Capítulo 25 #2
—¡C-Comandante! —Se agarró a los bajos de su jubón—. ¡Comandante, está aquí! ¡La chica Shaw! ¡Tiene un Portal! ¡Ha provocado una matanza! —Señaló el mausoleo con una mano temblorosa—. ¡Mire!
Los tres infernales alzaron sus fauces ensangrentadas a la par. Clavaron la mirada en el pelotón de Aceros que protegía la espalda de Tenelle y arañaron la grava con emoción. Como si la abundancia de carne que ya habían devorado no fuera nada.
Entre gruñidos, se precipitaron hacia las espadas reforzadas con plata.
La lucha fue breve, pero encarnizada. Por temibles que fueran los infernales, los Aceros simplemente eran demasiados, y los arrollaron.
La propia Martine Tenelle clavó su espada entre los omóplatos del tercer engendro con un grito salvaje que dejó sus dientes al descubierto.
La criatura forcejeó y trató de arañarla, pero ella se limitó a retorcer el acero hasta que el monstruo dejó de moverse.
Tenelle no se detuvo a recuperar el aliento. Retiró la hoja, reluciente de icor negro, y la apuntó hacia Eda.
—Sal con las manos en alto.
Dos Aceros apuntaron sus ballestas hacia la puerta del mausoleo.
No había más remedio que obedecer. Eda salió.
Contempló el alcance de la carnicería causada por los infernales: cartílagos aplastados, materia cerebral desparramada, un trozo de intestino a medio devorar tendido como una serpiente ensangrentada sobre la grava.
Uno de los cuerpos se retorció. Un sonido agudo y sibilante de agonía: el rostro del hombre estaba hundido y parecía más un montón de vísceras que una persona. Pero aún estaba vivo.
A Eda se le revolvió el estómago.
—Eso no lo he hecho yo.
Tenelle le hizo caso omiso. Con una estocada limpia, clavó la espada por segunda vez en el corazón del hombre destrozado, que por fin se quedó inmóvil.
—Esto no lo he hecho yo —repitió Eda—. Es obra del obispo Fane. Todo es obra suya. El Portal, los monstruos…
—¡Que los santos me amparen! —gritó Fane, fingiendo agarrarse a un Acero cercano como si estuviera a punto de desmayarse—. La joven tiene lengua de serpiente. ¿Mis propios hombres yacen descuartizados y ella se atreve a acusarme? —Señaló la herida de su mejilla—. ¡También intentó acabar conmigo!
—¿Y qué me dice de usted, obispo Florian? ¿Por qué estaban usted y sus Fieles aquí en plena noche…? —Tenelle tocó con el pie la espada de un sacerdote caído—. ¿Armados?
—La vi dirigirse hacia aquí —respondió Fane sin vacilar—. Estos buenos clérigos insistieron en acompañarme para enfrentarse a la bruja, y les pedí que trajeran protección. Para lo que les ha servido…
Era notable cómo le temblaba la voz. Como si sus muertes realmente le afectaran.
Tenelle guardó silencio.
—Comandante —cuchicheó Eda aprovechando el momento de calma—, por favor, escúcheme. Usted sabe que fui yo quien envió la advertencia a Wolfram esta noche. Fui yo quien la mandó llamar.
Tenelle se acercó. Era una mujer muy alta, con una presencia tan imponente como su título, tan altiva como su rango. Sostuvo la espada como un bastón en la grava que se extendía entre las dos.
—El alto gobernador me informó de tu interés en demostrar tu inocencia—dijo bajando la voz, de tal modo que solo Eda pudiera oírla—. Por desgracia, no fue Wolfram quien me invitó a acudir aquí esta noche. Tu mensaje nunca me llegó.
Los pensamientos de Eda se dispersaron como hojas.
—¿Cómo? Pero entonces… ¿quién lo hizo?
—Severin Lich. —Su boca se afiló—. Sin duda, un intento de ganarse el favor de la Orden. Tiene influencia sobre muchas figuras poderosas de esta ciudad. Este último acto de «buena ciudadanía» dificultará todavía más su detención.
Eda se quedó mirándola de hito en hito.
Lich había avisado a Tenelle. Pero también había advertido a Fane. Los había enviado a ambos a este lugar.
La única persona a la que había dejado al margen era…
A mí, comprendió aturdida. Quería que me arrestaran.
Eda había intentado tenderle una trampa a Lich, y él la había calado.
Había utilizado su propia estratagema en su contra, y ahí estaba su castigo: pillada con las manos en la masa en el lugar de los hechos.
Pero eso no explicaba por qué estaba dispuesto a dejar que los Aceros descubrieran el espejo.
Lich lo quería para sí mismo. ¿No sabía que lo destruirían?
La captura de Eda y el favor de Fane no podían valer tanto.
Sentía los pulmones oprimidos y exiguos. «¿Dónde está Kit?».
—Registrad el mausoleo —ordenó Tenelle.
Sus hombres se agolparon en la oscura cámara.
—¡Está aquí! —gritó uno—. ¡Hay un Portal!
Tenelle procedió a atar las muñecas de Eda.
—Comandante…
—Puede que hayas hecho un pacto con un demonio, pero afirmas que este mal mayor es obra del obispo, al igual que Wolfram.
Me siento inclinada a creerlo. —El corazón de Eda se desbocó, pero Tenelle prosiguió—: El problema, señorita Shaw, es que no avisaste a Wolfram esta noche, como habías prometido.
Lich me avisó primero. Ahora me encuentro con el obispo y sus hombres prácticamente descuartizados, y solo tú estás ilesa.
Terminó de atarla, tirando de la cuerda con fuerza.
—No me queda más remedio que arrestarte a ti en lugar de capturar a un culpable más obvio.
La obligó a darse la vuelta.
Eda respiraba con dificultad.
—Le ruego que confíe en mí.
—No voy a hacerlo.
—Supongo que pedirle un acto de fe no procede.
Un bufido.
—Entonces confíe en su propia intuición, comandante.
—La intuición no basta para condenar a un hombre.
—El obispo me está tendiendo una trampa —cuchicheó Eda. «Tengo que conseguir que lo entienda»—. En cuanto supo que usted venía, comprendió que lo atraparían, así que ordenó a los demonios que atacaran a sus propios hombres.
—No dudo de que es muy capaz. —Los ojos oscuros de Tenelle se posaron en el hombre en cuestión—. Pero no puedo demostrarlo, y obviamente tú tampoco. Eres una mujer en busca y captura, y culpable de confraternizar con demonios. Eso es irrefutable.
Si Tenelle pretendía encerrarla en una celda, que así fuera, pero, por todos los condenados santos, ¡Florian Fane tenía que acompañarla!
—¿No piensa hacer nada? Si nadie detiene a Fane, los ataques no cesarán.
Tenelle frunció los labios.
—El Cónclave de Clérigos se celebrará en la Gran Casa Templo dentro de tres días.
El Patriarca nombrará a un nuevo Clérigo Principal, que heredará el Patriarcado cuando él fallezca.
He oído que, en respuesta a las grandes obras que el obispo Florian ha realizado aquí en Blackbridge, él es el claro favorito.
—Agarró a Eda por el cuello de la camisa y la arrastró hacia el resto de sus hombres, donde Fane las observaba con mirada inquisitiva—.
Si tienes alguna idea ingeniosa sobre cómo condenar a un hombre como este, me gustaría escucharla.
Un miedo gélido goteó por la espalda de Eda como ramas de un árbol besado por la escarcha.
Por supuesto. Claro que sí, esa era la verdadera ambición de Fane: convertirse en Clérigo Principal.
Lo había insinuado, había hablado del Cónclave cuando llegó a Blackbridge.
Kit también la había advertido. «Los poderosos llegan adonde están velando por sus propios intereses».
Todo este horror, toda esta muerte… ¿Para qué?
En el sótano de los Shaw, Fane había afirmado que solo le movía el deseo de guiar a los infieles, de buscar el bien común.
Pero albergaba aspiraciones más mezquinas.
Si se había engañado a sí mismo creyendo una fantasía ferviente que le convertía en el recto guerrero del Señor Padre, era solo para excusar su propia codicia mortal.
Qué ironía que un hombre que ensalzaba la misericordia y el honor estuviera tan falto de ambas cualidades.
Si los demás clérigos le votaban, el camino de Fane hacia el poder estaría asegurado. A solo tres días de distancia.
La cosecha de otoño.
«Kit, ¿dónde te has metido?». Empezaba a angustiarle la idea de que le hubiera ocurrido algo terrible o algo igual de doloroso, «me ha abandonado», cuando un destello pálido como la luna se agitó en la oscuridad.
El señor Noche. Estaba a cierta distancia, a la sombra de un árbol inclinado, inmóvil salvo por su cabello agitado al viento. Nadie más lo había visto. Le dedicó a Eda una pequeña sonrisa, casi afectuosa, mientras la arrastraban como a un perro rebelde.
«Cabrón».
De repente lo comprendió. El señor Noche quería saber si Kit realmente iría a buscarla.
Pero Kit no era tan tonto como para dejarse ver.
Eda buscó algo que pudiera delatarle, pero tratar de detectar a un metamorfo en la oscuridad era inútil.
Si estaba allí, se mantenía a distancia.
¿Se limitaría a mirar si decidían matarla?
Notó un dolor en el pecho, hueco como una caracola en la orilla del mar.
Eda fulminó con la mirada la mueca burlona del señor Noche, que parecía indiferente a la pérdida de su codiciado Portal.
En ese instante sus pensamientos vacilaron y se atascaron como una rueda en el barro.
El señor Noche le había dicho a Fane que, si el espejo acababa destruido, esperaba que él encontrara otro.
No estaba preocupado… porque en Blackbridge había otro Portal.
«Lich tiene uno».
Por eso Lich avisó a Tenelle para que viniera.
Nunca le importó poseer el espejo; solo quería asegurarse de que nadie más lo obtuviera.
Si los Aceros lo destruían, el suyo sería el único Portal de Blackbridge.
Quizá de todo Wesland. Y Fane se vería obligado a usar el de Lich en su lugar.
El obispo tendría que pagarle a Lich lo que quisiera para seguir usándolo.
Eda se estrujó los sesos a toda prisa.
—Comandante —dijo con un susurro—, necesito hablar con usted. En privado.
—No queda nada más que decir.
—Por favor. Si siente el más mínimo interés por detener estos ataques, concédame un momento antes de arrojarme a alguna celda oscura. Solo un instante.
Tenelle la miró de reojo. Se detuvieron ante Fane.