Capítulo 28 #2
Kit igual podría haberle escupido a la cara. El diablillo, a pesar de todo, se inclinó rígidamente en señal de deferencia.
—Mis disculpas, mi señora.
Eda sospechaba que se guardaba nombres mucho más creativos para ella. «Precisamente ahora que empezábamos a llevarnos bien».
Le preguntó a Kit:
—¿Qué le impide aparecer justo en mitad de… ya sabes?
—Tiene instrucciones de acudir a mí solo cuando se lo pida, pero al parecer ha olvidado sus modales.
—¡No es así, mi señor! ¡También estipulasteis que Tripp podría acudir a vos en situaciones de gran urgencia! ¡De vida o muerte!
—¿Y quién, si se puede saber, está en peligro de muerte en este momento?
Los ojos negros y saltones del diablillo se desplazaron hacia Eda.
El pánico se elevó como la marea.
—¿Qué pasa?
—Vuestro hermano ha venido a la ciudad a buscaros, mi señora. La bruja del barco llegó por el río. Amenazó con lanzar una maldición sobre Tripp si no ayudaba al chico a encontrarla.
—¿Ben? ¿Está aquí?
—Sí.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Tripp miró a Kit y luego a ella.
—Mejor preguntádselo vos misma.
Eda se vistió a toda prisa.
Toda la calidez, el consuelo y la frágil y efervescente felicidad que habían cultivado en aquella alcoba se esfumaron con la siniestra reaparición de Tripp, como arrastrados por un viento gélido. La tormenta que se avecinaba había estallado por fin.
Eda se trenzó el pelo. Notaba los dedos torpes y entumecidos mientras ataba el extremo con el cordel que le había afanado a Robin. La segunda vez que fue incapaz de hacer un nudo, soltó una maldición. Una mano de dedos largos la detuvo.
Kit tomó el cordel sin decir palabra y le hizo un lazo perfecto, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. Después de todo lo que habían compartido, el gesto se le antojó a Eda, por algún motivo, increíblemente íntimo.
—Ya está —anunció él con voz ronca.
Los dedos se demoraron en el cabello de ella. Con su apariencia mortal, no había garras que se enredaran en él.
—Gracias.
Unos ojos de fuego se clavaron en los suyos.
El mundo real había regresado con fuerza, pero ellos ya no eran la misma mujer y el mismo demonio que lo abandonaran dos días antes.
La leve molestia entre las piernas de Eda era un placentero recordatorio.
Por otro lado, tal vez Eda fuera la única que se sentía cambiada.
Quizá Kit hubiera conquistado a muchas amantes de la misma manera.
«Se le da bien seducir a las mortales», le había dicho el señor Noche.
Eda se soltó la trenza.
—El jabalí ha tenido que soportar aún más libertinaje. Estoy segura de que no lamentará nuestra partida.
—Muy cierto. Solo desearía que tuviéramos más tiempo para traumatizarlo.
A Eda se le encogió el corazón. Más tiempo. Era extraño el poco valor que le había dado cuando creía tenerlo de sobras. Nada era tan precioso. Incluso los demonios lo sabían.
Eda tiró de Kit para que la besara. Se suponía que iba a ser algo breve, pero él profundizó el beso de inmediato.
El roce de sus labios despertó cada una de las terminaciones nerviosas de Eda.
Su sangre acudió a su llamada. ¿Era normal desear a alguien con tanta intensidad?
¿Abrazarse, piel con piel, y sentirte demasiado lejos a pesar de todo?
Kit profirió un sonido animal de satisfacción. Se pegó a Eda, la arrastró hacia sí…
A su espalda, un breve bufido. Eda se apartó.
Tripp había regresado. La fulminó con la mirada.
—El chico Shaw está aquí.
Ella le lanzó a Kit una mirada avergonzada y corrió hacia el balcón.
Lloviznaba; las nubes tapaban el sol otoñal. De pie a la sombra de la casa estaba Ben, sujetándose la capucha mientras se inclinaba hacia atrás para mirarla. Eda le saludó con torpeza. La expresión adusta de Ben no cambió.
—Te… Te dejaré entrar —gritó.
Bajó a la carrera las estrechas escaleras de roble y cruzó el vestíbulo. Tiró de la arqueada puerta principal.
—Ben, ¿qué estás…?
—Lawrie está enfermo. —Se abrió paso al tiempo que observaba la casa en penumbra—. Ha empeorado.
Eda palideció.
—Pero Robin le estaba tratando. ¿Piensa que va a perder la pierna?
—Al principio no lo consideró necesario. Ahora no está segura de que sirviera de mucho en cualquier caso. Él… se está muriendo, Eda.
Los pensamientos de Eda se detuvieron en seco. Buscó en el rostro de Ben algún indicio de que le estuviera tomando el pelo.
—No, no es verdad. No se está muriendo, Ben. —Se rio con carcajadas agudas e inestables—. Lawrie ha sufrido infecciones en otras ocasiones. Solo necesita tiempo para descansar y quizá un sanador experto. Robin dijo que la medicina no era su especialidad.
—Esta no es una infección cualquiera. Los infernales no son de este mundo. El cuerpo de Lawrie no puede combatir una infección demoniaca.
—¡Pues amputadle la pierna! Se la cortaremos de ser necesario…
—Está demasiado débil. La infección ya ha invadido su sangre. —Le temblaba la voz. Intentaba mantener la compostura. Eda no recordaba la última vez que había visto a Ben al borde de las lágrimas, como ahora—. Robin dice que solo le quedan unos días.
Eda se apoyó en la pared buscando equilibrio. «No». Le zumbaban los oídos, y el estómago se le inundó de agua helada. De repente tenía la sensación de encontrarse muy lejos de allí.
—¿Qué hacemos? Ben, tiene que haber algo que podamos hacer.
—La infección está provocada por la magia. Robin dice que no hay nada que la alimente cuando se la separa de su fuente. Si destruyes la fuente, destruyes la infección. Es la única manera.
Era tal y como Kit lo había descrito. «Un demonio aislado de la magia de su tierra natal es más débil». La esperanza prendió detrás de sus costillas.
—Te refieres a Infernus, de donde proceden los infernales. El Portal. ¡Entonces lo destruiremos! Tanto el espejo del señor Noche como el de Severin Lich…
—Los infernales obtienen su poder de la persona que los comanda. Eso dijo Robin, cuando menos. Es la única razón de que puedan atravesar los Portales.
—Entonces… Florian Fane. ¿Tenemos que matarlo?
—No es Fane quien trae a los monstruos, Eda. Ese poder es prestado. —La miró a los ojos—. Tenemos que matar al señor Noche.
«Tenemos que matar al señor Noche».
Los ojos inyectados en sangre de Ben decían más que mil palabras.
Un terror empalagoso ascendió por la garganta de Eda y le veló los ojos, lágrimas contenidas que le impedían ver con claridad.
Matar al señor Noche. ¿Cómo? El mero hecho de intentarlo implicaba vulnerar las condiciones del pacto.
Si le hacían daño, él tendría vía libre para hacerles daño a ellos, y el señor Noche seguramente los destrozaría en represalia.
Tendrían que asestarle un golpe mortal antes de que él tuviera la oportunidad de hacer nada. ¿Cómo se las arreglarían?
—Encontraremos la manera —se oyó decir—. Tenemos que hacerlo.
—No.
De pie al fondo de la escalera, como si hubiera estado allí todo el tiempo, Kit los fulminaba con la mirada.
Su apariencia humana resultaba convincente, pero el anaranjado incandescente de sus ojos y la quietud sobrenatural le otorgaban un aspecto inquietante.
Estaba ligeramente encorvado, como si sostuviera una pesada roca sobre los hombros.
Tripp, agachado en un peldaño más alto, les observaba.
Eda corrió hacia el demonio.
—¡Kit! Tú tienes poderes. ¿Podrías curar a Lawrie?
Se le crispó la mandíbula.
—No poseo tal habilidad.
—Por favor, debe de haber algo que puedas hacer. ¿Cuántos… cuántos años me quedan? Te los doy. Los que sean.
Un ruido de indignación escapó de la garganta de Ben.
—¡Eda!
—No. —La voz de Kit sonó chirriante, como hielo que se desplaza—. Aunque pudiera ayudar al chico, no te arrebataría tus años para sanarlo.
Eda echó chispas de frustración. Le agarró del brazo.
—¿Robin dice la verdad? ¿Matar al señor Noche es la única forma de detener la infección?
Lo notó rígido como una tabla bajo sus dedos. Un rato atrás se había doblegado a su tacto como mantequilla al sol.
—Es cierto que los infernales están aquí por voluntad de mi hermano.
Y que las mordeduras son de naturaleza mágica.
Matar a Baelion cortaría de raíz el poder de la infección.
Sin embargo —le espetó ante su expresión de alivio—, eso no significa que tu hermano se salve.
La magia podría desaparecer de su sangre, pero seguiría malherido.
—Pero solo sería una herida mortal, nada más —alegó ella, acalorada—. Es la única oportunidad que tiene.
La expresión de Kit se descompuso.
—No puedo hacer nada, mir’han. Lo siento.