Capítulo 27 #3
Se lo imaginó sentado, inmóvil como una piedra, sospechando algún ardid por parte de Eda. Los ojos atravesando los paneles de cuero repujado.
El acaloramiento de Eda se tornó más intenso.
—¿No quieres?
Otro silencio. Al poco, pasos felinos que se acercaban sigilosos. El corazón de Eda latió con desenfreno. Era el acercamiento de un depredador que teme asustar a su presa.
Kit se detuvo.
Eda le dio la espalda. «Está justo detrás».
Tras una larga pausa, el demonio sobrepasó el biombo de madera. Eda miraba al frente, vagamente sin aliento. Lo tenía tan cerca que le parecía sentir su calor. Su silencio llenaba cada rincón de la habitación, y ella sentía sus ojos sobre ella como una caricia fantasmal.
La tela rozó su hombro. Eda alzó la mano para tomarla; las manos se tocaron. Él se quedó inmóvil. El pulgar de Kit resbaló por la nuca de ella.
Todo el cuerpo de Eda se estremeció, y algo en lo más profundo de su ser se rebeló con más audacia que antes. Se había jurado hacer algo con la vida que le quedara. Se había prometido a sí misma que actuaría. Y no quería morir sin haber actuado nunca ante un anhelo tan hermoso como este.
Eda se levantó entre chorros de agua. Se giró aferrando la tela, que apenas le cubría la parte inferior del cuerpo.
Y Kit la miró.
Había adoptado su forma mortal, pero exhibía una expresión como ella jamás le había visto: una conmoción absoluta.
El horror se apoderó de ella cuando se le ocurrió que quizá su reacción no fuera buena.
¿Y si no le parecía hermosa? La redondez de sus pechos no era perfecta.
Las suaves curvas de sus caderas no dibujaban una silueta impecable.
Entre la fría corriente de aire, bajo la mirada errante de Kit, la valentonería de Eda se esfumó.
Trató de envolverse en la tela de lino, finalmente, pero él emitió un sonido ahogado de protesta. Kit se inclinó hacia delante y alargó la mano como para detenerla. Sus miradas se cruzaron. Las pupilas de él se dilataron, enormes y negras.
Parecía deseoso de devorarla viva.
Ante su silencio, Eda logró decir:
—Seguramente habrás visto mujeres más hermosas.
—No sabría decirte —La voz sonaba a rocas y mares embravecidos. El esfuerzo por conservar el control tensaba cada músculo de su cuerpo—. Ahora mismo no recuerdo a ninguna.
Al oír el elogio, Eda respiró aliviada.
—Dime qué significa mir’han. Como es debido.
Él la miró a través de sus pestañas de hollín. Su garganta se desplazó arriba y abajo, y le costó un momento articular las palabras.
—Es… un nombre reservado para los amantes. Literalmente, significa «mi propio corazón».
Eda sonrió y dejó caer la tela.
La mandíbula de Kit se tensó. Aun así, no se movió.
Ella susurró su nombre.
Él hizo amago de moverse una vez más, sin conseguirlo.
—No puedo… Ya te he quitado demasiado.
Eda le miró de hito en hito. De todas las reacciones que podía esperarse, no había contemplado esa.
—No me estás quitando nada. El placer se comparte, ¿no es cierto? —A continuación, con coquetería—: A menos que no seas tan habilidoso como dices. Una vez dijiste que sabías darle buen uso a tus labios, pero quizá todo fuera palabrería…
Kit se abalanzó sobre ella.
Eda gritó de sorpresa cuando él la estrechó contra su cuerpo. Sus manos eran brasas ardientes en la parte baja de su espalda, en el cuello, en el contorno de su trasero. Le susurró algo en infernal enfebrecido y luego buscó la boca de ella.
Qué típico, pensó Eda divertida, que hubiera sido un desafío lo que al fin le había impulsado a actuar.
El hecho de que ella estuviera de pie en la bañera significaba que se encontraban a la misma altura, y Kit se aprovechó de ello de inmediato.
Estaba en todas partes a la vez. Su boca se deslizó implacable contra la de ella.
Le atrapó el labio y lo absorbió hasta que la hizo gemir.
Le enredó los dedos en los rizos húmedos, alrededor de la base del cráneo.
Con la otra mano recorrió el costado de su pecho.
Para no quedarse atrás, ella le devolvió el beso con ferocidad.
Eda deslizó las manos por sus clavículas y bajo la camisa, deleitándose en los estremecimientos de él.
Los gruñidos de placer de Kit fueron una revelación. Ella deshizo el beso para respirar, pero él era voraz. Siguió su boca en retirada, presionando hacia adelante…
Eda perdió el equilibrio. Gritó y cayó de espaldas en la bañera, aferrándose a la camisa de Kit. Él estaba tan aturdido como para dejarse arrastrar y los dos chapotearon en el agua. Se retorcieron ofuscados, con las extremidades enredadas.
Kit parpadeó, estupefacto y empapado.
—Mierda.
Eda se rio. Intentó levantarse, pero él ya se estaba enroscando en torno a ella como una serpiente gigante.
Kit la estrechó de nuevo entre sus brazos y volvió a besarla, sin prestar atención a la ropa y el pelo mojados.
Buscó con los labios la mandíbula de ella, su oreja.
La mordió con suavidad. Eda jadeó. Kit jugó con su piel posándole besos húmedos, con los labios abiertos, según descendía por su cuello. Más abajo. Aún más abajo.
Cuando la boca de él encontró su pecho, Eda dejó de pensar.
Kit le acarició con la nariz la suave piel del centro, dibujando el contorno de la sensible cumbre con los labios, pero sin llegar a tocarla, una y otra vez.
Levantó la mano para someter al otro pecho a la misma tortura.
Eda temió perder el juicio. La lujuria era una nube, embriagadora, agonizante y maravillosa.
—Kit —suplicó ella—, por favor…