreciáis por renunciar tan libremente a lo que vosotros codiciáis.

Pero ahora lo veo con claridad. Morimos rápidamente y con facilidad, y eso hace que nuestra vida sea aún más valiosa. Un demonio nunca entenderá eso.

Apretó los puños. Se le saltaban las lágrimas. «No voy a llorar».

—Acumuláis nuestros años robados para aplazar vuestro propio fin. Vivís durante siglos o más, todo para evitar lo mismo que los humanos afrontan a diario. ¿Y sabes lo que pienso? —Le pegó un empujón en el pecho—. Pienso que es patético.

El rostro de Kit oscilaba entre distintas apariencias. Respiraba con dificultad con los ojos entornados.

—Juegas a ser un hombre, pero nunca sabrás lo que significa ser mortal hasta que te enfrentes a la inevitabilidad de tu propia muerte —prosiguió ella—. Y esa es la ironía, ¿no es cierto? Si no tienes nada por lo que vivir, ya estás muerto.

Kit alargó la mano de golpe. Atrajo a Eda hacia sí, nariz con nariz. En un instante, la ilusión se desvaneció. Solo el demonio permaneció: ceniciento, dotado de colmillos y sobrenatural. El cuerpo de Kit vibraba con un sentimiento violento y primitivo.

Ben se acercó a ellos; Eda extendió la mano para detenerlo. Miró fijamente a los ojos de Kit y se preguntó si sería eso lo que uno sentía cuando le rompían el corazón.

—Basta —le ordenó él, apoyándole la frente. Le temblaba la voz—. ¿Por qué dices eso? ¿Por qué tienes que estropearlo todo?

Eda pasó por alto esas palabras.

—¿Lucharás?

«¿Lucharás por mí?».

Él cerró los ojos con fuerza.

—No puedo.

A Eda se le encogió el corazón. Observó cada uno de sus rasgos: la inclinación de su mejilla, las cejas delicadas, las pestañas sedosas y el gesto de su pelo sobre la frente. Lo grabó todo en su memoria.

—En ese caso huye, Kit’rath. Mi vida es demasiado corta para desperdiciarla en cobardes.

Él se puso tenso. Lentamente, con movimientos rígidos, la soltó. Dio un paso atrás y la miró con una expresión tan impávida y vacía como un campo recién nevado.

Kit se disolvió en una vorágine de niebla negra que agitó el pelo de Eda, y un exquisito cuervo salió volando por la puerta abierta.

Tan breve y deslumbrante como un cometa, desapareció.