Capítulo 27 #4
La boca encontró el pezón de inmediato. Los dedos acariciaban el otro.
Eda gimió en voz alta, algo de lo que quizá se habría avergonzado si no estuviera tan desesperada por obtener más.
El cuerpo de Eda eran brasas que estallaban en una rugiente torre de llamas para luego extenderse; era un océano hirviente que se derramaba en ríos y arroyos hasta quemarle las extremidades.
Se sentía incandescente, se sentía de maravilla siendo tan egoísta.
Teniendo algo que fuera solo suyo. Teniéndolo a él.
Le deslizó los dedos por el pelo mojado. Él gimió y Eda cerró el puño. Kit gruñó. Estaban apretujados en la bañera que se enfriaba, y a Eda le dolía la cadera por la caída. Pero no había otro lugar en el mundo en el que quisiera estar. Excepto…
—La cama —jadeó ella mientras intentaba a duras penas apartarle la cabeza de su pecho.
Kit gruñó disgustado y le apartó las manos.
—Estoy muy cómodo aquí.
Le pasó la lengua por los labios. Eda parpadeó.
—Bueno, yo podría estar más cómoda.
Tironeó de nuevo. Apenas tenía voz, ni fuerza, pero él le hizo caso. Súbitamente la levantó en volandas, ambos envueltos en chorros de agua. Kit cruzó la habitación a tal velocidad que a Eda se le cortó la respiración. La arrojó sobre la cama, que aún rebotaba cuando él se arrastró sobre ella.
—Vamos a… Vamos a mojar la cama.
—Que le den a la cama.
Se inclinó para besarla de nuevo.
Ella le detuvo. Tiró de su camisa mojada.
—Fuera.
Kit se despojó de la prenda con unas prisas cómicas.
Los pantalones corrieron la misma suerte y entonces quedó tan desnudo como ella, resplandeciente en la penumbra.
La arrastró debajo de él. La besó más despacio ahora: el cuello, el hombro, el espacio entre los pechos.
Cada caricia era febril pero mesurada: se obligaba a atemperar el ritmo de forma manifiesta.
A tomarse su tiempo, como si ella fuera algo precioso. Algo que quizá nunca volviera a tener.
Eda le acarició el rostro con las manos.
Kit se quedó quieto, jadeando.
—Te deseo.
Los ojos de él eran rendijas oscuras.
—Me tienes.
—No. Te deseo tal y como eres realmente.
La expresión de Kit cambió. Las emociones emergieron y se desvanecieron con tanta rapidez que ella no pudo distinguir ni una sola. Al final la miró meditabundo.
—Pensaba que preferirías esta forma.
—Es hermosa, no cabe duda —murmuró ella, recorriéndole el labio con los dedos—. Pero me gustaría ver el rostro del demonio con el que yazgo.
Kit se sobresaltó ante esa palabra. La miró a los ojos.
Eda respondió a su pregunta silenciosa con una calma resuelta.
—No eres humano, y no deberías fingir que lo eres. A mí me pareces perfecto.
Algo peligrosamente cercano a un asombro maravillado se apoderó de él. Se inclinó hacia delante y posó los labios en los de Eda.
El beso fue más suave, más cálido, más prolongado que cualquiera de los anteriores.
Sabía a confesión. A un sacramento demasiado precioso para ser pronunciado en voz alta.
Una ondulación recorrió la piel de Eda que estaba en contacto con la de él.
Cuando abrió los ojos, el mortal había desaparecido.
Las mejillas grises estaban teñidas de un rubor que le sentaba bien, extendido hasta las puntas de sus orejas afiladas como cuchillos.
Eda no pudo evitar sonreír ante la imagen que tenía delante. Era lo más hermoso que había visto jamás.
Él la besó de nuevo. Al momento estaba recorriendo su cuerpo con una determinación renovada.
Las cálidas palmas se deslizaron por los costados de Eda, por su vientre.
Los labios siguieron el camino trazado por las manos.
Las garras le hacían cosquillas mientras le separaba las piernas, con la mirada clavada en sus ojos.
El pulso de Eda se desbocó y tuvo que echar la cabeza hacia atrás, incapaz de soportar el aterrador abismo de hambre en sus ojos.
Los colmillos le rozaron la cara interna del muslo.
Ella suspiró. Él le besó el otro lado y entonces ella resopló con impaciencia.
Por fin, una boca caliente se deslizó sobre esa parte de ella que estaba húmeda y deseosa.
Eda se agarró a su cuerno intacto, impresionada; era rugoso y duro como un hueso bajo su mano.
Eso solo sirvió para enardecer a Kit, y ella perdió el mundo de vista.
No tardó demasiado. Quizá en otro momento eso la habría avergonzado, pero el placer era demasiado grande, su lujuria por él demasiado voraz.
Cuando el clímax la atravesó como una ola que rompe, gritó, temblando, pero Kit solo suavizó el movimiento sin detenerse.
Tuvo que empujarlo antes de que fuera demasiado.
Ella aún jadeaba cuando él volvió a besarle el cuerpo en sentido ascendente.
Kit le hundió la nariz en la cara.
—Eda. Va kesh din .
Las palabras sonaron como una súplica. El corazón de ella se inundó de tal sentimiento que temió que se le partiera en dos.
—¿Qué estás diciendo? —susurró ella.
Kit le besó la sien y mantuvo el beso allí, con el pecho agitado. Eda se dio cuenta de que él no estaba preparado para decírselo. O simplemente no sabía cómo hacerlo. No importaba, decidió ella. Ahora no.
Bajó la mano y lo guio a su interior. Mientras él empujaba y jadeaba, temblando en sus brazos, Eda pensó que no se sentía como si se hubiera liberado de un escudo. Se sentía como si saliera a la luz del sol, sin armadura ni acero ni ropa alguna.
Y qué cosa tan hermosa, arder.