Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

VEINTISÉIS

C uando Eda finalmente se atrevió a detenerse en un callejón oscuro entre edificios, Kit descendió y se transformó. Ella lo supo sin tener que mirarle; ya estaba acostumbrada al suave susurro que anunciaba el cambio.

—Eda.

No reaccionó. En vez de eso, clavó la mirada en la taberna de enfrente.

Los hombres rugían de risa y se empujaban unos a otros bajo la luz de las antorchas.

Una camarera de aspecto fatigado salió con dos tanques de cerveza, haciendo caso omiso de los silbidos con una naturalidad ensayada.

Eda siempre había contemplado esas escenas con desdén.

Dejarse la piel para ganarse el pan y luego gastarse el dinero en las tabernas le parecía una necedad y una actitud un tanto triste.

Ahora entendía por qué lo hacían. La vida era dura.

Para aquellos que no podían permitirse mejores diversiones, emborracharse era una semblanza pasajera de la felicidad.

Al menos la cerveza era barata.

—¿Los demonios pueden emborracharse?

—Eda.

—Vosotros bebéis cosas mejores que cerveza aguada, imagino. ¿Tú…?

Él le agarró la muñeca y la obligó a mirarlo. Kit no era más que un par de ojos relucientes en la oscuridad, pero ardían.

Le acarició la cara con las manos. Eda notó la boca seca.

—¿Quién te golpeó? —La voz de Kit resonó profunda y fría como un lago en invierno.

Recorrió con el pulgar su mejilla enrojecida, y frunció los labios como si quisiera morder algo. Ella creía haberle visto enfadado, pero ahora se daba cuenta de que quizá nunca le había visto así. Exhibía una quietud mortal.

—El señor fatuo fariseo.

Las yemas de los dedos se crisparon sobre el rostro de Eda.

—Cuéntame qué pasó —le pidió él tras una breve pausa—. Volví y vi a unos infernales destrozando a los hombres del obispo. ¿Qué te dijo? ¿Qué dijo Baelion?

Eda frunció el ceño.

—Estabas allí.

—Estás enfadada.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque no te salvé.

—No necesitaba que me salvaras.

—Eso parece. Fue magistral, de verdad, cómo convenciste a Tenelle de que te soltara.

—¿Y si no hubiera funcionado?

«¿Me habrías salvado entonces?».

El silencio fue ensordecedor. Eda luchó por contener una oleada de vergüenza. ¿La compadecía? ¿Pensaba que era una tímida doncella que suspiraba por su caballero? Ninguno de los dos se ajustaba bien al papel, y ella se negaba a encariñarse si Kit no lo hacía.

Eda no podía esperar que él antepusiera su vida a la suya. Pero dolía igualmente.

—Lo entiendo. No te enfrentarás a tu hermano. ¿Por qué ibas a hacerlo? No tienes ninguna obligación de protegerme. — Desvió la mirada—. Pero no tenía claro que fueras a volver, nada más.

Él permaneció callado durante una breve eternidad. Luego, con sumo tiento, dijo:

—Fui a casa de Abelard como estaba previsto.

Él envió un mensajero para alertar a Tenelle.

Lo seguí para asegurarme de que el mensaje le llegara.

Pero no dejaron pasar al chico. La comandante ya se había marchado con un contingente de Aceros.

Volé a los jardines de inmediato, pero los demonios y los Aceros ya estaban en plena refriega.

Baelion estaba allí. Pensé que sería mejor…

—Se interrumpió. Rozó la capa de Eda con un nudillo, como quien le tiende la mano a un perro asustadizo—. No te abandoné. No lo haría.

Ya no había ningún pacto que los uniera, y el compromiso de Kit dependía tan solo de su voluntad. Pero tal vez eso no importara. El mero hecho de que él estuviera allí era más de lo que podía esperar.

Eda esbozó una sombra de sonrisa.

—Ese anillo tuyo parece que funciona. Nadie sabía que estabas allí. Ojalá tuvieras uno de repuesto; he perdido mi manto.

Kit se acercó a ella hasta que Eda no pudo ver nada más.

—Cuéntame qué pasó.

Eda le relató que el obispo había entrado, se había burlado de ella y la había golpeado. La expresión de Kit se transformó en una mirada feroz y peligrosa que le causó pavor. Luego describió cómo el señor Noche se había revelado y le había prometido darle una oportunidad para saldar su deuda.

—Dijo que podía olerte en mí. ¿Todos los demonios tienen sentidos tan refinados?

Ante esto, las fosas nasales de Kit se dilataron. El aire a su alrededor se agitó amenazador.

—En su mayor parte.

—¿Realmente es tan fuerte? ¿Por eso no te enfrentas a él?

—Nunca pude derrotarlo cuando era niño.

Kit apretó los labios.

—Pero ahora eres adulto.

—¿Y arriesgar mi vida? ¿Para qué? No me importa el ducado.

Eda se mordió el interior del carrillo.

—Supongo que tienes razón. Qué sentido tiene, si no hay nada por lo que valga la pena luchar.

Él la miró fijamente.

Eda bajó los ojos y jugueteó con el dobladillo de su capa. Estaba tan cansada…

—Deberíamos volver. El camino es largo y tu forma equina llama demasiado la atención.

Kit recuperó la compostura.

—Al cuerno con eso. Pareces a punto de desmayarte. Esta noche descansaremos aquí.

Ella parpadeó y miró a un lado y a otro.

—¿Aquí?

—Sí, justo ahí, en la cuneta. Claro que no, pequeña pagana. Encontraré un alojamiento. Ya va siendo hora de que disfrutemos de unos aposentos en condiciones. El pelo se me enmaraña si no duermo con almohadas de seda.

—Cuánto has sufrido.

—Pues sí. Venga, vamos a mirar escaparates.

Resultó que lo de «mirar escaparates» era un eufemismo.

Eda esperó sobre los adoquines mientras su demoniaco compañero trepaba por las paredes y saltaba entre tejados inclinados para asomarse con descaro a las ventanas.

Eda no acababa de entender cómo se las ingeniaba para mirar a través de los vidrios corona y el papel engrasado, pero, cuando él le contó con deleite que una joven pareja estaba fornicando en cierto dormitorio, tuvo que reconocer que poseía una vista privilegiada.

Eda carecía de energía para protestar. Notaba el cuerpo pesado sobre los huesos, como un abrigo mojado.

Le dolían las rodillas tras haber sido arrastrada por el suelo por los hombres del obispo.

Le escocían la mejilla y el cuero cabelludo.

Si Kit pretendía que se instalaran en alguna casa desocupada, le traía sin cuidado.

El allanamiento de morada solo sería otra gota más en el océano de sus fechorías.

Él aterrizó a su lado con aire de suficiencia.

—Esto servirá.

Eda se echó hacia atrás para examinar un edificio de dos plantas, con sus orgullosos frontones y ventanas geminadas.

Allí, en la frontera entre Cannington y el vecino Millstead, las calles estaban repletas de las coquetas casas de prósperos comerciantes y escaparates dirigidos a clientes adinerados.

Una zona acomodada, pero no tan amplia y despejada como el rico distrito central.

Kit había elegido la mejor casa de la calle, como era de esperar. Contaba con un pequeño patio delantero por el que trepaba la madreselva hacia un balcón de madera. Ella dejó que la tomara en brazos y saltara al patio, donde ya había abierto las puertas dobles de un empujón.

El interior era tan ostentoso como el antiguo apartamento de Kit.

Sin duda, menos abarrotado, pensó Eda con ironía.

Alfombras de Takashi y tapices pintados.

Una chimenea con protectores de hierro forjado bajo una cabeza de jabalí disecada.

Una ballesta ornamental, expuesta en un lugar destacado junto a la puerta principal.

Se encontraban en un dormitorio privado, comprendió Eda. A juzgar por la fina capa de polvo que cubría las sillas decoradas con bordados y el aparador de nogal, llevaba un tiempo desocupado.

—¿De verdad no hay nadie aquí?

—No. Los habría oído. Quizá el dueño de la casa se haya llevado a su séquito al campo. Es temporada de caza del ciervo.

Las cosas que Kit sabía sobre su mundo nunca dejaban de asombrarla. Eda no poseía ningún conocimiento sobre aficiones campestres e ignoraba lo que hacían los nobles en su tiempo libre.

Deslizó la mano por la cama. Era un mueble precioso, con postes de roble en espiral en cada esquina. Una colcha decorada cubría la ropa de cama en tonos verdes y bronce: sabuesos persiguiendo a un zorro por una amplia pradera, con las fauces abiertas y hambrientas.

Se estremeció.

—¿Es la única cama?

—No te preocupes. No albergo un deleznable plan de deslizarme en tu lecho en mitad de la noche. —Hizo una pausa—. A menos que tú lo desees.

«¿Qué haría él —se preguntó ella—, si le dijera que sí?».

—Pero ¿dónde vas a…?

—Debe de haber una habitación de servicio en una casa como esta, a menos que les obliguen a dormir en el sótano o en la despensa. En cuyo caso me veré obligado a batirme en duelo contigo por el derecho a la cama. Mi pelo ya ha sufrido bastante.

Eda se frotó la muñeca. La sensación fantasma de llevar una cuerda clavada aún persistía.

—¿Podrías…? ¿Te parecería bien quedarte aquí?

Hizo una mueca y fingió examinar la colcha.

Cada noche, desde que su vida se había puesto patas arriba, al menos había encontrado descanso en la Oriana: un espacio cálido y acogedor, donde disfrutaba de la compañía de Robin y Viejo Cascarrabias.

Eda no quería estar allí sola, en la casa grande y lóbrega de un desconocido—. Si no quieres, no hace falta que…

—Me quedaré.

Se giró, sorprendida al encontrarlo justo detrás.

—Oh. Está bien. Puedes… Podemos compartir la cama. Siempre y cuando… —añadió ante su súbita expresión de alegría— te quedes encima de las mantas.

—Qué aburrido.

Eda se preparó para dormir mientras Kit se dedicaba a encender la chimenea.

Las llamas pronto crepitaron en el hogar.

Una luz cálida parpadeó. Eda estaba mugrienta, con el pelo enredado y revuelto, pero no le importaba.

El cansancio le pesaba como una losa. Se limitó a despojarse de las botas y la capa (la capa que Kit le había comprado) y se la ofreció mientras alisaba la colcha polvorienta.

—Por si tienes frío.

Él examinó la capa con muda sorpresa. Una expresión cálida le arrugó el rabillo de los ojos.

—Soy un demonio, querida. Me caliento solo.

—Ah. Claro.

Eda se deslizó bajo el edredón de plumón y se tapó hasta la nariz, avergonzada. Kit tomó la capa y la tendió a sus pies con un gesto extrañamente tierno. Luego saltó a la cama, haciéndola rebotar.

—¡Cuidado!

—¿Qué?

—¡La vas a romper!

—Albergo la convicción de que aguantaría hazañas mucho más vigorosas que esta.

Quizá fuera el agotamiento. Tal vez solo fuera que las provocaciones lascivas de Kit hacían que se sintiera a gusto. Fuera cual fuese la razón, Eda soltó una risita y luego se echó a reír con ganas. Se tapó la cara con la colcha y dejó que las carcajadas le sacudieran los hombros.

—Te ha gustado, ¿verdad? —Kit se inclinó hacia ella y apartó la colcha.

Sonrió al ver sus mejillas sonrosadas—. A ver qué te parece esto.

¿Has pensado en los actos de libertinaje que habrá tenido que presenciar ese pobre jabalí de ahí?

¡Imagínatelo! Estás husmeando la tierra, absorto en tus asuntos, cuando de repente alguien te dispara y te cuelga en la pared, y ahora tienes que ser testigo de cómo un cazador paliducho con un pene muy pequeño se esfuerza en vano por dar placer a su amante…

Eda chilló y se tapó la cara riendo.

—¡Basta ya! Serás… ¿Por qué das por hecho que tiene un pequeño…?

—Cariño, por favor. ¿Has visto el tamaño de esa ballesta? —susurró con toda seriedad—. Ese hombre intenta compensar una carencia.

Eda se reía tanto que las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Kit soltaba risas quedas. Por fin, ella se calmó y se quedaron tumbados uno junto al otro en un silencio apacible, que se derramaba suave como la nieve entre los dos.

Eda se quedó mirando las vigas del techo.

El crepitar del fuego y el aroma a tierra mojada de él la arrullaron rápidamente hasta la somnolencia.

A ciegas, Eda buscó la mano de Kit. Oyó su pequeña inhalación de sorpresa.

Él le rodeó los dedos con fuerza y avidez.

—Duerme un poco.

Lo intentó. Durante dos minutos.

—Kit —susurró.

—Eda.

—Dime qué significa mir’han.

Él dejó de respirar. Eda pensó que no respondería, hasta que lo hizo.

—Es… un término cariñoso.

—¿De esos que se usan entre familiares y amigos?

«Cuidado».

—No. Es… —Él se interrumpió. Tragó saliva—. No pienses en ello. Duerme ahora, querida.

Con los dedos del demonio calentándole la mano, conciliar el sueño fue tan fácil como respirar.