Capítulo 25
VEINTICINCO
D eseaba decirle tantas cosas… ¿Cómo has podido hacer esto? ¿Por qué? ¿Me tienes cariño siquiera? Pero las palabras se esfumaron tan pronto como el señor Noche se agachó para enjugarle las lágrimas. Sus dedos eran cálidos a pesar de su aspecto invernal.
Se sintió arrojada violentamente al pasado. Un dormitorio oscuro, una sonrisa misteriosa.
«Todo irá bien».
«¿Me lo prometes?».
«Lo sé».
—La chica ha firmado un pacto con el mismo demonio que tú buscas —dijo Fane—. Él volverá a su lado, sin duda. He dado con él.
—Sin embargo, ha sido ella quien me ha invocado. —Los ojos del señor Noche se desviaron hacia un lado—. No tú.
El obispo apretó los dientes. Detrás de él, sus hombres se habían retirado al otro lado del umbral con ojos aterrados.
—¿Qué importan sus intenciones? Quizá te llamó para suplicar que le perdones su miserable vida.
—Lo dudo. —El señor Noche se quedó mirando la mejilla enrojecida de Eda—. Soltadla.
Los dos hombres que le sujetaban los brazos obedecieron. Eda se frotó la zona del cuello que le habían lastimado al arrancarle el manto. Las palabras le ascendieron por la garganta como un viento abrasador:
—¿Cómo has podido traicionarnos?
El eco de su rencor reverberó en el mausoleo. Todos parecían sorprendidos por la acusación, salvo el propio acusado.
El señor Noche permaneció impasible.
—No lo he hecho.
—Los Aceros se llevaron a Ben y a Lawrie, y casi me prenden a mí. ¡Ni siquiera intentaste detenerlos!
—Nunca antes había interferido.
—¡Me delataste en el sótano!
—Tú te delataste a ti misma.
Ella cerró los puños contra los muslos, deseosa de golpearle.
—Llevábamos años protegiendo el espejo, trayéndote objetivos. Se suponía que a cambio disfrutaríamos de tu protección.
—Estás protegida… de mí. —Le pasó un rizo suelto por detrás de la oreja—. No alzaré la mano contra ti mientras permanezcas a mi servicio. A Florian Fane tampoco se le permite arrebataros la vida a ti ni a tus hermanos.
—Envió a tus infernales contra Lawrie.
El señor Noche apretó los labios.
—¿Es eso cierto?
—Fue un accidente —se apresuró a justificarse Fane—. No le hizo nada más que una herida superficial.
—Está enfermo —dijo Eda—. ¡Podría perder la pierna!
—Reza a tu falso dios para que Lawrence Shaw se recupere, obispo. Si muere, nuestro acuerdo quedará sin efecto.
Fane palideció. El señor Noche le hizo caso omiso y deslizó un dedo bajo la barbilla de Eda.
Con esos ojos plateados y la cascada de cabello blanco como la nieve, no costaba pensar que Kit y él eran totalmente diferentes.
Pero ahora que sabía dónde mirar, había rasgos que los delataban como hermanos: el arco de la boca, las cejas finas, las mandíbulas angulosas. El verdadero color de sus ojos.
—Eda. —Su expresión se suavizó, la viva imagen de la solemnidad—.
Me malinterpretas. ¿No he sido siempre sincero contigo?
¿No hemos compartido en todo momento lo más auténtico de nosotros mismos?
Soy lo que soy; siempre lo has sabido. Mi naturaleza exige que alimente mi ambición sin límites.
Florian Fane te ha causado dolor, no yo.
—Agachó la cabeza—. Nunca he temido por ti.
No eres como los demás: cobardes, irreflexivos, impulsados por la codicia.
Si alguien podía salir adelante contra todo pronóstico, esa eras tú, pequeña.
¡Y mira! Aquí estás. A punto de vencer al obispo en su propio juego.
Una vena tembló en la frente de Fane.
Eda contuvo la respiración cuando el señor Noche se inclinó hacia ella y presionó la nariz contra su cabello.
—Incluso si eso significaba recurrir a la ayuda de mi familia para lograrlo —La presión de su mano aumentó en la barbilla de Eda—. Noto su olor en ti, por todas partes.
Ella permaneció muy quieta.
—Kit… Kit’rath accedió a ayudarme a liberar a Ben y a Lawrie. El pacto que hicimos ha expirado.
No mencionó el espejo.
—¿Ah, sí? Mi hermano finge admirar a la humanidad por algo más que los años que le puede proporcionar, pero se mostró encantado de arrebatarte los tuyos, ¿no es cierto? —Le rozó la oreja con los labios—. ¿Te sonrió? ¿Te hizo reír? Siempre ha sido un tipo encantador.
Eda tragó saliva.
—Puede que Kit’rath haya sido fiel a vuestro pacto, pero no a ti. Me pregunto si vendrá. ¿Será capaz de enfrentarse a mí por ti? —Se puso en pie, sonriendo—. Lo dudo mucho.
«No vengas», le suplicó Eda a Kit en silencio. No hizo caso de ese dolor que ansiaba que sí lo hiciera.
—Señor Noche, te he invocado porque quiero saldar nuestra deuda…
Alboroto en la puerta. Uno de los hombres de Fane se asomó.
—Los Aceros vienen hacia aquí, padre. Un contingente ha entrado en los jardines.
—¿Cómo? ¿Cuántos?
—Al menos una decena.
El obispo la fulminó con la mirada. Dos manchas rojas florecían en sus mejillas.
—Pequeña zorra. —Se encaminó hacia ella, pero la mano extendida del señor Noche le detuvo—. Ella… ¡Ella los ha traído! Si me encuentran aquí con el Portal, estoy perdido, y tú nunca tendrás los años que te prometí.
—Sería problemático, qué duda cabe. —El demonio cruzó los brazos a la espalda—. ¿Qué puedes hacer para darle la vuelta a esta situación de modo que te favorezca?
Fane vaciló.
—No hay tiempo para sacar el Portal.
—Eso parece.
Iban a sorprender a Fane con las manos en la masa. Parecía inevitable. Pero entonces se quedó mirando a Eda y un brillo astuto asomó a su mirada, como un zorro en la oscuridad. Dudó antes de darle una vuelta a su anillo dorado en el dedo.
El aire se estremeció. Algo olisqueó y deslizó el hocico por el interior del ataúd de san Leoric. Pasado un instante, una mano nudosa y con garras se asomó por el borde.
A Eda se le encogió el corazón cuando un infernal salió a rastras del sarcófago mirando a un lado y a otro; la tapa con la efigie cayó a un lado. Las vértebras se le ondulaban bajo la piel como gusanos retorcidos mientras se deslizaba al suelo. Emergió otro infernal. Y un tercero.
El señor Noche se limitó a enarcar una ceja ante las monstruosas criaturas que se arrastraban a su alrededor.
—Ya veo. Pretendes inculpar a la chica.
Eda se pegó a la pared, aterrorizada.
—¿Inculparme de qué?
Fane hizo una mueca.
—De esto.
Con un simple gesto de la mano, las miradas hambrientas de los infernales se volvieron hacia los hombres de Fane, quienes se retiraban hacia la puerta con prudencia. Entonces los monstruos se abalanzaron contra ellos.
Eda se cubrió la cabeza mientras los monstruos pasaban por su lado a toda velocidad.
Sintió la corriente de aire a su paso, el retumbar sobre la piedra y el hedor a carne pútrida.
Los demonios se amontonaron en la puerta como sabuesos en una cacería, gruñendo y babeando con excitación.
Los hombres chillaban. Eda intentó no escucharlo: el chasquido de las espadas y los sonidos húmedos de la carne desgarrada.
El crujido de los huesos astillados. Algo metálico y empalagoso impregnó el aire.
«Está matando a sus propios hombres».
El señor Noche permaneció inmóvil como mármol. La matanza se reflejaba en su rostro como una danza de sombras retorcidas y luz de luna mientras él la observaba fascinado.
Los gritos pronto se extinguieron. Los gruñidos mudaron en jadeos guturales y en grotescos y húmedos ruidos de masticación. A través de todo ello resonó el tintineo de las cotas de malla: Aceros.
El señor Noche hizo una mueca despectiva.
—Si mi espejo acaba destruido, Florian Fane, tendrás que encontrarme otro. Necesitaré un vehículo para abandonar este desdichado mundo.
Fane miraba concentrado a los monstruos, que se daban un festín al otro lado de la puerta. Asintió.
El señor Noche miró a Eda entornando los ojos
—No temas, mi dulce niña. Cuando llegue la cosecha de otoño, saldaremos tu deuda.
Ella no pudo hacer nada más que mirarlo boquiabierta mientras él se adentraba en las sombras del fondo del mausoleo y desaparecía en el interior. Se había marchado por el momento, pero ¿adónde? Había abandonado el espejo y sin embargo no podía dejar este mundo sin él.
«¿Por qué? ¿Por qué se queda en este lado?».
Fane era un centinela sombrío en la entrada.
Más allá, las antorchas encendidas parpadeaban como luciérnagas que se acercaban.
El obispo desenvainó una fina daga: Eda reconoció la empuñadura de marfil.
Era el arma que había empleado en su ritual de la Gran Casa Templo.
Eda se tensó, pero él se limitó a pasarse la hoja por la mejilla con un siseo de dolor. La sangre brotó.
«Pretendes inculpar a la chica», había dicho el señor Noche.
—¿Por qué haces esto? —le gritó ella—. ¡No puedes creer en el Señor Padre y cometer tales atrocidades!
—Pero sí creo. Oí su voz cuando era niño.
El padre Sturnmoss me pegaba por ello, afirmando que era la voz de mi propia vanidad, pero yo le oí.
Él me amaba, incluso cuando nadie más lo hacía.
—Fane se quedó mirando su propia sangre en la hoja.
Tiró la daga—. Este país está repleto de pecadores.
Él me eligió para guiarlos, y por eso debo hacerlo. El fin justificará los medios.
Eda se abalanzó sobre el cuchillo. Fane fue más rápido; lanzando un gruñido, la apartó de un puntapié y la agarró del pelo.
Un dolor agudo le atravesó el cuero cabelludo.
Eda siseó como una gata callejera y le rodeó el cuello con las manos.
Tiró de él hasta que Fane perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
En su estado de terror animal, ella se convirtió en una criatura salvaje e irracional… y le mordió la oreja.
Fane rugió. La sangre se acumuló en la boca de Eda. Él la apartó de un empujón. Ella escupió su sangre al suelo mientras él se ponía en pie a trompicones, jadeando.
—Zorra.
—Solo una reconoce a otra.
Eda comprendió finalmente el plan de Fane cuando él se alejó de súbito. Incorporándose sobre las rodillas, le vio correr entre los demonios, pasando junto a los cadáveres desparramados por el camino de grava. Cuando tropezó, no supo si lo había hecho a propósito.
Cayó a los pies de Martine Tenelle.