Capítulo 28
VEINTIOCHO
D espertarse con el canto de los pájaros y un cálido abrazo, pensó Eda, era un placer infrecuente, pero despertarse entre besos lo era todavía más.
La primera vez, el cielo al otro lado de las ventanas todavía conservaba el azul oscuro que antecede al amanecer.
Era muy temprano. Pero cualquier protesta que pudiera haber formulado contra los labios que la despertaban se esfumó al instante.
Los besos le acariciaban el cuello, lánguidos y perezosos.
La cálida mano que descansaba sobre la curva de su vientre se deslizó más arriba, hasta recorrer la parte inferior de sus pechos.
Medio dormida como estaba, Eda pensó que tal vez fuera un sueño sumamente placentero.
Pero el suave roce de las garras sobre la piel le recordó quién se acurrucaba posesivo en torno a su cuerpo.
Se sentía un tesoro bajo un dragón codicioso.
Kit le mordisqueó la oreja. La sensación de sus caninos, tan afilados y, sin embargo, tan delicados, le provocó pequeñas chispas de excitación. Se sorprendió murmurando de placer mientras se apretaba contra él. Por lo que parecía, llevaba un rato despierto y deseoso.
—¿Te he despertado?
—Sabes que sí —le regañó ella, en absoluto molesta.
La mano de Kit le acarició el pecho. Ella se arqueó ante su tacto y un calor súbito se expandió por su cuerpo.
—¿Debo dejarte en paz? —Le besó el hombro.
Eda le respondió agarrándole la mano y arrastrándola bajo la colcha.
Ambos estaban sin aliento, los ojos cargados, cuando él la tomó de nuevo, en la misma postura en que se habían despertado, con los colmillos prendidos al cuello de Eda y el brazo de ella hacia atrás, aferrado a su cuerno como si le fuera la vida en ello.
La segunda vez ya había amanecido. La luz del sol se filtraba en la habitación en penumbra.
Las motas de polvo danzaban en derredor como un resplandor cremoso cuando Eda empujó a Kit contra el colchón.
Él era demasiado fuerte para dejarse arrastrar si no lo deseaba, pero debía de ansiarlo, pues se dejó caer con facilidad.
Los ojos de Kit eran hogueras rugientes mientras ella se sentaba a horcajadas sobre él, el cabello como un halo castaño alrededor de la cabeza.
Él intentó atraerla adonde la quería, pero Eda lo apartó de un manotazo.
—La paciencia es una virtud, lord Ansellis.
No había olvidado su expresión la primera vez que lo llamó «lord», aquella noche en que bailaron alrededor de la hoguera.
Tal y como esperaba, Kit la miró de nuevo como si estuviera vagamente ebrio. Sus pupilas se dilataron, negras e insondables. Eda pensó que podría hundirse en ellas si las miraba el tiempo suficiente.
Él le deslizó las manos por sus muslos.
—Ven aquí.
Ese tono ronco y peligroso le recordó la primera vez que había visto su verdadera apariencia, cuando se había desenroscado ante los Aceros y les había dicho que «su dios no estaba allí». La imagen le provocaba estremecimientos en todo el cuerpo.
Eda apoyó una mano en su pecho e introdujo la otra entre los dos para sostenerlo.
Él tomó aire entre dientes. Ella lo acarició y Kit la recompensó con una retahíla en fogoso infernal.
Por muy peligroso que fuera, aún más peligrosa, si cabe, era la embriagadora oleada de poder que le producía tener a una criatura tan letal postrada bajo ella.
Los pesados ojos ascendieron de esa parte de su cuerpo que ella acariciaba al contorno de los pechos de Eda y luego a su rostro; hambrientos e inhumanos como nunca los había visto.
—Eda.
—Kit’rath —bromeó ella—. No te habrás quedado ya sin palabras ingeniosas que proferir…
La mirada de Kit se afiló. La arrastró hacia la parte alta de la cama con una facilidad sorprendente; ella gritó y se agarró al cabecero para no perder el equilibrio. Kit ya se estaba deslizando por el colchón.
A Eda se le secó la garganta.
—¿Qué estás…?
Kit tiró de ella hasta que sintió su cálido aliento en su centro.
—Me dispongo a mostrarte dónde guardo mis palabras ingeniosas.
Y así lo hizo. Escribió frases indescifrables con la lengua hasta que Eda se desintegró como tantas estrellas que estallan.
No volvieron a dormir, pero tampoco tenían ganas de levantarse de la cama.
Adormilada por el placer, Eda se entregó a jugar con sus garras, probando sus afiladas puntas.
Kit le besó la columna como si quisiera contar cada vértebra.
En algún momento, le enroscó la cola a Eda alrededor del tobillo.
Ella no estaba segura de que él se hubiera dado cuenta.
Compartieron lo que quedaba del pan del día anterior.
Eda le pidió que le enseñara más insultos infernales, y él apretó el rostro contra su cuello, riendo, cuando Eda los pronunciaba mal.
El favorito de ella seguía siendo vhesak’din : ¡«que te jodan» era tan versátil!
Kit intentó distraerla mordiéndole la oreja mientras ella lo comparaba con un sórdido mujeriego de una novela de aventuras que había leído una vez.
Kit le preguntó por otras historias, fascinado, pues en Infernus no existía ese tipo de ficción, y él había explorado más la poesía humana que la prosa.
Eda lo intentó, pero solo había leído las novelas que llegaban a la tienda, y no eran demasiadas. Comprendió cuán exigua era su vida. No sabía recolectar hierbas, ni conocía la temporada de caza, ni el nombre de un solo poeta. La vergüenza asomó la cabeza.
Eda resiguió con el dedo la cicatriz rosada del brazo de Kit, allí donde Tenelle le había apuñalado, mientras pensaba cómo cambiar de tema.
El demonio se dio cuenta.
—¿Qué pasa?
—Es una tontería.
—Cuéntamelo de todos modos.
Le besó la palma de la mano.
Apartando la mirada, Eda reunió valor.
—Llevas en este mundo tanto tiempo como yo, pero sabes mucho más de él. Obras de teatro, libros y mercados en la otra punta del mundo… Yo no sé nada. Toda mi vida se ha reducido a la tienda y el espejo. A veces… no sé quién soy fuera de eso.
Kit guardó silencio un momento. Luego la sentó en su regazo como si no pesara nada. La piel desnuda y cálida del demonio fue un bálsamo para Eda.
—Yo sé quién eres —susurró—. Eres amable.
—Le besó la mejilla—. Eres valiente. —Le besó la frente—.
Tienes un pésimo gusto para la moda. —Esto la hizo reír, y él le acarició el cuello con la nariz, sonriendo—.
Te gusta poner demasiada miel en tus copos de avena, y en secreto te enorgulleces de tu pelo.
Como debe ser. —Le deslizó una mano reverente por el cabello—.
Te gustan el teatro y las historias con finales felices, y tienes una mente curiosa que brilla cada vez que te enfrentas a algo nuevo.
—Se apartó para mirarla con una expresión dolorosamente tierna—.
La falta de experiencia o de educación no equivale a falta de capacidad.
Puedes ser lo que desees, Eda. El mundo es tuyo.
Solo tienes que decidirte a salir a su encuentro.
El corazón de Eda se inundó de un afecto que nunca había conocido. Ese deseo voraz de conexión también vivía en él; lo notó en la forma en que la abrazaba. «Dos hilos sueltos que se atraen».
Cuando ella volvió a atrapar sus labios, Kit profirió un sonido grave y complacido que surgió de las honduras de su pecho. Eda pasó un buen rato intentando que lo repitiera.
—¿Alguna vez te estorban los cuernos? —le preguntó más tarde deslizando los dedos por la curva estriada.
—Al contrario. Sé de buena tinta que ofrecen unas asas excelentes.
—Me refería a cuando duermes.
—Hum, no. Una vez, cuando era joven, se me engancharon en una rama.
Ella se rio al oírlo.
—Tal vez sea mejor que estas almohadas no sean de seda. ¿Y si las hubieras rasgado?
Él emitió un murmullo, distraído por el costado de su pecho.
—Me gustaría que conocieras la sensación de la seda sobre tu piel. Si estuviéramos en Infernus, podría galantearte como es debido. Joyas, ropa…, todo lo que quisieras.
«Galantearme como es debido». El pulso de Eda se desbocó. Kit lo había dicho con tanta naturalidad…
—¿Te refieres a cortejarme? ¿En Infernus se corteja?
—Sí. Un hombre debe demostrar su valía de muchas maneras. —Su voz se tornó más grave y le rozó el muslo con la cola—. No he hecho lo suficiente para dejar claras mis intenciones, por lo visto.
Eda se obligó a empujarlo hacia atrás.
—En este mundo, el cortejo comienza, idealmente, cuando albergas profundos sentimientos por la otra persona. No aceptaría menos que eso.
Le miró a los ojos. «En realidad nunca me has hablado de tus sentimientos».
Kit se incorporó, a la defensiva. Hacía bien en mostrarse cauteloso. ¿De qué serviría admitir algo más allá de la lujuria? El suyo no sería un cortejo con final feliz.
Pero, santo cielo, cuánto deseaba saber que no estaba sola en su dolor.
Kit había insinuado la profundidad de su afecto aquella noche sobre los menhires: «Deseo escuchar todo lo que dices, ansío tu risa, detesto cada instante en que tus ojos no están posados en mí», pero no era suficiente. No era suficiente y era demasiado.
Un sonoro chasquido rompió ese instante detenido en el tiempo.
Eda conocía ese sonido. Tiró de la manta para taparse el cuerpo, mortificada.
Tripp estaba sentado a los pies de la cama con los ojos desorbitados.
—¡Fuera!
Le lanzó una almohada. El diablillo no tuvo fuerzas para esquivarla: cayó de la cama.
—¡Mis ojos! —gimió desde el suelo—. ¡Malditos sean mis pobres ojos! ¡Ha hechizado a mi señor Ansellis! —Asomó la cabeza por el borde del lecho, con la mirada furiosa y los ojos llorosos—. Las hechiceras de pelo revuelto deben pagar por su arrogancia…
Esquivó otra almohada, esta lanzada con bastante más fuerza. Kit hizo girar el hombro para relajarlo, con aire indiferente.
—Cállate, Tripp, o te cortaré la lengua.
—P-pero…
La mirada con la que respondió el demonio emanaba el poder de la tormenta.
Tripp volvió a subirse a la cama para postrarse ante Kit.
—Mis disculpas, mi señor.
—A partir de ahora, tratarás a Eda Shaw con el mismo respeto que me dispensas a mí.