Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

VEINTISIETE

E da no recordaba cuándo había sido la última vez que había disfrutado del lujo de despertarse en una situación de normalidad.

Se sentía calentita y a gusto. La escasa luz del día se parecía tanto a la de su propia habitación en la tienda que se imaginó que seguía allí.

En cualquier momento Ben la llamaría para desayunar o los torpes pasos de Lawrie harían vibrar su puerta al pasar.

Pero al abrir los ojos, un enorme jabalí la miraba con ira encima de una chimenea encendida. Todo regresó de golpe a su mente: el rostro iracundo del obispo, los infernales, sus ojos saltones y horribles. La nariz del señor Noche en su pelo.

«Noto su olor en ti, por todas partes».

Kit.

Eda cayó en la cuenta de la procedencia del calor. Un fuerte brazo le había rodeado el cuerpo durante la noche, separado tan solo por la fina colcha. Yacía inmovilizada contra el tórrido cuerpo, espalda contra pecho.

Se movió. Kit resopló molesto. Hundió la nariz detrás de la oreja de Eda mientras la atraía aún más hacia su cuerpo. A Eda se le erizó la piel de los brazos. «Sigue dormido». Nunca lo había visto dormir antes de ese momento.

Con cuidado, se volvió a mirarlo.

Kit frunció el ceño cuando ella se movió, pero no se despertó. Su cuerno empujaba la almohada. El sedoso cabello negro yacía revuelto por el sueño, los labios arqueados ligeramente entreabiertos. Divisó la punta de un colmillo blanco asomando de la boca. Sus pestañas se agitaron, largas y oscuras.

Kit era hermoso en reposo, despojado de todo artificio. Sin el gesto petulante ni la sonrisa maliciosa que usaba para esconderse, solo quedaba un muchacho: un chico tan joven que casi podía ver al niño que fuera una vez. Las garras y la cola no podían ocultarlo.

Debía de estar tan cansado como ella, aunque no lo dijera. Dudaba que tuviera por costumbre dormir en presencia de otros. Pero ahora lo hacía.

—Deja de mirarme fijamente, cretina —murmuró Kit de repente.

Eda dio un respingo.

—¡No lo hacía!

—Sí lo hacías.

Ella resopló e intentó apartarse. Él no se lo permitió.

Estaban nariz con nariz cuando un ojo ardiente se abrió de par en par, con la pupila dilatada.

—A las personas las ponen en la picota por espiar así a los demás. En particular a los desviados sexuales.

La voz, áspera por el sueño, derramó un calor líquido en el vientre de Eda. Ella carraspeó.

—Mira quién habla. ¿Cómo llamas a esto?

Le propinó un golpecito al brazo que la rodeaba como si fuera de acero.

—Tú exigiste que me quedara encima de las sábanas. Los términos del acuerdo siguen intactos.

—Qué típico de un demonio.

—Mmm. —La miró parpadeando con languidez —. ¿Algo que objetar?

—¿A que te tomes tantas confianzas? Debería.

—Qué típico de un humano.

Le rozó la nariz con la suya. Ella se estremeció.

A Eda le llamó la atención de repente cuán doméstica se le antojaba la escena.

Con la luz del día entrando por las ventanas enrejadas y el canto de los pájaros en el exterior, era fácil fingir.

Se permitió entregarse a una fantasía: que aquella hermosa casa era suya, que estaba tumbada en su propia cama con un hombre que la amaba. Su marido, tal vez.

Eda nunca había pensado demasiado en el matrimonio.

Durante mucho tiempo lo había considerado un imposible, si acaso alguna vez lo había deseado.

¿No era solo otro pacto, un trato que sellar?

Una promesa de proteger el hogar y los hijos, una unión de familias y riqueza.

No le gustaba la idea de volver a atarse a nada ni a nadie jamás.

Era extraño que aquí, donde todo era suave y somnoliento como el amanecer, la idea finalmente le resultara atractiva. Se quedó mirando los ojos brillantes de Kit. «No sería tan malo. Atarse a algo por amor en lugar de hacerlo por miedo».

La mirada de Eda se detuvo en su cuerno roto.

Su especie y la de Kit eran similares, pero las diferencias no podían pasarse por alto.

Robin ya se lo había advertido. ¿Eran los demonios siquiera capaces de amar como lo hacían los mortales?

No por mero placer, astucia o ambición personal, sino simplemente porque el corazón lo exigía.

Amar algo en contra de la razón y por encima del sentido común era sin duda la mayor debilidad de todas.

El abrazo de Kit se aflojó. Retiró el brazo que retenía su cuerpo. Entre un latido y el siguiente, su rostro cambió y volvió a ser mortal, incluso sus ojos. Se incorporó y se pasó una mano por el pelo.

Eda frunció el ceño. ¿Le había ofendido su descarada mirada? Ya había visto su verdadero rostro en infinidad de ocasiones, le conocía tan bien como para no tener miedo.

«A menos que no sea de mí de quien se esté escondiendo».

De repente, todo se le antojó sorprendentemente obvio.

Su entusiasmo por enseñarle el teatro, su apartamento repleto de piezas de arte, prendas de ropa y cosas bonitas.

La expresión de su rostro mientras contemplaba la puesta de sol sobre Blackbridge.

Eda recordó aquella conversación, cuando se aventuraron juntos por primera vez a entrar en la ciudad.

Él había hablado brevemente de cómo el mundo humano le había servido de consuelo mientras crecía.

«Paseaba por las mugrientas calles humanas y fingía».

Ahora su significado estaba más claro que nunca: Kit deseaba ser humano, lo admitiera o no.

Se estaba escondiendo de sí mismo.

—Comida —Kit se puso en pie de un salto, ya libre de la expresión meditabunda—. Vosotros, los mortales, necesitáis comer constantemente, ¿no?

Eda le miró con atención. Toda esa belleza feérica, todo ese poder… ¿De verdad significaban tan poco para él?

—Supongo. ¿Qué hora es?

—Pasa de la hora del almuerzo.

—Oh. Tengo mucha hambre.

—Por supuesto que la tienes, pobrecita.

Kit salió en busca de comida mientras ella exploraba el resto de la habitación, con la esperanza de encontrar algún tipo de cepillo o peine para su cabello.

La cómoda estaba vacía, salvo por una bolsita de lavanda y un frasco pequeño de algo que olía a aceite de romero.

Sin embargo, había una tina redonda detrás de un biombo de filigrana, y casi saltó de emoción.

Eda estaba desesperada por darse un buen baño.

Nunca había usado una bañera de verdad: la palangana y el paño eran lo único que conocía.

Pero esta casa contaba con una auténtica tina de madera, con sus toallas a un lado.

Recorrió el amplio rellano de una habitación a otra, presa de la emoción.

Había dos cubos grandes en las dependencias del servicio, y también un peine sencillo.

Encantada con su botín, Eda se dispuso a reavivar el fuego.

Era un alivio mantenerse ocupada con una tarea tan prosaica.

No quería pensar en el mundo exterior. Aquí dentro, casi podía fingir que no existía.

Para cuando Kit regresó con los brazos cargados de alimentos dentro de una bolsa improvisada, el fuego ardía alegre en el hogar. Él la miró parpadeando mientras ella recogía sus cubos.

—¿Nos disponemos a llevar a cabo una especie de juego en el que tú eres mi camarera?

—Cállate —lo regañó ella—. Me voy a dar un baño. Y no, no estás invitado.

—¿Ni siquiera después de lo que te he traído?

Desenvolvió el paño sobre la alfombra. Había encontrado pan, queso, higos e incluso dos manzanas. Una pequeña botella de vino de postre completaba el refrigerio.

Eda se quedó boquiabierta.

—¿De dónde has sacado esto? No es posible que haya comida fresca en la bodega.

—De la casa de los vecinos. La puerta de la cocina estaba abierta.

—¿Lo has robado? ¡Alguien podría haberte visto!

—Vieron a un gato. Me echaron de la casa. Luego volví y cogí unas cuantas cosas, eso es todo. Tampoco es que esos cabrones adinerados vayan a echarlo en falta.

Eda se dio cuenta de que quizá ella tuviera la culpa de su arrogancia. Tenía que dejar de deshacerse en exclamaciones ante cada una de sus artimañas. «¿Qué más podría hacer por mí?».

Fingiendo un gran esfuerzo, levantó un balde con cada mano.

—Qué diligente por tu parte. Hay un pozo fuera, ¿no? Tengo que llenar estos cubos para el baño. Puede que tarde un rato, con lo pesados que son…

—Por favor. No me tomes por un sirviente demoniaco, dispuesto a arrastrarme a tus pies para que no te lastimes esos bracitos tan delicados.

—¿De verdad vas a obligarme a llenarlos yo misma? —Eda bajó la voz—. Cuanto antes termine, antes podré bañarme.

Kit la miró indignado, con una mano en la cadera. Súbitamente gruñó y le arrebató los baldes.

—Voy a llenarlos solo porque es mi deseo, ¿entendido? Sería doloroso verte tropezar y derramar agua por estos suelos de madera tan bonitos.

Eda asintió. Él se alejó resoplando. Apenas tardó nada en llenar los cubos, e incluso encontró otro junto al pozo.

Dejaron los tres junto al fuego para que el agua se calentara y se sentaron a comer juntos en la alfombra.

Él se contentó con mordisquear una manzana, mientras Eda prácticamente devoraba todo lo demás.

Algo cálido floreció en su pecho al observarle recostado sobre el codo como un príncipe entre sedas.

Kit se mostraba tan arrogante como siempre, señalando los espantosos modales de Eda en la mesa y la escandalosa desfachatez que implicaba utilizarlo como su recadero personal, pero no había resentimiento. Empleaba un tono afectuoso.

Empujó el último higo hacia ella.

La calidez se expandió en el interior de Eda.

A pesar de ese descanso de la realidad que tanto necesitaban, Eda se dio cuenta de que su mente regresaba una y otra vez a Tenelle y al Cónclave de Clérigos.

—Sin el espejo de Lich, el señor Noche estaría atrapado aquí —meditó—. ¿No es cierto?