Capítulo 27 #2
—Al menos durante un tiempo. Hay rumores de que aún quedan Portales más allá de nuestras fronteras, todavía sin reclamar por ninguno de los archiduques.
Pero solo son habladurías. Si los Portales se encontraran con tanta facilidad, me atrevería a decir que los míos ya los habrían descubierto.
—Hizo girar el corazón de la manzana por el tallo—.
Baelion podría buscar en cada rincón del reino humano y no dar con ningún otro.
Lo más probable es que intentara usar un punto de paso.
—¿Un punto de paso?
—Lugares naturales donde el velo entre los dos mundos es muy fino. Dicen que es posible cruzar usando la misma magia de sangre que usaron tus antepasados para crear los Portales.
Eda se mordió el labio.
—Como las montañas al norte de Dawnmouth. De allí extraían la obsidiana para fabricar Portales, pero ahora las minas están todas agotadas.
—Mi pueblo es conocedor de esas zonas. Los detalles de los rituales necesarios para despertar la antigua magia no están tan claros.
En su mayoría se perdieron junto con tus antepasados paganos.
—Sus ojos se iluminaron—. Es motivo de cierto resentimiento entre los de mi especie el hecho de que los humanos nos hayan superado en ese aspecto.
No parecía resentido. Probablemente le parecía divertido. Eda habría apostado a que el señor Noche no pensaba lo mismo.
—Pongamos que destruimos el espejo de Lich. Si el de Baelion también queda inservible y él está atrapado aquí, ¿realmente se puede considerar algo bueno? ¿Mantenerlo entre nosotros como un zorro en un gallinero?
La expresión de Kit se ensombreció.
—Se pondrá furioso, qué duda cabe. Compadecería a cualquiera que se cruzara en su camino. No obstante, cuantos menos Portales queden, menos poder podrá extraer de Infernus. Un demonio totalmente aislado de la magia de su tierra natal es más débil. Sería más fácil enfrentarse a él.
Eda se incorporó.
—Eso significa que también a ti te afectaría.
Él se encogió de hombros.
—¿No te importaría quedarte atrapado aquí, con menos poder que antes?
—Seguiría siendo más formidable que cualquiera de vosotros —resopló.
Eda hizo rodar unas migas entre los dedos. Le miró a través de las pestañas.
—¿Te quedarás a ayudarme? No tengo claro que pueda llegar muy lejos si tengo que deambular bajo las narices de Lich sin el manto.
El ceño de Kit asomó un instante. Cuando habló, su voz sonó engañosamente desenfadada.
—¿Quieres que me quede?
Eda tragó saliva.
—Sí.
—Entonces lo haré.
Antes de que Eda pudiera reflexionar sobre la facilidad con la que él había accedido (como si el hecho de que ella quisiera algo fuera razón suficiente para que él se lo concediera), Kit inclinó el rostro hacia ella.
—No tienes por qué hacer nada de esto, ¿sabes?
Deja que tu hermano entregue los diez años.
Olvídate de Baelion y olvídate de Fane. Podrías irte al extranjero, como dijiste.
—Se incorporó, presa de un súbito entusiasmo—.
Te gustó Viola y el vizconde, ¿no es cierto?
En Forisia está el Orbit, el teatro más grande del mundo.
Solo actúan allí los mejores actores, con los decorados más opulentos.
En el continente hay un circo ambulante donde los animales bailan como lo hacen los hombres, y en los desiertos de Rakesh hay bazares que se extienden a lo largo de diez kilómetros.
He oído que se pueden comprar pájaros que ponen huevos de rubí y cantan durante horas sin fatigarse.
Podríamos verlo todo, Eda. Podríamos ir adonde tú quisieras.
De nuevo le brillaban los ojos, quizá sin que él se diera cuenta: magma sobre tierra árida. En su rostro hermoso y abrumador, Eda vio lo mismo que él: un futuro fascinante donde el mundo entero era suyo, resplandeciente y dorado.
Un cuento de hadas.
—Es un sueño maravilloso, sin duda.
No pudo decir nada más.
«Quizá serías tan feliz como para pasar unos años despreocupados a mi lado. Imagino que para ti son una gota en el océano. Pero ¿seguirás ahí cuando se me acabe el tiempo? ¿Te quedarías conmigo hasta el final? ¿O te irías antes de tener que presenciar la realidad de lo que ha provocado tu pacto?».
La expresión radiante de Kit se desvaneció ante la reticencia de ella.
Eda evitó su mirada y cogió un cubo, satisfecha al descubrir que el agua ya estaba bastante caliente.
El silencio era ensordecedor, insoportable.
Ansiosa por romperlo, hizo un ruido considerable al llevar el primer cubo hasta la tina de madera. Arregló las toallas y vertió el agua.
Kit olvidaba con demasiada facilidad la fragilidad de las vidas mortales, incluida la de Eda.
«No soy su pequeño juguete humano con el que pueda jugar hasta que se canse de mí».
Haría mejor en no dejarse llevar por fantasías.
Sería preferible que el espejismo se rompiera ahora y que Kit se marchara, antes de que la pérdida la lastimara sin remedio.
Antes de que ella se enamorara de un sueño imposible.
Eda esparció los pétalos de la bolsita de lavanda.
Colocó el jabón, el peine y el aceite de romero que tanto le había costado reunir donde pudiera alcanzarlos, y luego se sumergió en el agua perfumada.
Estaba a una temperatura moderada y solo le llegaba por debajo de los pechos, pero era un lujo de todos modos.
Se hundió todo lo que pudo para disfrutar de ese sencillo consuelo.
Los pasos de Kit resonaban amortiguados por la habitación, casi demasiado suaves para oírlos.
—No mires.
La mampara ocultaba la bañera por casi todos los frentes, pero la advertencia le salió sin pensar.
Los pasos se detuvieron.
—Tú sabes que en realidad no soy un sátiro, ¿cierto?
De repente, la tensión se disipó. Eda suspiró. Todos sus argumentos lógicos se desvanecieron ante su aroma de vino y relámpagos, bajo la calidez de su mirada. Sería mejor que se mantuviera alejado. Pero ella no quería que lo hiciera.
Él gimió como si se desperezara, un sonido grave y satisfecho.
«Tranquila —ordenó Eda a su traicionero corazón, presionándose el pecho con las manos húmedas—. No puedes ponerte así cada vez que se acerca».
Sabía que Kit la oía chapotear, cada pequeño suspiro y sonido, pero él respetaba su petición de intimidad. Resultaba extraño estar desnuda con él en la misma habitación.
Emocionante, también.
Así, el tiempo pasaba sin que se dieran cuenta: el crepitar del fuego en la chimenea, el lejano traqueteo de las ruedas de los carros, el chapoteo del agua contra la bañera.
Eda se peinó el cabello cien veces, tal como se aconsejaban las mujeres cuando conversaban entre ellas.
La experiencia le había enseñado a Eda que el cabello rizado como el suyo solo debía peinarse mientras estaba húmedo y luego secarse con suavidad, si no quería tener el aspecto de una nube pensante con piernas.
Dejó que la cálida habitación hiciera su trabajo.
Se untó aceite de romero en las puntas doradas.
«Quién sabe cuándo podré descansar así de nuevo».
El pensamiento se le clavó como una espina. Al día siguiente volvería a meterse en la madriguera de los lobos. Lich. Fane. El señor Noche.
El final se acercaba como una tormenta que se avecina, y no tenía la menor idea de si sobreviviría a ella.
En cualquier caso, era inminente. Eda deseó que ese momento robado de calma pudiera durar para siempre.
Deseó volver a esa cama de plumas y soñar un poco más con criaturas danzantes en costas extranjeras.
Deseó que Kit estuviera allí con ella.
Eda se lo imaginó al otro lado del biombo: los ojos ardientes, la sonrisa secreta que solo parecía compartir con ella. El tono cariñoso y afectado de su voz cuando la llamaba «querida».
Se agarró a los bordes de la bañera. Al cerrar los ojos, destellos de recuerdos acudieron a su mente: el febril resbalar de los labios, unas garras que le recorrían la columna vertebral, palabras susurradas en un idioma que no conocía, pero cuyo significado creía intuir.
El calor se arremolinó en su vientre. Eda apretó los muslos para suavizar la sensación doliente.
A pesar de todas sus provocaciones, Kit nunca había insistido en que le diera más de lo que ella ofrecía.
Y ella, pese a sus soflamas morales, a menudo deseaba que lo hubiera hecho.
Se aferraba a una vaga decencia como un guerrero detrás de su escudo.
Ahora bien, ¿de qué se defendía? ¿De la indecencia de la intimidad fuera del lecho conyugal?
Su desesperación por el contacto físico ya la había empujado a los brazos de Wymond.
¿El temor a la corrupción de un demonio?
A los ojos de la Fe, Eda vivía en pecado desde el día que heredó la deuda de su padre.
No. En realidad, Eda deseaba deshacerse del escudo.
Solo temía lo que pudiera hacer con su corazón, el mismo que lo revolucionaba, una vez que yaciera desnudo y sangrante ante él.
«Un corazón vale más que cualquier cantidad de años —le había dicho Robin—, y es aún más difícil de recuperar.
Elige muy bien a quién le entregas el tuyo».
—Te quedarás arrugada como una ciruela pasa si te quedas ahí mucho más tiempo.
La voz de Kit era un murmullo ronco. Sonaba como si se hubiera echado una siesta.
Eda tragó saliva. Se había olvidado de la ropa. Seguía a los pies de la cama.
—Tienes razón.
Tras ella, una única toalla doblada descansaba justo fuera de su alcance. Podría cogerla ella misma si saliera.
Pero el mundo exterior estaba oscuro y repleto de dientes afilados, prestos a destrozarlos a los dos. Eda deseaba con toda su alma mantenerlo a raya un poco más. Quería sostener esa preciosa sensación en sus manos y cuidarla, saborearla, antes de que se extinguiera para siempre.
Se humedeció los labios.
—¿Podrías pasarme la toalla, por aquí? La necesito para secarme.
Silencio. Eda solo oía el crepitar del fuego y los latidos de su propia sangre.
Un susurro de tela. Así pues, Kit estaba en la cama.
—Creía que tenía prohibido acercarme a ese lado de la mampara.